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¿Qué sabía Homero del mundo que describe? I: Los objetos y las técnicas

La Ilíada y la Odisea narran acontecimientos situados en un pasado remoto, pero el mundo que describen no pertenece por completo a una sola época. Entre el final de la civilización palacial micénica, hacia 1200 a. C., y la formación de los poemas homéricos, entre los siglos VIII y VII a. C., transcurrieron aproximadamente cuatro o cinco siglos. Durante ese tiempo, las historias se transmitieron de generación en generación, conservaron recuerdos antiguos e incorporaron elementos de sociedades posteriores.

Homero contempla así el pasado con los ojos de una tradición que ha seguido viviendo. Sus poemas construyen un pasado heterogéneo, en el que conviven recuerdos de la Edad del Bronce, prácticas de los siglos posteriores, elementos posiblemente contemporáneos del poeta y convenciones propias de la poesía épica.

¿Hasta qué punto podemos distinguirlos? ¿Qué sabía realmente la tradición homérica del mundo que pretendía representar?

Los carros: ¿un recuerdo cuyo uso se había olvidado?

Sección titulada «Los carros: ¿un recuerdo cuyo uso se había olvidado?»

En la Ilíada, los carros acompañan constantemente a los grandes guerreros. Habitualmente, un conductor maneja los caballos mientras el héroe ocupa el vehículo con sus armas. En numerosas ocasiones, los guerreros descienden para enfrentarse a sus adversarios a pie, aunque también encontramos combates desde el propio carro.

Aquiles prepara los caballos de su carro

Aquiles prepara los caballos de su carro. Fragmentos de un cántaro ático de figuras negras firmado por Nearco como alfarero y pintor, ca. 560–550 a. C.; hallado en la Acrópolis de Atenas. Museo Arqueológico Nacional de Atenas, inv. 15166 / 15155 / Akr. I.611. Las inscripciones nombran a Aquiles y a varios caballos; la escena se conserva de forma fragmentaria. Fotografía de ArchaiOptix, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0. Imagen recortada.

Homero presenta distintas formas de utilizarlos:

Pasaje Utilización del carro
Ilíada 4.297–309 Néstor organiza los carros delante de la infantería y ordena atacar con la lanza desde ellos.
Ilíada 5.9–20 Fegéo ataca desde su carro a Diomedes, que combate a pie.
Ilíada 8.112–125 Néstor conduce el carro mientras Diomedes lanza su arma contra Héctor y mata a su auriga.
Ilíada 22.395–404; 24.14–18 Aquiles ata el cadáver de Héctor a su carro y lo arrastra ante las murallas de Troya y, posteriormente, alrededor de la tumba de Patroclo, como forma de ultraje al enemigo muerto.
Ilíada 16.426–430 Sarpedón y Patroclo descienden de sus carros para enfrentarse a pie.
Ilíada 23.262–650 Los carros protagonizan una competición durante los juegos funerarios de Patroclo.

Néstor es el anciano que nunca deja de recordar su juventud. En el libro primero de la Ilíada evoca a los héroes con quienes combatió, hombres cuya fuerza y valentía considera superiores a las de sus contemporáneos (Ilíada 1.260–272).

En el libro cuarto, sus recuerdos adquieren un significado particular. Mientras organiza a sus tropas, coloca los carros delante de la infantería y ordena mantener la formación, sin adelantarse ni quedarse atrás. Cuando encuentren un carro enemigo, los guerreros deberán atacar con la lanza desde su propio vehículo. Néstor recuerda que así combatían los hombres de tiempos anteriores, capaces de conquistar ciudades y fortalezas (Ilíada 4.297–309).

La observación resulta especialmente interesante: en un poema que ya transcurre en un pasado heroico, Néstor recuerda una manera de combatir que atribuye a generaciones todavía más antiguas.

Sin embargo, no se trata de una práctica desconocida para los personajes de la Ilíada. Fegéo ataca desde su carro a Diomedes, y el propio Diomedes combate desde otro vehículo mientras Néstor conduce los caballos. Homero conoce, por tanto, tanto el combate desde el carro como su utilización para transportar guerreros que después luchan a pie.

Los carros están bien documentados en el mundo micénico. Las tablillas en lineal B registran vehículos, ruedas y otros componentes, mientras las representaciones figuradas muestran su vinculación con los guerreros y las élites. Los palacios dedicaban recursos importantes a su mantenimiento, aunque los documentos conservados no explican cómo se utilizaban en batalla.

