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Después de la Odisea

Qué fue de sus personajes cuando Homero dejó de contarlos

La Odisea termina con la recuperación de su casa. Odiseo se reúne con Penélope, Telémaco combate junto a su padre, Laertes recobra por un instante el vigor de otros tiempos y Atenea detiene la nueva venganza de los familiares de los pretendientes. En ese momento concluye el poema, pero no necesariamente la vida de quienes han intervenido en él.

Las fuentes antiguas reaccionaron de maneras muy distintas ante ese silencio. Algunos personajes no recibieron ninguna continuación: su cometido había terminado con la propia Odisea. Otros reaparecieron en poemas, genealogías, cultos y relatos posteriores que imaginaron nuevos matrimonios, hijos, viajes y muertes. Y otros ya habían llegado al Hades: para ellos la pregunta dejó de ser qué vida tendrían después y pasó a ser qué memoria, qué fama o qué voz conservaban entre los muertos.

No existe, por tanto, una sola respuesta a la pregunta de qué ocurrió después de la Odisea. Lo que encontramos son futuros desiguales y, a menudo, incompatibles: distintas maneras de volver a abrir una historia que Homero había decidido cerrar.

No todos los personajes necesitaban una nueva historia. Algunos sobreviven al regreso de Odiseo, pero las tradiciones posteriores apenas se interesaron por ellos. Su importancia pertenece por completo a la Odisea: han sostenido la casa, conservado una memoria, ofrecido una ayuda o cumplido una función que deja de ser necesaria cuando el orden queda restaurado.

Odiseo encuentra a Laertes envejecido, vestido pobremente y consumido por la ausencia de su hijo. El reconocimiento le devuelve por un instante algo de su antigua dignidad y Atenea le concede fuerza suficiente para combatir de nuevo. En la última lucha mata a Eupites, padre de Antínoo, antes de que la diosa imponga la paz.

No se ha conservado una tradición posterior que cuente cuánto tiempo vivió Laertes. Queda en el umbral de una vida que el poema ya no necesita narrar: ha recuperado al hijo que daba por muerto y ha combatido junto a él y junto a su nieto. Tres generaciones de la misma casa aparecen reunidas antes del cierre.

Homero, Odisea, Libro 24.

Euriclea llevaba toda una vida en la casa. Laertes la había comprado cuando era muy joven por el precio de veinte bueyes y, según Homero, la honraba tanto como a su propia esposa, aunque nunca compartió su lecho para no provocar los celos de esta. Había cuidado a Odiseo desde niño y criado después a Telémaco.

Cuando Odiseo regresa disfrazado de mendigo, es ella quien reconoce bajo aquel cuerpo envejecido la cicatriz de su juventud. Guarda el secreto, distingue después a las sirvientas fieles de las que habían traicionado la casa y anuncia a Penélope que su esposo ha vuelto. No se ha conservado para Euriclea una continuación antigua desarrollada. Su cometido termina donde termina el poema: ha conservado la memoria de una familia hasta que esa familia puede volver a reconocerse.

Homero, Odisea, 1.429–433; Libros 19, 22 y 23.

Odiseo pone a prueba al porquerizo Eumeo y al boyero Filetio antes de revelarles su identidad. Cuando comprueba su fidelidad les promete esposa, bienes, una casa cerca de la suya y una posición semejante a la de amigos y hermanos de Telémaco. Los dos combaten junto a él durante la matanza y sobreviven también al enfrentamiento final.

La Odisea no muestra el cumplimiento de la promesa y no se ha conservado una tradición posterior que desarrolle su futuro. Sabemos lo que Odiseo quiso concederles; no sabemos qué recibieron finalmente. Su historia queda suspendida precisamente en el momento en que su fidelidad debería transformar su condición.

Homero, Odisea, Libros 21 y 24.

Dolio había sido entregado a Penélope por su padre, Icario, cuando ella marchó a Ítaca para casarse con Odiseo, y cuidaba desde hacía años las tierras de la familia. Ya anciano, reconoce a Odiseo, le toma la mano con las dos suyas y la besa. Poco después se arma junto a sus seis hijos y combate al lado de Laertes. Homero lo deja allí: viejo, fiel y todavía dispuesto a defender la casa.

