¿Sirve de algo conocer el futuro?
Teoclímeno es un adivino que ha llegado a Ítaca en la nave de Telémaco, el hijo de Odiseo. Desciende de una familia de adivinos y se encuentra ahora en el palacio, entre los pretendientes que aspiran a casarse con Penélope y que llevan años ocupando la casa en ausencia de su esposo.
Durante uno de sus banquetes, Teoclímeno ve lo que los demás no ven. La estancia se le aparece cubierta de tinieblas; los muros parecen salpicados de sangre y las sombras se encaminan hacia el Érebo, el mundo de los muertos. Advierte a los pretendientes de la desgracia que se aproxima. Ellos se ríen de él. Teoclímeno no insiste: abandona la casa. Poco después, los hombres que se burlaron de su visión morirán allí (Odisea, 20.350–370).
La escena plantea una pregunta más interesante que la posibilidad misma de predecir el futuro. Teoclímeno sabe, o cree saber, qué va a ocurrir; sus oyentes no le creen. El conocimiento que no consigue salvar a nadie de la catástrofe le permite, al menos, salvarse a sí mismo. ¿Para qué sirve entonces conocer lo que todavía no ha sucedido? ¿Basta con saber, o es preciso que alguien escuche, dé crédito a lo que no alcanza a comprender del todo y actúe en consecuencia?
La Ilíada y la Odisea están llenas de advertencias, sueños, signos y revelaciones. Pero no presentan una respuesta única: hay noticias verdaderas que nadie acepta, mensajes enviados para engañar, destinos que ofrecen alternativas y peligros que, aun conocidos de antemano, nadie puede o quiere evitar. Homero parece interesado tanto en lo que se anuncia como en aquello que los personajes hacen con esa información.
Saber lo que los demás ignoran
Sección titulada «Saber lo que los demás ignoran»Adivinar, para los griegos de los poemas, no consiste únicamente en anunciar acontecimientos venideros. Cuando Homero presenta a Calcante, el adivino de los aqueos, dice que conoce «lo que es, lo que será y lo que fue» (Ilíada 1.68–72). Su saber alcanza el pasado, el presente y el futuro: puede sacar a la luz algo que permanece oculto, aunque ese algo ya haya ocurrido.
La peste que diezma el ejército aqueo constituye su primera demostración. Su origen está en una decisión de Agamenón. Crises, sacerdote de Apolo, había acudido al campamento ofreciendo un cuantioso rescate por su hija Criseida, que había sido entregada al rey como parte del botín de guerra. Los demás aqueos se mostraron partidarios de aceptar el rescate y respetar al sacerdote, pero Agamenón se negó y lo despidió con amenazas. Crises suplicó entonces a Apolo, y el dios respondió enviando una peste que comenzó a diezmar al ejército.
Cuando Aquiles propone consultar a un adivino para averiguar la causa de la calamidad, Calcante conoce la respuesta: Apolo está castigando a los aqueos por la afrenta cometida contra su sacerdote. No predice una enfermedad futura: explica la que ya padecen. Gracias a esa explicación pueden devolver a Criseida, ofrecer un sacrificio y poner fin al castigo (Ilíada 1.12–52; 1.68–100; 1.430–456). En este caso, conocer una causa oculta permite intervenir sobre el presente.
Pero Calcante pide protección a Aquiles antes de hablar. Sabe que revelar la verdad provocará la cólera de Agamenón y teme su reacción. Es un detalle revelador: el adivino puede saber más que el rey y, sin embargo, disponer de mucho menos poder. Entre descubrir una verdad y conseguir que se acepte existe una distancia difícil de recorrer.
Tampoco hay una única manera de acceder a ese saber. Algunos personajes son especialistas en interpretar los vuelos de las aves, los sueños o los sacrificios; otros leen un signo sin ejercer ningún oficio religioso. A veces un dios habla directamente, y en ocasiones una persona acude a un santuario para consultar. Tiresias representa un caso extraordinario: incluso después de muerto conserva la capacidad de revelar a Odiseo lo que necesita conocer. El poeta no presenta estos procedimientos como variantes de una disciplina uniforme.