En Egipto y en los reinos del Próximo Oriente, especialmente entre los hititas y otros pueblos de Siria y Mesopotamia, los carros desempeñaron una importante función militar durante la Edad del Bronce. Se utilizaron como plataformas de combate desde las que un guerrero podía disparar con el arco mientras otro conducía los caballos, y podían intervenir en formaciones organizadas.

Ramsés II combate desde su carro en Abu Simbel

Ramsés II combatiendo desde su carro. Relieve del Gran Templo de Abu Simbel, Egipto, siglo XIII a. C., con una representación de la batalla de Qadesh contra los hititas. El faraón aparece disparando con el arco desde el vehículo. La imagen ilustra una de las funciones militares de los carros en el Mediterráneo oriental durante la Edad del Bronce. Fotografía: Diego Delso, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

¿Ocurría lo mismo en Grecia? La documentación micénica confirma la importancia de los carros, pero no permite reconstruir con certeza sus tácticas militares.

¿Había olvidado Homero cómo se combatía?

Sección titulada «¿Había olvidado Homero cómo se combatía?»

M. I. Finley propuso que la tradición épica había conservado el recuerdo de los carros de guerra de la Edad del Bronce, pero que había perdido prácticamente todo conocimiento de su verdadero uso. Los héroes homéricos los emplearían como vehículos para llegar al combate o desplazarse dentro de él, combinando una forma de transporte antiguo con técnicas de lucha posteriores. Para Finley, no reflejaba fielmente la técnica de la guerra micénica, sino que se trataba de una reconstrucción poética de una práctica cuyo sentido original se había olvidado.

J. K. Anderson adoptó una posición más prudente. Observó que el relieve montañoso de Grecia dificultaba el despliegue de grandes formaciones de carros como las que conocemos en Egipto y el Próximo Oriente. Describió el uso homérico del carro como transporte del guerrero hasta el combate, sin ignorar los episodios en los que se lucha desde el vehículo. Sin embargo, dejó abierta una cuestión fundamental: no sabemos si esa forma de combatir ya se practicaba en la Edad del Bronce.

Robert Drews defendió una interpretación diferente. Sostuvo que los carros micénicos constituían una fuerza militar organizada y que debieron utilizarse principalmente como plataformas móviles para arqueros, de manera semejante a otros ejércitos del Mediterráneo oriental. Según su hipótesis, la tradición homérica habría conservado los carros, pero transformado profundamente el recuerdo de su empleo militar. No obstante, el propio Drews reconocía que las tablillas micénicas no explican cómo se utilizaban aquellos vehículos en combate.

Carro de guerra asirio con arquero y auriga

Carro de guerra asirio con arquero y auriga. Relieve de alabastro procedente de Nínive, hacia 650 a. C., posiblemente relacionado con una campaña de Asurbanipal contra los elamitas. La escena muestra un carro ocupado por un conductor y un arquero, protegidos por escuderos, y constituye un ejemplo del uso militar del carro como plataforma móvil de combate, a diferencia de su función predominante en los poemas homéricos. Pergamon Museum, Berlín. Fotografía: Ealdgyth / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0.

Las diferencias entre estos investigadores muestran hasta qué punto resulta difícil reconstruir la relación entre el mundo micénico y su representación homérica. Sabemos que los palacios mantenían carros y que otras sociedades de la Edad del Bronce los utilizaban como armas de combate. También sabemos que Homero representa guerreros que descienden para luchar a pie, pero describe igualmente ataques desde el vehículo, algunos de ellos narrados con considerable precisión.

El recuerdo de Néstor añade un matiz singular: el anciano atribuye a generaciones anteriores una manera de organizar y utilizar los carros que presenta como digna de imitación. No demuestra que aquella fuera exactamente la táctica micénica, pero sí que el poema conserva la idea de unas prácticas de combate heredadas del pasado.

Quizá la tradición conservó mejor el recuerdo de los carros que el de su utilización original, como pensaba Finley. Pero también es posible que algunas de las prácticas descritas por Homero fueran mucho más antiguas de lo que podemos demostrar.

Los carros muestran así el problema que recorrerá todo este artículo: Homero conserva elementos de un pasado remoto, pero no siempre podemos determinar cuánto de su descripción procede de ese pasado y cuánto de los siglos durante los cuales la tradición épica siguió transformándose.