Femio y Medonte sobreviven por una razón distinta. Telémaco distingue su conducta de la de los pretendientes y Odiseo acepta perdonarlos. Femio había cantado para los ocupantes de la casa contra su voluntad; Medonte había protegido a Telémaco. Su supervivencia introduce una pequeña pero importante distinción moral dentro de la matanza: no todos los que permanecían bajo el mismo techo habían actuado del mismo modo.

Homero, Odisea, 4.735–738; Libros 22 y 24.

Teoclímeno, descendiente de una familia de adivinos, llega a Ítaca como fugitivo acogido por Telémaco. Interpreta presagios, anuncia a Penélope que Odiseo ya se encuentra en la isla y, en una de las escenas más inquietantes del poema, contempla sangre sobre las paredes, sombras que descienden al Érebo y una oscuridad que los pretendientes todavía no pueden ver.

Cuando se burlan de él, Teoclímeno no intenta convencerlos. Se marcha a casa de Pireo y evita la matanza cuya proximidad había percibido. Después desaparece de la tradición. Su cometido termina cuando ha visto lo que los demás no podían ver y ha sabido apartarse a tiempo.

Homero, Odisea, Libros 15, 17 y 20.

Argos constituye el caso más extremo. No tiene un después porque Homero agota por completo su historia dentro del poema. El viejo perro ha sobrevivido veinte años y todavía es capaz de reconocer a Odiseo bajo el disfraz de mendigo. Al verlo, mueve la cola y baja las orejas, aunque ya no tiene fuerzas para acercarse.

Odiseo también lo reconoce, pero no puede detenerse ni acariciarlo sin arriesgarse a revelar su identidad. Aparta la mirada y oculta una lágrima.

Poco después, Argos muere. Había esperado veinte años y alcanza a ver regresar a su dueño antes de morir.

Homero, Odisea, Libro 17.

Otros personajes no quedaron en paz. Poetas, mitógrafos, ciudades y genealogistas volvieron a utilizarlos y construyeron futuros distintos, muchas veces incompatibles. Aquí no estamos ante una continuación única de Homero, sino ante una larga recepción antigua en la que cada tradición podía escoger un rasgo del personaje y prolongarlo en otra dirección.

La propia Odisea deja abierto el futuro de Odiseo. Tiresias le anuncia que, después de castigar a los pretendientes, deberá cargar un remo al hombro y caminar tierra adentro hasta llegar a un lugar cuyos habitantes desconozcan el mar, no mezclen sal con sus alimentos y confundan el remo con una pala para aventar el grano. Allí deberá clavar el remo en tierra y sacrificar a Poseidón un carnero, un toro y un jabalí adulto. Solo después podrá regresar a su casa y ofrecer sacrificios a los demás dioses.

Tiresias añade que entonces le llegará una muerte apacible, vencido por una vejez dichosa y rodeado por un pueblo próspero. Homero utiliza la expresión ἐξ ἁλός (ex halós), que suele traducirse «desde el mar», y califica la muerte de ἀβληχρός (ablēchrós), «suave» o «apacible». La fórmula ἐξ ἁλός ha recibido también la interpretación «lejos del mar», pero esa lectura es discutida y no debe presentarse como un significado seguro. Odiseo repetirá casi literalmente esta profecía a Penélope después de su reconocimiento.

Homero, Odisea, 11.119–137; 23.265–284.

La principal continuación épica antigua fue la Telegonía, poema del Ciclo Épico tradicionalmente atribuido a Eugamón de Cirene. El poema está perdido: solo conocemos su argumento de forma indirecta, por el resumen transmitido bajo el nombre de Proclo y por testimonios posteriores. Según ese resumen, comenzaba después de la matanza de los pretendientes. Tras el entierro de estos por sus familiares, Odiseo viajaba a Élide, regresaba a Ítaca para cumplir los sacrificios prescritos por Tiresias y se dirigía después a Tesprotia. Allí se casaba con la reina Calídice, tenía con ella un hijo llamado Polipetes y combatía junto a los tesprotos. Cuando Calídice moría, dejaba el reino al hijo de ambos y regresaba nuevamente a Ítaca.