Conviene distinguir entre la época en que se sitúan las historias de Homero y aquella en la que se formaron los poemas. La Ilíada y la Odisea evocan un pasado que relacionamos con la civilización micénica, durante la Edad del Bronce, pero los poemas adquirieron su forma muchos siglos después, entre los siglos VIII y VII a. C., cuando Grecia se encontraba ya en la Edad del Hierro. Esto plantea una dificultad: no siempre podemos saber si las costumbres religiosas descritas por Homero pertenecen al mundo de sus héroes o al de quienes transmitieron y compusieron los poemas.
Las tablillas micénicas escritas en Lineal B demuestran que los palacios tenían una vida religiosa organizada. Registran divinidades, ofrendas y personas vinculadas al culto, como podemos ver en PY Tn 316: un documento cultual. Sin embargo, no permiten establecer si existían entonces especialistas semejantes a los mántis, los adivinos que encontramos en Homero, capaces de interpretar signos y presagios. Conocemos mejor esta actividad gracias a testimonios de las épocas arcaica y clásica, pero no podemos suponer que se practicara de idéntica manera en los palacios micénicos, varios siglos antes.
La propia Odisea menciona una familia en la que el conocimiento profético pasa de una generación a otra. De Melampo descienden Anfiarao y Polifides; este último, favorecido por Apolo, profetizaba en Hiperesia y fue padre de Teoclímeno (Odisea 15.225–256). La genealogía no explica el funcionamiento de la adivinación, pero recuerda que, junto al don divino, podía existir el prestigio de una tradición familiar.
Un mundo que puede hablar mediante signos
Sección titulada «Un mundo que puede hablar mediante signos»En los poemas, las aves no son solamente parte del paisaje. Un águila que transporta una presa, la dirección de su vuelo o la aparición inesperada de ciertos animales pueden interpretarse como presagios. No siempre hace falta que ocurra algo extraordinario: lo decisivo es reconocer en un acontecimiento una señal. Y no todos los que la contemplan le atribuyen el mismo significado.
Cuando los troyanos se disponen a atacar el muro que protege el campamento aqueo, aparece un águila que lleva una serpiente viva entre sus garras. La serpiente hiere al ave, que termina soltando su presa. Polidamante, uno de los principales consejeros troyanos, interpreta el prodigio como una advertencia: aunque consigan atravesar las defensas enemigas, sufrirán graves pérdidas y no podrán completar victoriosamente el ataque. Héctor rechaza su interpretación y afirma que el mejor presagio es combatir por la patria (Ilíada 12.195–250). La discusión no se limita al significado del vuelo. También enfrenta dos maneras de decidir: atender a la advertencia o mantener una resolución a pesar de ella.
La escena contrasta con otra del final de la Ilíada. Príamo, rey de Troya, se dispone a entrar en el campamento enemigo para suplicar a Aquiles que le devuelva el cadáver de su hijo Héctor. Antes de emprender un viaje tan peligroso, pide a Zeus una señal favorable. El dios envía un águila, y Príamo, al verla, se pone en camino. No necesita que un adivino interprete el signo que él mismo ha solicitado (Ilíada 24.290–321).
Tampoco Helena es una adivina profesional. Cuando Telémaco abandona Esparta, un águila aparece llevando una oca doméstica entre sus garras. Helena interpreta el presagio: así como el águila ha capturado al ave, Odiseo regresará a su casa y castigará a los pretendientes (Odisea 15.160–178).
Penélope ve también en sueños un águila que mata a sus veinte ocas. El ave regresa después y, hablando con voz humana, se identifica con Odiseo: las ocas representan a los pretendientes, a quienes el héroe dará muerte. El propio sueño contiene, por tanto, su interpretación. Sin embargo, Penélope duda de que anuncie realmente el futuro. Recuerda que algunos sueños proceden de la puerta de cuerno y se cumplen, mientras otros atraviesan la puerta de marfil y engañan a quienes los reciben (Odisea 19.535–569). El problema ya no consiste en descifrar un símbolo, sino en saber si podemos confiar en un mensaje cuyo significado parece perfectamente claro.