Las naves ocupan un lugar fundamental en la Ilíada y la Odisea. Los aqueos llegan a Troya por mar y sus embarcaciones, varadas a lo largo de la costa, constituyen tanto su medio de regreso como una parte esencial del escenario de la guerra. En la Odisea, los viajes determinan buena parte de la narración: los personajes embarcan, izan las velas, manejan los remos, buscan refugio en las costas y se enfrentan a los vientos y las tormentas.

Para ampliar estas cuestiones, pueden consultarse los artículos «Aviso a navegantes» y «¿Cómo eran las naves de Homero?».

Homero describe estas operaciones con una familiaridad que contrasta con algunas de las dificultades que encontramos al estudiar sus carros de guerra. Las maniobras náuticas no son simples evocaciones de un pasado heroico. Las naves se preparan y se gobiernan mediante procedimientos reconocibles.

Cuando Telémaco emprende su viaje hacia Pilos, los marineros levantan el mástil de pino, lo encajan en su soporte, lo sujetan con cabos e izan la vela. Atenea les envía un viento favorable y la embarcación avanza durante la noche (Odisea, 2.414–434). La descripción no se limita a afirmar que la nave partió: presenta las operaciones necesarias para ponerla en movimiento.

En otros pasajes, los hombres reman cuando falta el viento, recogen las velas al aproximarse a tierra, bajan el mástil y arrastran las embarcaciones hasta la playa. Homero conoce, al menos en términos narrativos, la combinación de vela y remo, las maniobras de partida y llegada y las dificultades que imponía la navegación.

Pero ¿de qué época eran aquellas naves? ¿Describía el poeta las embarcaciones que conocía o conservaba, como en otros aspectos del mundo heroico, recuerdos de una navegación mucho más antigua?

La navegación estaba profundamente arraigada en el Egeo muchos siglos antes de Homero. Uno de sus testimonios más extraordinarios es el fresco de la flotilla descubierto en la Casa Oeste de Akrotiri, en la isla de Tera, la actual Santorini, y fechado generalmente en el siglo XVII a. C.

Fresco de la flotilla de Akrotiri

Segunda escena del fresco de la flotilla de Akrotiri

La flotilla de Akrotiri. Dos escenas del fresco de la Casa Oeste de Akrotiri (Tera, Santorini), siglo XVII a. C. A la izquierda, embarcaciones con numerosos tripulantes y estructuras ornamentales; derecha, una población costera junto a la que aparecen otras embarcaciones. El conjunto constituye uno de los testimonios más importantes de la navegación egea de la Edad del Bronce.

Fotografías: Holger Uwe Schmitt / Wikimedia Commons, escena 1 y escena 2, CC BY-SA 4.0.

La pintura representa varias embarcaciones entre paisajes costeros, poblaciones y grupos de personas. Algunas son largas y estrechas, con numerosos tripulantes; otras presentan una decoración elaborada y personajes que parecen ocupar posiciones destacadas. Se distinguen embarcaciones impulsadas mediante palas y otra que parece emplear remos propiamente dichos. También aparece una nave a vela.

Barco con vela en el fresco de Akrotiri

Barco con vela representado en el fresco de la procesión naval de Akrotiri (Santorini), siglo XVII a. C. La imagen constituye un testimonio de la navegación a vela en el Egeo durante la Edad del Bronce, muchos siglos antes de la composición de los poemas homéricos.

Casa Oeste de Akrotiri, habitación 5. Museo de la Prehistoria de Thera. Fotografía: Zde / Wikimedia Commons. Imagen recortada del original, CC BY-SA 4.0.

La escena suele interpretarse como una procesión o celebración marítima, aunque su significado continúa discutido. Además, el fresco está fragmentado y parte de los aparejos que muestran las reproducciones actuales procede de reconstrucciones modernas.

Con estas precauciones, Akrotiri demuestra que, siglos antes del período micénico tardío, los habitantes del Egeo conocían distintas formas de embarcación y diferentes procedimientos de propulsión. La navegación no era una actividad rudimentaria ni ocasional, sino una práctica suficientemente desarrollada como para ocupar un lugar destacado en sus representaciones artísticas.

Un testimonio de naturaleza muy diferente apareció en 1982 frente a la costa meridional de Anatolia. Allí, cerca de Uluburun, se descubrieron los restos de una embarcación mercante hundida poco después de 1305 a. C., según la datación dendrocronológica de una de las maderas recuperadas.