Proclo, Crestomatía, resumen de la Telegonía.

Antes de continuar ese relato conviene recordar de dónde procedía Telégono. La relación entre Odiseo y Circe pertenece ya a Homero. En Eea, después de que Hermes protegiera al héroe contra los encantamientos de la diosa, Odiseo la obligó a jurar que no le haría daño y aceptó compartir su lecho. Permaneció después aproximadamente un año en la isla. Homero, sin embargo, no menciona ningún hijo nacido de aquella relación.

Homero, Odisea, Libro 10.

Las fuentes posteriores llenaron ese silencio. El texto transmitido de la Teogonía atribuida a Hesíodo presenta a Circe como madre, junto con Odiseo, de Agrio, Latino y Telégono. El verso que nombra a Telégono es discutido. La misma filiación es la que presupone el argumento de la Telegonía transmitido por Proclo y la que desarrolla Pseudo-Apolodoro.

Hesíodo, Teogonía, 1011–1016; Proclo, Crestomatía, resumen de la Telegonía; Pseudo-Apolodoro, Epítome, 7.36.

Telégono aparece, por tanto, ligado a Circe y a Eea. Cuando supo quién era su padre, salió en su busca. Llegó a Ítaca sin reconocer la isla y comenzó a saquearla. Odiseo acudió a defender sus tierras y padre e hijo combatieron sin saber quién tenían delante. Pseudo-Apolodoro añade un detalle que da al episodio su forma más conocida: Telégono llevaba una lanza cuya punta estaba hecha con la espina de una raya. Con ella hirió mortalmente a Odiseo.

Pseudo-Apolodoro, Epítome, 7.36–37.

Solo después de la muerte se produjo el reconocimiento. Telégono comprendió que había matado a su propio padre y llevó el cadáver hasta Circe, acompañado por Penélope y Telémaco. El resumen de Proclo continúa la historia haciendo que Circe conceda la inmortalidad a los recién llegados y reorganice la familia mediante dos matrimonios sorprendentes: Telégono se casa con Penélope y Telémaco con Circe.

Proclo, Crestomatía, resumen de la Telegonía.

La muerte de Odiseo daba así una forma literal a una de las posibles lecturas de ἐξ ἁλός: la muerte llegaba «desde el mar», encarnada en el arma marina de Telégono. Pero el desenlace entraba en tensión con el resto de la profecía homérica. Odiseo no moría plácidamente, vencido por la vejez, sino de forma violenta y a manos de un hijo al que no había reconocido.

La inversión respecto de la Odisea era especialmente fuerte. Telémaco había buscado a un padre ausente y el reconocimiento entre ambos permitió recuperar la casa. Telégono emprende también la búsqueda del padre, pero la falta de reconocimiento provoca su muerte. Odiseo, que había sobrevivido gracias a disfraces y señales reconocidas en el momento oportuno, termina muriendo porque el último reconocimiento llega demasiado tarde.

La transmisión no es completamente uniforme. Eustacio conserva una noticia según la cual Eugamón hacía a Telégono hijo de Odiseo y Calipso. Es una variante aislada frente a la filiación con Circe que estructura el relato conservado por Proclo y Pseudo-Apolodoro.

Eustacio, comentario a la Odisea, 1796.35.

Homero convierte a Penélope en uno de los centros de gravedad de la Odisea. Demora su decisión ante los pretendientes, gobierna con el telar el tiempo de los acontecimientos en Ítaca y somete al propio Odiseo a una última prueba antes de reconocerlo como esposo. Algunas tradiciones posteriores conservaron esa dignidad; otras construyeron su reverso.

La Telegonía hacía que Penélope acompañara a Telégono y Telémaco hasta Eea después de la muerte de Odiseo. Circe le concedía la inmortalidad y Telégono terminaba casándose con ella. Pseudo-Apolodoro conserva un desenlace parecido y envía después a la pareja a las Islas de los Bienaventurados.

Proclo, resumen de la Telegonía; Pseudo-Apolodoro, Epítome, 7.37.