Los cuatro episodios muestran que la interpretación de los signos no estaba reservada a los adivinos profesionales. Pero revelan también algo más importante: comprender una advertencia no significa necesariamente creer en ella ni estar dispuesto a seguirla. Héctor rechaza que un presagio condicione su decisión de combatir; Príamo solicita una señal y actúa cuando la recibe; Helena interpreta un signo que parece anunciar el regreso de Odiseo; Penélope comprende lo que su sueño le anuncia, pero duda de su veracidad. La dificultad no reside siempre en interpretar correctamente el mensaje. A veces consiste en decidir cuánto crédito merece.
Hay, sin embargo, situaciones en las que no es necesario interpretar ningún signo. Tetis, la madre de Aquiles, le ha revelado que puede regresar a su patria y disfrutar de una larga vida, o permanecer en Troya y alcanzar una gloria imperecedera a cambio de morir joven (Ilíada 9.410–416). Más adelante, cuando Aquiles decide vengar la muerte de Patroclo, Tetis le advierte que su propia muerte seguirá a la de Héctor. Aquiles conoce las consecuencias y, aun así, decide combatir (Ilíada 18.94–126).
Homero ofrece incluso un ejemplo en el que el engaño no procede de una interpretación equivocada, sino de la propia fuente del mensaje. Zeus envía a Agamenón un sueño que le anuncia que ha llegado el momento de conquistar Troya. El rey cree la revelación, pero el dios la ha enviado deliberadamente para inducirlo a error (Ilíada 2.1–75). El origen divino de un mensaje no garantiza su benevolencia, ni siquiera su veracidad.
El contraste con Penélope resulta especialmente revelador. Ella duda de un sueño que anuncia lo que realmente va a suceder, mientras Agamenón confía en otro que ha sido enviado para engañarlo. ¿Cómo distinguir entonces una revelación verdadera de otra falsa, cuando los propios dioses pueden mentir?
Preguntar a un dios
Sección titulada «Preguntar a un dios»Los signos y los sueños no eran la única manera de acercarse a lo desconocido. También cabía formular una pregunta y dirigirla a un dios. En ese caso, el conocimiento no llegaba de forma inesperada, como un presagio o un sueño, sino que se buscaba de manera deliberada.
Homero conoce Pito, el lugar vinculado a Apolo que más tarde llamaremos Delfos: en la Odisea se recuerda que Agamenón acudió allí a consultar al dios (Odisea 8.79–82). En épocas posteriores, las respuestas del oráculo de Delfos eran pronunciadas por la Pitia, una sacerdotisa de Apolo que transmitía las revelaciones del dios a quienes acudían a consultarlo. Sin embargo, Homero no menciona a esta sacerdotisa ni explica cómo se desarrollaba la consulta. No podemos, por tanto, dar por supuesto que el oráculo funcionara entonces exactamente como lo conocemos por testimonios posteriores.
Dodona era un santuario dedicado a Zeus, cuya voluntad se buscaba conocer a través de una encina sagrada. Homero lo menciona en dos ocasiones muy diferentes. En la Ilíada, Aquiles invoca a Zeus de Dodona cuando pide protección para Patroclo (Ilíada 16.233–235). En la Odisea, el santuario aparece dentro de una historia inventada por el propio Odiseo. El héroe ya ha regresado a Ítaca, pero oculta su identidad y se hace pasar por un extranjero ante Eumeo, su porquerizo. Para darle noticias de su señor, le cuenta que ha oído que Odiseo se encuentra en Dodona, consultando a Zeus si debe regresar a Ítaca abiertamente o en secreto (Odisea 14.327–330).
La visita nunca ha ocurrido. Sin embargo, el detalle es significativo: Odiseo recurre a un santuario conocido para construir una historia que resulte verosímil. La mentira no demuestra que el héroe haya consultado aquel oráculo, pero sí que Homero podía presentar una consulta a Zeus en Dodona como algo perfectamente imaginable.