El pecio de Uluburun, hacia 1300 a. C. Arriba, reconstrucción museográfica de la embarcación y su cargamento. Abajo, de izquierda a derecha: ancla de piedra de 148,3 kg recuperada del naufragio y recreación de la disposición del cargamento sobre el fondo marino. Museo de Arqueología Subacuática de Bodrum (Turquía). Fotografías: Dosseman, CC BY-SA 4.0; Zunkir, CC BY-SA 4.0; Georges Jansoone, CC BY-SA 3.0. Imágenes recortadas de los originales.

El transporte marítimo de metales también aparece en la Odisea. En el primer libro, Atenea visita a Telémaco bajo la apariencia de Mentes, rey de los tafios, y explica su presencia en Ítaca como una escala durante un viaje comercial:

—Te contaré todo con sinceridad. Me llamo Mentes, soy hijo del prudente Anquíalo y reino sobre los tafios, pueblo navegante y amigo de los remos. He llegado aquí con mi nave y mi tripulación, atravesando el mar color de vino hacia gentes de otra lengua, rumbo a Témesa, con un cargamento de hierro reluciente que pretendemos cambiar por cobre.

Odisea, 1.179–184.

La escena es significativa porque Atenea está inventando una identidad y un motivo para su viaje. Sin embargo, la explicación que ofrece debe resultar creíble para Telémaco: una nave que transporta hierro para intercambiarlo por cobre no tiene nada de extraordinario.

La comparación con Uluburun es sugerente, aunque no debe confundirse con una continuidad demostrada. El pecio testimonia el transporte de cobre y estaño en el Mediterráneo oriental hacia 1300 a. C.; el relato homérico presenta un intercambio de hierro por cobre, más acorde con un mundo en el que el hierro ya había adquirido importancia. Ambos testimonios muestran el papel del mar en la circulación de metales, pero pertenecen a contextos históricos diferentes.

El Uluburun medía unos quince metros de eslora estimada y podía transportar al menos veinte toneladas. Su cargamento incluía cobre y estaño —metales fundamentales para el mundo micénico— y numerosos objetos de procedencias diversas, testimonio de las extensas relaciones marítimas del Mediterráneo oriental durante la Edad del Bronce.

Pero su importancia para nuestro propósito reside especialmente en los restos del casco.

El arqueólogo Cemal Pulak pudo estudiar una construcción de cedro cuyas tablas estaban unidas mediante espigas de madera introducidas en mortajas y aseguradas con clavijas. Era un procedimiento que permitía formar una estructura resistente a partir del propio revestimiento del casco, sin necesidad de levantar previamente un armazón completo de cuadernas.

Esquema de ensamblaje mediante mortajas, espigas y clavijas
Ensamblaje mediante mortajas, espigas y clavijas. Esquema ilustrativo de una técnica documentada en Uluburun, hacia 1300 a. C.; no reproduce específicamente aquella embarcación. Ilustración de Eric Gaba (Sting), Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.5.

La embarcación disponía también de una quilla poco saliente, que contribuía a reforzar el conjunto y podía proteger el fondo cuando el barco se varaba en una playa.

Estos restos demuestran que los constructores navales del Mediterráneo oriental dominaban técnicas de ensamblaje relativamente complejas varios siglos antes de la época tradicionalmente atribuida a la guerra de Troya.

Sin embargo, Uluburun era un mercante, no una nave de guerra, y de su casco solo sobrevivió una pequeña parte. No conocemos directamente la disposición de su mástil, sus velas o sus medios de gobierno. Tampoco podemos convertirlo en un modelo general de todas las embarcaciones de la Edad del Bronce.

Una de las descripciones náuticas más singulares de Homero aparece en el libro quinto de la Odisea, cuando Calipso permite finalmente que Odiseo abandone su isla.

El héroe debe construir por sí mismo la embarcación que lo llevará al mar. Calipso le proporciona un hacha de bronce y una azuela, y lo conduce hasta un lugar donde crecen alisos, álamos y abetos, árboles altos cuya madera, seca desde hacía tiempo, podía flotar con facilidad. Odiseo derriba veinte, los desbasta, alisa y endereza sus troncos, y después perfora las maderas para ensamblarlas.

A continuación prepara las estructuras laterales, fabrica un mástil y una verga, dispone un remo de gobierno y protege los costados con un entramado de mimbre para impedir que las olas entren en la embarcación. Finalmente, Calipso le proporciona tela para la vela y Odiseo completa el aparejo (Odisea, 5.234–261).