Otras tradiciones fueron mucho más hostiles. Pseudo-Apolodoro recoge una versión según la cual Penélope habría sido seducida por Antínoo y expulsada por Odiseo; otra afirma que Odiseo la mató por sus relaciones con Anfínomo. Pausanias encontró en Mantinea una historia semejante: los habitantes mostraban un túmulo que identificaban como la tumba de Penélope y decían que había muerto allí después de ser expulsada de Ítaca.

Pseudo-Apolodoro, Epítome, 7.38–39; Pausanias, Descripción de Grecia, 8.12.5–6.

Una tradición todavía más extrema, atribuida a Duris de Samos y transmitida indirectamente, sostenía que Penélope había mantenido relaciones con todos los pretendientes y que de aquellas uniones había nacido Pan, el dios agreste. La historia aprovechaba el juego entre Πάν (Pán) y πᾶν (pân), «todo». Servio conserva siglos después una versión semejante. No estamos ante una alternativa canónica a Homero, sino ante el modo en que la posteridad podía invertir deliberadamente el rasgo más célebre de Penélope: su fidelidad.

Duris de Samos, FGrHist 76 F 21; Servio, comentario a la Eneida, 2.44.

Telémaco: el hijo convertido en genealogía

Sección titulada «Telémaco: el hijo convertido en genealogía»

Telémaco es el único hijo de Odiseo y Penélope que conoce Homero. La Odisea no pone realmente en duda esa filiación, aunque el propio joven introduce una reserva memorable: «Mi madre asegura que soy hijo de Odiseo; pero eso yo no lo puedo saber, pues nadie puede tener certeza de quién lo engendró».

Homero, Odisea, 1.215–216.

El poema cuenta su paso hacia la edad adulta, pero no qué clase de hombre llegó a ser. Al final combate junto a Odiseo y Laertes, reuniendo en una misma escena a tres generaciones de la familia. Las tradiciones posteriores se interesaron mucho menos por su posible gobierno de Ítaca que por casarlo y darle descendencia.

La Telegonía lo casaba con Circe; Higino afirmaba que de esa unión nació Latino. Otra tradición, conservada por Eustacio, lo unía con Policasta, hija de Néstor, y les daba un hijo llamado Perséptolis. La Suda conserva una tradición mucho más tardía que llegó incluso a hacer de Homero hijo de Telémaco y Policasta. Helánico y Aristóteles, también citados por Eustacio, ofrecían otra esposa: Nausícaa.

Proclo, resumen de la Telegonía; Higino, Fábulas, 127; Eustacio, comentario a la Odisea, 1796.39–41; Suda, s. v. Homero (ο 251).

El matrimonio con Nausícaa posee una simetría especial. Los dos jóvenes nunca se encuentran en Homero, pero Telémaco había recorrido Pilos y Esparta buscando noticias de su padre, mientras Nausícaa encontró a Odiseo cuando su viaje estaba a punto de terminar. La tradición posterior trasladaba además hacia el hijo una posibilidad matrimonial que el propio poema había insinuado alrededor del padre: Nausícaa se había sentido atraída por Odiseo y Alcínoo había contemplado la posibilidad de convertirlo en su yerno.

Tzetzes conserva todavía una variante más oscura: Telémaco se casaba con Casífone, hija de Odiseo y Circe; después mataba a Circe durante una disputa y Casífone vengaba a su madre matando a su propio marido. El futuro de Telémaco se convirtió así en un territorio donde las genealogías podían prolongar la casa de Odiseo en direcciones incompatibles.

Tzetzes, comentario a Licofrón, 805–811.

Cuando Odiseo abandona una isla, la narración suele marcharse con él. Circe, Calipso y Nausícaa desaparecen del poema cuando dejan de formar parte de su camino, pero las fuentes posteriores intentaron volver a incorporarlas a la familia del héroe.

Circe es la que conserva mayor capacidad de actuar. La Teogonía atribuida a Hesíodo la hace madre de Agrio, Latino y Telégono; la Telegonía la convierte en la figura que cría a Telégono, recibe el cadáver de Odiseo, concede la inmortalidad a los supervivientes y reorganiza la familia mediante los matrimonios de Telégono con Penélope y Telémaco con la propia Circe.