Mucho después del mundo evocado por Homero, algunas preguntas dirigidas a Zeus en Dodona quedaron escritas en pequeñas láminas de plomo. Preguntaban por hijos, cosechas, seguridad o decisiones prácticas de la vida cotidiana. Esos documentos no describen los procedimientos homéricos ni deben proyectarse sin más sobre ellos, pero ayudan a comprender por qué la consulta a un dios podía formar parte de decisiones muy concretas, allí donde el conocimiento ordinario no bastaba para disipar la incertidumbre.
Una verdad que nadie quiere escuchar
Sección titulada «Una verdad que nadie quiere escuchar»Saber lo que va a ocurrir puede servir de poco si quienes reciben la advertencia no están dispuestos a creerla o actuar conforme a ella. Merops de Percote, célebre por sus conocimientos adivinatorios, intenta impedir que sus hijos Adrasto y Anfio participen en la guerra de Troya. Ellos desobedecen y, tiempo después, mueren a manos de Diomedes (Ilíada 2.831–834; 11.328–334). Homero no reproduce las palabras de Merops ni explica cómo se había enterado del peligro. Le basta con mostrar la impotencia de un padre cuyo saber no consigue modificar la decisión de sus hijos.
Algo semejante ocurre en Ítaca. Durante la asamblea convocada por Telémaco, dos águilas enviadas por Zeus sobrevuelan a los reunidos y se hieren mutuamente con sus garras. Haliterses, anciano experto en interpretar el vuelo de las aves, anuncia el próximo regreso de Odiseo y la perdición de los pretendientes. Eurímaco desacredita su interpretación y estos continúan ocupando el palacio (Odisea 2.146–176). La predicción no fracasa por ser errónea: fracasa porque sus destinatarios no quieren creerla.
Haliterses reaparece al final del poema, cuando los familiares de los pretendientes muertos se reúnen para decidir si deben vengarse de Odiseo. Les recuerda que ya había advertido de lo que iba a suceder y les aconseja que no emprendan una nueva lucha. Esta vez, más de la mitad de los presentes se apartan, pero los demás siguen a Eupites, padre del pretendiente Antínoo, muerto a manos de Odiseo, y toman las armas (Odisea 24.451–470).
La primera advertencia de Haliterses no consiguió detener a los pretendientes. La segunda logra, al menos, que algunos de sus familiares renuncien a la venganza. Esta vez, quienes lo escuchan conocen las consecuencias de haber desoído sus advertencias anteriores. Y, sin embargo, tampoco todos reaccionan de la misma manera: unos deciden apartarse y otros prefieren combatir.
La visión de Teoclímeno, con la que comenzábamos, lleva esa separación entre el conocimiento y la respuesta de los demás hasta el extremo. El adivino anuncia la muerte a quienes están a punto de sufrirla, pero ellos se ríen de él. Teoclímeno, en cambio, actúa conforme a lo que ha visto y abandona el salón. Su advertencia no consigue salvar a los pretendientes, pero le permite apartarse de la catástrofe.
Homero introduce también una ironía más amarga: poseer conocimientos adivinatorios no protege necesariamente de la desgracia. Énomo, intérprete del vuelo de las aves entre los misios, muere a manos de Aquiles (Ilíada 2.858–861). Eurídamas interpreta sueños, pero sus hijos Abas y Políido mueren en la guerra a manos de Diomedes (Ilíada 5.148–151). Homero no dice que aquellos hombres hubieran previsto sus desgracias. Lo que muestra es algo distinto: el conocimiento especializado no concede inmunidad frente a la muerte ni al sufrimiento.
El contraste con Calcante, al comienzo de la Ilíada, resulta revelador. Su interpretación permite descubrir la causa de la peste, pero solo después de obtener la protección de Aquiles puede comunicarla sin temor a Agamenón. Y únicamente cuando los aqueos aceptan la explicación y actúan en consecuencia consiguen poner fin al castigo. El conocimiento resulta útil cuando encuentra a alguien dispuesto y capaz de actuar conforme a él.
El tiempo en las profecías
Sección titulada «El tiempo en las profecías»Llamamos pasado a lo que ya ocurrió y futuro a lo que está por venir. El presente sería la frontera entre ambos. Sin embargo, estas denominaciones dependen del momento que tomamos como referencia. Un acontecimiento que hoy pertenece al pasado fue futuro para quienes vivieron antes de que sucediera. Su posición respecto de otros acontecimientos no ha cambiado; lo que ha cambiado es la perspectiva temporal desde la que lo contemplamos.