Aunque habitualmente se traduce como «balsa», la construcción descrita es bastante más elaborada que una simple plataforma de troncos atados. Homero imagina una embarcación con elementos estructurales, vela y medios para gobernarla.

La descripción ha dado lugar a distintas interpretaciones. En «Odysseus’ Boat» (1964), Lionel Casson consideró que las referencias a las clavijas y los ensamblajes podían corresponder a la construcción mediante mortajas y espigas. Samuel E. Mark, en «Odyssey 5.234–53 and Homeric Ship Construction: A Reappraisal» (1991), cuestionó esa interpretación y defendió que el pasaje podía describir una construcción en la que las maderas se unían mediante ligaduras.

El texto griego no permite resolver con seguridad la controversia.

Existe, no obstante, una coincidencia particularmente interesante con Uluburun. Entre los restos del pecio aparecieron elementos vegetales entretejidos que Pulak interpretó, con reservas, como parte de una posible protección contra las olas. El arqueólogo comparó expresamente esa estructura con el entramado de mimbre que Homero atribuye a la embarcación de Odiseo.

La semejanza resulta sugerente, pero no demuestra que el poeta estuviera describiendo una técnica conservada intacta desde la Edad del Bronce. Una misma solución práctica podía emplearse en épocas muy alejadas entre sí, sin que ello demuestre que la técnica se hubiera transmitido de manera continua de una generación a otra.

Para valorar qué podía conocer el poeta por experiencia de su propio mundo, disponemos de otro conjunto de testimonios: las representaciones navales del período geométrico, especialmente las que aparecen en la cerámica ática de la segunda mitad del siglo VIII a. C. (véase «Dos mundos separados por varios siglos»).

Las grandes vasijas funerarias del Dípilon muestran embarcaciones largas, de proas y popas elevadas, con numerosos remeros. Algunas imágenes parecen representar dos filas de remos, aunque los procedimientos de representación utilizados por los pintores no permiten determinar siempre la disposición real de los hombres dentro del casco.

Nave geométrica del Metropolitan Museum Detalle de una nave geométrica del Metropolitan Museum
Las naves del período geométrico. Crátera ática de hacia 775 a. C. y detalle de una de sus embarcaciones: una nave larga con numerosos remos y figuras armadas, testimonio de la iconografía naval griega de una época próxima a la composición de los poemas. Metropolitan Museum of Art, Nueva York, inv. 34.11.2. Ficha de la pieza. Fotografías de Marie-Lan Nguyen en Wikimedia Commons: vista general y detalle, CC BY 2.5.

También aparecen remates curvos, a veces semejantes a cabezas de aves, y prolongaciones en la proa cuya función continúa discutida. Pueden interpretarse como elementos ornamentales o estructurales, pero no debemos considerarlas automáticamente espolones destinados a embestir otras naves.

Proa de una nave geométrica del British Museum Popa de una nave geométrica del British Museum
Proa y popa de una nave del período geométrico. Dos detalles de una crátera ática atribuida al Grupo del Subdipylon, hacia 735 a. C. A la izquierda, la proa, con una figura de ave sobre ella; a la derecha, la popa, reconocible por los dos remos de gobierno junto a una pareja que se despide. Véase la imagen de la crátera completa. British Museum, Londres, inv. 1899,0219.1. © The Trustees of the British Museum. Ficha del museo; CC BY-NC-SA 4.0.

Estas pinturas son mucho más próximas a la época de composición de los poemas que los testimonios de Akrotiri y Uluburun. Muestran que las galeras de remos formaban parte del mundo visual de los siglos VIII y VII a. C., aunque la documentación se concentra en determinados talleres y no puede extenderse sin reservas a todo el mundo griego.

Las embarcaciones homéricas, capaces de transportar guerreros, viajeros, provisiones y botines, resultan compatibles en términos generales con ese panorama. Pero las imágenes no nos permiten conocer sus métodos de construcción ni establecer que cada una de sus características coincida con las descritas por Homero.

La comparación entre los poemas y los testimonios arqueológicos conduce a una conclusión diferente de la que sugerían los carros de guerra. Homero parece desenvolverse con mayor familiaridad en el mundo de las naves que en el de ciertas técnicas militares del pasado. Mientras que sus héroes utilizan los carros de una manera difícil de conciliar con su función histórica en los ejércitos de la Edad del Bronce, las maniobras de navegación que describe resultan coherentes y reconocibles. Es posible que el poeta conociera mejor las embarcaciones de su propio tiempo que los procedimientos de combate de una época desaparecida.