Hesíodo, Teogonía, 1011–1016; Proclo, resumen de la Telegonía.

Calipso recibe un futuro mucho más estrecho. El texto transmitido de la Teogonía le atribuye con Odiseo a Nausítoo y Nausínoo; estos versos también son discutidos. Pseudo-Apolodoro le atribuye, en cambio, un solo hijo llamado Latino. La mujer que había ofrecido a Odiseo la inmortalidad queda recordada sobre todo como madre de descendientes atribuidos al héroe, no mediante una historia propia.

Hesíodo, Teogonía, 1017–1018; Pseudo-Apolodoro, Epítome, 7.24.

Nausícaa, por su parte, fue incorporada finalmente a la casa de Odiseo mediante Telémaco. La joven que Homero había dejado en Esqueria, después de hacer posible el regreso del héroe, se convertía en algunas genealogías en esposa de su hijo.

Eustacio, comentario a la Odisea, 1796.41, citando a Helánico y Aristóteles.

Muchos siglos después, Nausícaa recibió una prolongación de otra clase. Samuel Butler sostuvo en The Authoress of the Odyssey (1897) que el poema había sido compuesto por una joven siciliana de la región de Trapani y que la autora se había retratado a sí misma bajo el nombre de Nausícaa. Robert Graves retomó la hipótesis en Homer’s Daughter (1955) y convirtió a la princesa feacia en narradora y autora de la propia Odisea. Ya no se trataba de imaginar qué ocurrió con Nausícaa después del poema, sino de situarla detrás del poema mismo. Samuel Butler, The Authoress of the Odyssey, 1897; Robert Graves, Homer’s Daughter, 1955.

El destino de los feacios está parcialmente contado por la propia Odisea. Después de dejar a Odiseo dormido en Ítaca, la nave que lo había transportado regresa a Esqueria. Poseidón la golpea cuando se aproxima al puerto y la convierte en piedra. Alcínoo comprende entonces que empieza a cumplirse una antigua profecía que había oído de su padre, Nausítoo. Este le había advertido que Poseidón, irritado porque los feacios transportaban a los hombres sanos y salvos por el mar, golpearía algún día una de sus naves cuando regresara de una misión de escolta y rodearía la ciudad con una gran montaña.

Homero, Odisea, 8.555–569; 13.159–183.

Al ver petrificada la nave, Alcínoo ordena que cesen los transportes de extranjeros y que se sacrifiquen doce toros a Poseidón, con la esperanza de evitar la segunda parte de la profecía.

Homero, Odisea, 13.170–183.

Homero cuenta así el cumplimiento de la primera parte, pero no llega a narrar que la montaña encierre Esqueria. Pseudo-Apolodoro ofrece una versión más concluyente: Poseidón convierte igualmente la nave en piedra y, además, rodea la ciudad con una montaña.

Pseudo-Apolodoro, Epítome, 7.25.

Menelao es uno de los pocos personajes cuyo futuro se anuncia dentro del propio poema. Proteo le revela que no morirá de manera ordinaria en Argos, sino que los dioses lo enviarán a la llanura Elísea, donde la vida transcurre sin nieve ni tormentas. Homero explica ese privilegio por su matrimonio con Helena: Menelao es yerno de Zeus.

Homero, Odisea, Libro 4.

Helena recibió futuros mucho más contradictorios. En la Helena de Eurípides, los Dioscuros anuncian que regresará con Menelao y que, al término de su vida, será llamada diosa, compartirá libaciones con sus hermanos y recibirá honores de los hombres.

Eurípides, Helena, 1660–1670.

Pausanias, en cambio, conserva una tradición rodia según la cual, muerto Menelao, Helena fue expulsada de Esparta, buscó refugio en Rodas y terminó ahorcada por orden de Polixo. Los rodios relacionaban aquella muerte con un santuario dedicado a Helena Dendrítide, «Helena del Árbol», epíteto que Pausanias explicaba precisamente por el árbol del que habría sido colgada.

Pausanias, Descripción de Grecia, 3.19.9–10.

Las dos versiones no pueden conciliarse, pero ambas muestran lo mismo: Helena siguió siendo demasiado poderosa como figura para desaparecer simplemente del relato. Podía ser divinizada o castigada; en ambos casos continuaba generando memoria y culto.