Pensemos en los pretendientes de Penélope. Cuando Teoclímeno les anuncia su muerte, todavía están vivos y se burlan de él. Poco después, Odiseo los mata. En el último canto del poema encontramos sus almas en el Hades, donde uno de ellos, Anfimedonte, explica a Agamenón cómo sucedió todo. Para Teoclímeno, aquella muerte era todavía un acontecimiento futuro; para Anfimedonte, ya pertenece al pasado. Los hechos son los mismos, pero cada uno los contempla desde un momento diferente.
Aquí aparece lo extraordinario de la adivinación: Teoclímeno parece conocer de antemano algo que Anfimedonte solo podrá contar después de que haya sucedido. Es como si el adivino pudiera mirar hacia atrás desde un momento al que todavía no ha llegado. Pero que un acontecimiento pueda ser futuro o pasado, según cuándo lo contemplemos, no explica cómo sería posible conocerlo antes de que ocurriera.
¿Qué sucede cuando lo anunciado depende de una decisión que todavía no se ha tomado? ¿Conoce el adivino lo que ocurrirá o lo que podría ocurrir bajo determinadas condiciones?
Los futuros que todavía permiten elegir
Sección titulada «Los futuros que todavía permiten elegir»No todas las predicciones anuncian una sola conclusión inevitable. Poliido conoce dos destinos posibles para su hijo Eucénor: si se queda en casa morirá de enfermedad; si va a Troya, caerá en combate. Eucénor conoce ambas posibilidades y elige partir: prefiere evitar la multa por no acudir a la guerra y los sufrimientos de una enfermedad mortal. En Troya lo mata Paris (Ilíada 13.663–672). La revelación no le permite escapar de la muerte, pero sí elegir entre dos maneras de morir. Es una forma de libertad limitada y, por eso mismo, trágica.
Tiresias ofrece a Odiseo una profecía en la que el futuro depende, al menos en parte, de la conducta humana. Si él y sus compañeros respetan los rebaños de Helios, aún hay un camino de regreso; si los dañan, perderán la nave y a sus hombres (Odisea 11.104–115). La advertencia no queda en el Hades. Circe la repite y concreta (12.127–141), y Odiseo la transmite a la tripulación (12.260–276). Cuando llegan a la isla de Trinacia, Odiseo hace jurar a sus compañeros que no sacrificarán ningún animal de los rebaños. Todos lo prometen. Pero los vientos los retienen allí, las provisiones se agotan y, acosados por el hambre, los marineros terminan quebrantando su juramento. Sacrifican el ganado y sobreviene la catástrofe (12.297–419).
En esta cadena todos disponen, de un modo u otro, de la información necesaria. Pero la necesidad, el miedo y las decisiones concretas intervienen entre el conocimiento y el desenlace. Lo anunciado es condicionado; los hombres saben qué no deben hacer, lo han prometido y, aun así, encuentran razones para justificar su desobediencia. Por eso el desastre no demuestra que la advertencia fuese inútil: revela lo difícil que puede ser obedecerla.
La relación entre conocimiento y responsabilidad aparece de nuevo cuando Zeus recuerda el destino de Egisto. Hermes le había advertido que no matara a Agamenón ni se uniera a Clitemnestra, pues Orestes tomaría venganza. Egisto sabía las consecuencias y sin embargo actuó contra la advertencia (Odisea 1.32–43). Zeus utiliza el caso precisamente para mostrar que los mortales pueden agravar sus desgracias por sus propias decisiones. La profecía no sustituye a la voluntad humana: hace más visible lo que esta elige.