En la Ilíada, las armas forman parte inseparable de la identidad de los héroes. Las espadas, las lanzas, los escudos y las corazas no son únicamente instrumentos de combate: algunas poseen características tan singulares que permiten reconocer a sus propietarios. Unas pasan de unas manos a otras como regalos o botines; otras acompañan a sus dueños hasta la muerte.

Dos guerreros armados en combate en una ánfora ática de figuras negras
Dos guerreros armados en combate. Ánfora ática de figuras negras, hacia 500–480 a. C. Una comparación visual, posterior a Homero, para los enfrentamientos individuales de la Ilíada. J. Paul Getty Museum, Los Ángeles, inv. 86.AE.78. Imagen de Getty Open Content en Wikimedia Commons, CC0 1.0.

Homero describe con frecuencia cómo se arman los combatientes antes de entrar en batalla. Se colocan las grebas, ajustan la coraza, ciñen la espada, cubren la cabeza con el casco y finalmente toman el escudo y la lanza. Las armas aparecen también en el desarrollo de los enfrentamientos: una punta atraviesa una protección, una espada se rompe, un escudo detiene un golpe o una coraza resulta insuficiente para salvar la vida de su portador.

Sin embargo, estas descripciones no corresponden necesariamente a un armamento homogéneo. La arqueología muestra que, entre el mundo micénico y la época de composición de los poemas, cambiaron las armas, los materiales y las formas de combatir. Algunas piezas descritas por Homero encuentran paralelos muy antiguos; otras pudieron pertenecer también al mundo que el poeta conocía.

Uno de los testimonios más sorprendentes aparece en el libro décimo de la Ilíada. Antes de emprender una incursión nocturna contra los troyanos, Odiseo recibe de Meríones un casco que Homero describe con un detalle poco habitual:

Meríones entregó a Odiseo un arco, una aljaba y una espada, y le colocó sobre la cabeza un casco hecho de cuero. Por dentro estaba firmemente reforzado con numerosas correas; por fuera, blancos dientes de un jabalí de relucientes colmillos cubrían uno y otro lado, cuidadosamente dispuestos. En el interior llevaba una capa de fieltro.

Ilíada, 10.260–265.

El poeta añade que el objeto había pasado anteriormente por las manos de varios propietarios, hasta llegar a Meríones.

Casco micénico de colmillos de jabalí

Casco micénico de colmillos de jabalí, procedente de Cnoso (Creta), 1450–1300 a. C. Los colmillos, cortados y perforados, se fijaban sobre una estructura de cuero. Este tipo de casco encuentra un paralelo especialmente preciso en la descripción homérica del que Meríones entrega a Odiseo (Ilíada, 10.260–271).

Museo Arqueológico de Heraclión. Pieza restaurada. Fotografía: Eunostos / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

No se trata de un casco imaginario. En distintos yacimientos micénicos se han encontrado colmillos de jabalí trabajados y perforados, utilizados para fabricar protecciones de este tipo. Su representación aparece también en el arte de la Edad del Bronce.

La coincidencia es notable porque Homero no se limita a mencionar un casco adornado con colmillos: describe su disposición sobre una estructura de cuero, un detalle que concuerda con la reconstrucción arqueológica de estos objetos.

Los cascos de colmillos de jabalí están documentados especialmente en el mundo micénico del segundo milenio a. C. y parecen haber desaparecido de su uso habitual mucho antes de la composición de la Ilíada.

Resulta curioso que sea precisamente Odiseo quien reciba este casco. En la Odisea, una cicatriz causada por el colmillo de un jabalí durante una cacería juvenil permitirá a Euriclea reconocerlo después de veinte años de ausencia (Odisea, 19.392–466). El poeta no relaciona ambos episodios, pero la coincidencia añade una resonancia singular a la presencia del casco en la Ilíada y conecta de alguna manera con la Odisea.

¿Cómo pudo conservarse una descripción tan concreta?