En el Hades de la Odisea, los muertos han dejado de participar en el tiempo de los vivos, pero no han quedado fuera de toda sucesión. Conservan la memoria de lo ocurrido antes de morir, reconocen a quienes llegan después y preguntan por el destino de quienes permanecen vivos o han muerto desde entonces. Aquiles quiere saber qué ha sido de Peleo y de Neoptólemo; Agamenón escucha de Anfimedonte acontecimientos ocurridos mucho después de su propia muerte. Las sombras no envejecen ni parecen avanzar hacia una nueva etapa, pero siguen recibiendo noticias de un mundo cuyo tiempo continúa. Los muertos ya no tienen un futuro propio, aunque siguen interesados en el futuro de los demás.

Homero, Odisea, 11.492–540; 24.98–202.

Agamenón: conocer el regreso que él no tuvo

Sección titulada «Agamenón: conocer el regreso que él no tuvo»

Odiseo encuentra a Agamenón en el Hades en el Libro 11. El antiguo jefe aqueo le cuenta cómo fue asesinado al regresar a casa y convierte su propia desgracia en una advertencia de tono claramente misógino: a partir de Clitemnestra, extiende su desconfianza al conjunto de las mujeres.

Su última aparición, sin embargo, llega en el Libro 24, cuando escucha de Anfimedonte cómo Odiseo volvió, recuperó su casa y encontró a Penélope fiel.

Agamenón puede conocer así el desenlace que él no tuvo. Su elogio de Penélope adquiere una fuerza especial porque procede del marido de Clitemnestra: la fama de una mujer queda contrapuesta a la de la otra. Lo último que recibe Agamenón no es una nueva vida, sino una certeza.

Homero, Odisea, Libros 11 y 24.

Odiseo intenta consolar a Aquiles diciéndole que, así como fue honrado entre los vivos, ejerce ahora un gran poder entre los muertos. Aquiles rechaza el consuelo: preferiría servir como jornalero a un hombre pobre antes que reinar sobre todos los difuntos. La respuesta deshace cualquier equivalencia sencilla entre gloria y felicidad después de la muerte. Homero, Odisea, 11.482–491.

El Libro 24 vuelve sobre él mediante sus honras funerarias: el lamento de Tetis y las nereidas, la cremación, la urna de oro y el túmulo levantado junto al Helesponto. Otras tradiciones posteriores no aceptaron que Aquiles quedara para siempre reducido a una sombra insatisfecha y lo situaron en la Isla Blanca o Leuce, un espacio heroico más allá del mundo cotidiano.

Homero, Odisea, Libros 11 y 24; Eurípides, Andrómaca.

El encuentro con Áyax es uno de los más breves y dolorosos del descenso al Hades. Odiseo intenta reconciliarse con él y lamenta que la disputa por las armas de Aquiles causara su muerte. Áyax no responde. Se aleja en silencio hacia el Érebo.

La Odisea no resuelve el conflicto. La tradición posterior no desarrolla aquí una continuación narrativa comparable a las de Odiseo, Penélope o Telémaco, pero Áyax conserva una presencia cultual intensa en Salamina. Su continuación no ocurre mediante nuevas aventuras, sino mediante templos, estatuas y memoria territorial.

Homero, Odisea, Libro 11; Pausanias, Descripción de Grecia, 1.35.

Anticlea murió durante la ausencia de Odiseo, consumida por el deseo de volver a verlo. Cuando él intenta abrazarla tres veces, su figura se escapa de sus manos como una sombra o un sueño. Su historia termina en ese abrazo imposible.

Tiresias constituye una excepción entre los muertos porque conserva la lucidez necesaria para conocer el futuro. Su función no consiste en recibir otra historia, sino en anunciar la de los vivos. Le dice a Odiseo qué peligros encontrará, qué sacrificio deberá ofrecer y qué clase de muerte le espera.

Homero, Odisea, Libro 11.