La descripción tiene un interés especial porque estos cascos pertenecían al mundo micénico y habían desaparecido del uso habitual varios siglos antes de la composición de la Ilíada. Pero hay un detalle significativo: Homero no se limita a describir el casco, sino que cuenta cómo había pasado de unas manos a otras hasta llegar a Meríones, que finalmente se lo entrega a Odiseo (Ilíada, 10.266–271). El propio poema nos muestra, por tanto, cómo un objeto podía conservarse y transmitirse entre distintos propietarios mucho después de su fabricación. No sabemos si Homero conocía estos cascos a través de la tradición poética, si había visto alguna representación antigua o si incluso pudo contemplar o poseer un ejemplar conservado de esa manera. En cualquier caso, el objeto descrito corresponde a una realidad arqueológica muy anterior a su tiempo.

Los escudos presentan un problema más complejo.

Durante la Edad del Bronce, los guerreros del Egeo utilizaron escudos de formas y tamaños diferentes. Las representaciones micénicas muestran grandes escudos que podían proteger buena parte del cuerpo: algunos tienen una silueta aproximadamente rectangular, semejante a una torre; otros presentan un estrechamiento central que les confiere la característica forma de ocho.

Escudos micénicos en forma de ocho

Escudos micénicos en forma de ocho. Pintura mural procedente de Micenas, Edad del Bronce tardía. La representación muestra grandes escudos de silueta estrechada en el centro, con correas de suspensión y una superficie decorada que evoca la piel de vacuno. Este tipo de protección es característico de la iconografía militar micénica.

Museo Arqueológico Nacional de Atenas. Fotografía: Dorieo / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0.

Homero describe el escudo de Áyax como una protección enorme, semejante a una torre. Estaba formado por siete capas de cuero de buey y una exterior de bronce (Ilíada, 7.219–223). Su tamaño y su función defensiva permiten compararlo con los grandes escudos conocidos por la iconografía micénica.

Pero la semejanza no basta para identificarlo con un modelo arqueológico concreto. Homero no describe con precisión su silueta, y su composición de cuero y bronce procede del relato poético, no del examen de una pieza conservada.

Otros escudos homéricos resultan difíciles de relacionar con los grandes modelos micénicos. Sus descripciones parecen corresponder a protecciones más manejables, compatibles con formas de combate posteriores.

Es posible, por tanto, que el poeta reuniera en un mismo mundo heroico recuerdos de escudos antiguos y características de los utilizados en épocas más próximas a la suya.

El escudo de Aquiles (véase «El trabajo que Homero deja al fondo») constituye un caso diferente. Hefesto lo fabrica por encargo de Tetis y lo decora con una extraordinaria sucesión de escenas: ciudades, campos, cosechas, rebaños, danzas y representaciones del cielo (Ilíada, 18.478–608): recrea un mundo civilizado dentro de otro mundo en guerra.

Hefesto entrega a Tetis las armas de Aquiles

Hefesto entrega a Tetis las armas de Aquiles. Kílix ático de figuras rojas, atribuido al Pintor de la Fundición, hacia 490–480 a. C. La escena representa el episodio de la Ilíada en el que Hefesto fabrica un nuevo armamento para Aquiles, incluido su extraordinario escudo (18.468–617). Altes Museum, Berlín, inv. F 2294. Fotografía: Bibi Saint-Pol / Wikimedia Commons, dominio público.

Aquí la descripción supera cualquier propósito de identificación arqueológica. El escudo se convierte en una representación del mundo, una creación poética en la que las imágenes importan tanto como el objeto que las sostiene. Buscar un equivalente material exacto sería confundir la función literaria de la pieza con una descripción técnica.

La arqueología ha proporcionado testimonios igualmente notables sobre las armaduras de la Edad del Bronce.

En Dendra, cerca de Micenas, se descubrió una panoplia de grandes placas de bronce, fechada hacia el siglo XV a. C. La armadura protegía el torso y otras partes del cuerpo mediante piezas articuladas, formando un conjunto mucho más complejo de lo que podría sugerir una simple coraza.

Panoplia micénica de Dendra

Panoplia micénica de Dendra, finales del siglo XV a. C. Armadura formada por grandes placas articuladas de bronce, descubierta en la tumba 12 de la necrópolis de Dendra, cerca de Micenas.

Museo Arqueológico de Nauplia. Fotografía: Zde / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Su existencia demuestra que los artesanos micénicos eran capaces de fabricar protecciones corporales elaboradas y que el bronce podía emplearse en cantidades considerables para equipar a determinados guerreros.