Elpénor no destaca entre los compañeros de Odiseo por su inteligencia ni por su valor. Homero lo presenta con una franqueza poco heroica: era el más joven de los hombres, «no demasiado valiente en la guerra ni firme de entendimiento». La noche antes de abandonar Eea se había acostado, borracho, sobre el tejado de la casa de Circe buscando el fresco. Al despertarlo el ruido de sus compañeros preparando la partida, olvidó utilizar la escalera, cayó desde el tejado y se rompió el cuello. Su alma descendió al Hades mientras los demás continuaban los preparativos del viaje.

Homero, Odisea, 10.552–560.

Para sorpresa de Odiseo, Elpénor es la primera sombra que encuentra cuando consulta a los muertos. Su cadáver había quedado en Eea sin llorar y sin sepultura, porque otra tarea más urgente había ocupado a sus compañeros. Odiseo se conmueve al verlo y le pregunta cómo ha podido llegar a pie al Hades antes que él con su nave. Elpénor le cuenta entonces su muerte y le pide una última cosa.

Homero, Odisea, 11.51–65.

No pide gloria ni una tumba grandiosa. Ruega a Odiseo que regrese a Eea, queme su cuerpo con sus armas y levante junto al mar un túmulo «para que los hombres del futuro sepan de mí». Sobre él deberá clavar el remo con el que había navegado junto a sus compañeros. Odiseo promete hacerlo. Mientras permanecen uno frente al otro, Homero añade un detalle casi entrañable: Odiseo sostiene la espada sobre la sangre y la sombra de Elpénor sigue hablando largamente.

Homero, Odisea, 11.66–83.

Odiseo cumple la promesa. Al regresar a Eea, él y sus hombres queman el cuerpo, levantan el túmulo y colocan en lo alto el remo de Elpénor.

Homero, Odisea, 12.8–15.

Ese es, en cierto modo, el futuro de Elpénor. No tendrá descendientes, reinos ni continuaciones legendarias. Ni siquiera murió de una manera digna de un héroe. Pero consiguió algo que temía perder: un lugar en el mundo de los vivos y una señal destinada a quienes llegaran después. El remo sobre su tumba debía decir que aquel hombre, poco valeroso y poco prudente, había navegado con Odiseo y no debía desaparecer sin memoria.

Para los compañeros de Odiseo, lo que ocurrió después tiene una respuesta sencilla: ninguno regresó. Las tripulaciones desaparecen por etapas —cícones, Polifemo, lestrigones, Escila, Trinacia— hasta dejar al héroe completamente solo.

Euríloco es quien conserva una personalidad más definida. Desconfía de Circe, discute con Odiseo y, en Trinacia, convence a los demás de sacrificar las vacas del Sol antes que morir lentamente de hambre. Su razonamiento no es absurdo, pero conduce al desastre anunciado. Perimedes y otros compañeros conservan apenas un nombre; muchos permanecen anónimos.

Su desaparición tiene además una consecuencia narrativa. Las aventuras marítimas llegan hasta nosotros sobre todo a través del relato que Odiseo hace a los feacios. No queda ningún compañero que haya recorrido con él todo el camino y pueda contar otra versión. Esto no significa que Odiseo mienta; significa que su voz es la única voz humana que ha sobrevivido al recorrido completo.

Odiseo recupera su casa, pero vuelve sin la comunidad con la que salió de Troya. Tras la alegría del reconocimiento permanece esa ausencia: el hombre que consiguió regresar es también el único que puede contar por qué los demás no lo hicieron.

Los pretendientes también llegan al Hades. Hermes conduce sus almas hasta la pradera de asfódelos y allí Anfimedonte explica a Agamenón cómo murieron. Mientras sus sombras hablan entre los muertos, sus cuerpos ensangrentados siguen todavía tendidos en el salón de la casa de Odiseo, sin lavar, sin llorar y sin recibir las honras debidas a los muertos, porque sus familias aún no conocen lo ocurrido.

Homero, Odisea, 24.1–14; 24.185–190.

El episodio es importante porque los vencidos conservan todavía una voz, pero no necesita desarrollarse aquí: la matanza, los distintos grados de responsabilidad, el intento de negociación de Eurímaco, Eupites y la paz final pertenecen mejor a la página dedicada a la venganza de Odiseo y Telémaco.