Sin embargo, la panoplia de Dendra no constituye una prueba directa de cómo combatían los héroes homéricos. Su función precisa ha sido objeto de discusión: se ha relacionado con guerreros que combatían en carro y también se ha estudiado su posible utilización en combate a pie.

Homero menciona repetidamente corazas de bronce y describe cómo las armas penetran o golpean sus superficies. Pero las corazas que aparecen en la Ilíada no pueden identificarse sin más con el modelo de Dendra, perteneciente a un período muy anterior.

Las armas plantean una dificultad semejante.

Las espadas micénicas evolucionaron considerablemente durante la Edad del Bronce. Algunas eran largas y estrechas, adecuadas principalmente para herir con la punta; otras presentaban formas que permitían también golpes de corte.

Entre los modelos más interesantes se encuentran las espadas conocidas como tipo Naue II, denominadas así por el arqueólogo alemán Julius Naue, que las clasificó a comienzos del siglo XX. Comenzaron a difundirse al final de la Edad del Bronce y continuaron fabricándose durante la Edad del Hierro. Su persistencia demuestra que el cambio de material no tuvo por qué coincidir con una transformación inmediata de las formas.

Espada de tipo Naue II

Espada de hierro de tipo Naue II, procedente de una sepultura de guerrero en Eleutherna (Creta), hacia 750–700 a. C. Conserva clavos de bronce empleados para fijar la empuñadura. Este tipo de espada, documentado desde el final de la Edad del Bronce, continuó utilizándose durante la Edad del Hierro, cuando comenzaron a fabricarse ejemplares en el nuevo metal.

Fotografía: Francesco Bini (Sailko) / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

La lanza ocupa un lugar todavía más destacado. Los guerreros homéricos la arrojan contra sus adversarios, pero también pueden utilizarla para combatir a corta distancia. Algunos héroes llevan dos lanzas; otros aparecen caracterizados por armas especialmente largas o pesadas.

Armas micénicas

Armamento micénico del siglo XVI a. C. Cinco cuchillos, tres espadas de tipo B y una punta de lanza de bronce, procedentes de la tumba IV del círculo A de Micenas. Las espadas, concebidas principalmente para herir con la punta, muestran la especialización del armamento de las élites guerreras durante la Edad del Bronce.

Museo Arqueológico Nacional de Atenas. Fotografía: George E. Koronaios / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Algo parecido sucede con el arco. Aunque los enfrentamientos individuales entre grandes guerreros ocupan el centro de numerosos episodios, Homero conoce el uso militar de arcos y flechas. Pándaro hiere a Menelao con una flecha (Ilíada, 4.105–147), y Teucro combate como arquero protegido por el escudo de Áyax (Ilíada, 8.266–272).

Puntas de flecha micénicas

Puntas de flecha micénicas de bronce. Conjunto de puntas de flecha y objetos de oro de la Edad del Bronce, conservado en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas. Las flechas formaban parte del armamento micénico y aparecen también en los combates descritos por Homero, especialmente en las intervenciones de arqueros como Pándaro y Teucro.

Fotografía: Gary Todd / Wikimedia Commons, dominio público (CC0 1.0).

El poeta, por tanto, no ignora las diferentes posibilidades del armamento ofensivo. Otra cuestión es hasta qué punto la importancia que concede a determinados enfrentamientos responde a las prácticas militares históricas o a las necesidades de la narración épica.

La mezcla de épocas se manifiesta también en los materiales.

Los héroes de la Ilíada combaten principalmente con armas de bronce. El metal aparece de manera constante en las espadas, lanzas, cascos, corazas y escudos. Sin embargo, Homero conoce perfectamente el hierro, que menciona como herramienta, objeto de intercambio, riqueza y premio en las competiciones (véase «La Edad del Bronce y la Edad del Hierro»).

Incluso aparece una punta de flecha de hierro en el episodio de Pándaro (Ilíada, 4.123).

No estamos, por tanto, ante un poeta que desconociera el nuevo metal. Más bien encontramos una representación de la guerra heroica dominada por el bronce, dentro de unos poemas que también conocen el hierro.

Continuar con la segunda parte: Las casas y la vida cotidiana

¿Qué sabía Homero del mundo que describe? II: Las casas y la vida cotidiana

El pasado de bronce

¿Cómo eran las naves de Homero?

Salvo indicación expresa, las traducciones de textos antiguos son del autor.

Versión editorial 2.9 · 3 de noviembre de 2026