Para este recorrido basta observar el resultado: han perdido la casa que intentaron ocupar y tampoco controlan por completo la memoria de lo ocurrido. Anfimedonte cuenta su propia versión, pero Agamenón transforma inmediatamente aquel relato en un elogio de Penélope.

La Odisea comienza con una familia disgregada. Odiseo lleva veinte años ausente; Telémaco ha crecido sin su padre; Laertes se ha retirado al campo; Penélope resiste en una casa ocupada, y hasta los servidores se han dividido entre quienes permanecen fieles y quienes han aceptado el nuevo orden. El peligro entra en Ítaca precisamente por esas grietas. Cuando se debilitan los vínculos que sostienen la casa, otros hombres pueden instalarse en ella y empezar a comportarse como sus dueños.

El regreso invierte poco a poco esa dispersión. Odiseo reconoce a Telémaco, comprueba la fidelidad de Eumeo y Filetio, Euriclea reconoce su cicatriz, Dolio y sus hijos se incorporan a la defensa de la familia y Laertes combate junto a su hijo y su nieto. La casa, entendida en el sentido amplio del oîkos homérico —familia, servidores, bienes, memoria y continuidad—, vuelve a reunirse.

Pero si hubiera que buscar un verdadero centro de gravedad de esa familia, ese centro sería Penélope.

Odiseo es durante veinte años el centro ausente alrededor del cual todos organizan su espera, pero Penélope es quien mantiene unido aquello que todavía puede salvarse. Mientras ella no acepte otro marido, la casa de Odiseo sigue siendo, de algún modo, la casa de Odiseo. Su telar no sirve únicamente para retrasar una boda: mantiene suspendida la transformación del oîkos en otra familia, con otro hombre en el lugar del esposo ausente.

Los pretendientes lo comprenden perfectamente. No necesitan apropiarse primero de Laertes ni sustituir a Eumeo: necesitan que Penélope elija. Telémaco puede crecer y empezar a afirmarse como adulto, pero mientras el matrimonio de su madre permanezca abierto, también permanece abierta la crisis de la casa.

Y cuando Odiseo regresa tampoco basta con matar a los pretendientes. Ha recuperado físicamente el palacio, pero la familia no queda recompuesta hasta que Penélope lo reconoce.

Por eso el lecho matrimonial ocupa un lugar tan importante en el desenlace. Odiseo lo construyó alrededor de un olivo vivo, enraizado en el suelo de la casa. Penélope utiliza precisamente ese lecho para comprobar quién tiene delante: no puede trasladarse sin destruir aquello sobre lo que fue construido. Es una imagen extraordinariamente precisa de la unión que ha sobrevivido a veinte años de separación: puede haber sido amenazada, rodeada e incluso dada por perdida, pero sigue enraizada en el mismo lugar.

Homero, Odisea, 23.177–206.

La Odisea termina cuando los vínculos que habían sido separados vuelven a encontrarse. Odiseo y Penélope se han reconocido. Telémaco ocupa su lugar junto al padre. Laertes vuelve a combatir. Los servidores fieles han sido distinguidos de quienes abandonaron la casa. Los pretendientes han muerto y Atenea detiene la nueva venganza de sus familiares.

La casa vuelve a estar completa. Y en su centro permanece Penélope, la persona que había impedido que dejara de ser aquella misma casa durante la ausencia de Odiseo.

Las continuaciones antiguas solo pueden avanzar deshaciendo parcialmente ese equilibrio. Para que Odiseo vuelva a viajar, debe abandonar otra vez a Penélope. Para que Telégono llegue a Ítaca, debe existir otro hijo fuera de la casa. Para crear nuevas genealogías, Penélope y Telémaco deben contraer matrimonios que Homero nunca había previsto. Para contar la muerte de Odiseo, alguien debe volver a atravesar desde fuera las puertas que acababan de cerrarse. El equilibrio que el poema alcanza antes de esas continuaciones se recorre en La venganza de Odiseo y Telémaco.

La Odisea reúne de nuevo a quienes habían sido separados; las continuaciones los separan otra vez.

Salvo indicación expresa, las traducciones de textos antiguos son del autor.

Versión editorial 2.9 · 3 de noviembre de 2026