También hay advertencias que no ofrecen manera de evitar por completo el daño. Circe explica a Odiseo los peligros de las Sirenas, Escila y Caribdis. Ante las Sirenas, el héroe comunica a sus compañeros las instrucciones recibidas y afirma que no sería justo que solo unos pocos conocieran las advertencias de la diosa. Gracias a las precauciones que adoptan, consiguen atravesar aquel peligro sin sufrir pérdidas (Odisea 12.153–200). Pero el paso entre Escila y Caribdis plantea una situación muy diferente. Circe le ha advertido que es preferible perder seis hombres a que perezca toda la tripulación. Odiseo decide entonces no revelarles lo que les espera: teme que, paralizados por el miedo, abandonen los remos y pongan en peligro la nave entera (Odisea 12.101–126; 12.223–259).
¿Conviene decir siempre todo lo que se sabe? El mismo hombre que había defendido que sus compañeros conocieran las advertencias decide ahora ocultarles una de ellas. Sin embargo, Odiseo tampoco parece resignarse a aquel sacrificio. Olvidando la advertencia de Circe, que le había aconsejado no armarse ni intentar combatir a Escila porque cualquier resistencia sería inútil, Odiseo se pone la armadura, toma dos lanzas y se sitúa en la proa para tratar de descubrir dónde se oculta el monstruo.
Sus esfuerzos resultan inútiles y seis hombres mueren. Su silencio quizá haya contribuido a salvar a los demás, pero también ha privado a aquellos hombres de conocer el peligro que corrían. El episodio no resuelve si Odiseo hizo bien en callar. Plantea una cuestión más inquietante: quien conoce una desgracia antes que los demás puede decidir no solo cómo enfrentarse a ella, sino también cuánto deben saber quienes van a sufrirla. En otras palabras: cuánta verdad uno es capaz de decir, y cuánta verdad es capaz de soportar.
Lo que sabemos cambia según quién lo recibe
Sección titulada «Lo que sabemos cambia según quién lo recibe»Telemo había anunciado a Polifemo que un hombre llamado Odiseo le quitaría la vista. La profecía se cumple, pero el cíclope reconoce después que había imaginado a un adversario enorme y poderoso, no a aquel extranjero que lo derrotó mediante el vino y la astucia (Odisea 9.507–516). La información era correcta; la figura que el destinatario había construido a partir de ella, no. Recibir una profecía no significa comprender cómo llegará a cumplirse.
Otro matiz aparece en la propia narración de Odiseo. Conocemos la profecía de Tiresias a través del relato que el héroe hace a los feacios. No es el narrador del poema quien nos cuenta directamente el encuentro, sino Odiseo quien recuerda y reproduce las palabras del adivino. Alcínoo elogia su manera de narrar, comparable a la de un aedo (Odisea 11.363–369). Esto no significa que debamos desconfiar de su relato, pero nos recuerda que incluso las revelaciones proféticas pueden llegar hasta nosotros a través de alguien que las ha escuchado y después las cuenta.
Después de veinte años de ausencia, Odiseo se ha reunido por fin con Penélope. Sin embargo, le anuncia que su regreso no pone fin a sus viajes. Tiresias, el adivino al que había consultado en el mundo de los muertos, le ha revelado que todavía deberá abandonar Ítaca para aplacar a Poseidón. Penélope le pide que le explique lo que le espera: si de todos modos tendrá que saberlo algún día, prefiere conocerlo ahora (Odisea 23.248–287).
El contraste con el episodio de Escila es revelador. Odiseo había ocultado a sus compañeros una advertencia terrible porque temía que conocer el peligro les impidiera actuar. Con Penélope sucede algo diferente: ella quiere saber qué les reserva el futuro, aunque la noticia implique una nueva separación, y Odiseo se lo cuenta. Esta vez no es él quien decide cuánto debe conocer la otra persona.
La Odisea reparte constantemente la información entre personajes que no comparten las mismas certezas. Los pretendientes oyen las advertencias convencidos de que nada amenaza su dominio de la casa; Polifemo había imaginado que el hombre destinado a cegarlo sería un adversario enorme y poderoso, no el extranjero que lo derrota mediante el vino y la astucia; los compañeros de Odiseo deben decidir acosados por el hambre y el miedo; Penélope ha pasado años entre noticias dudosas y falsas esperanzas. Nadie recibe una revelación desde una posición neutral. Siempre llega a una persona que ya teme algo, espera algo o desea que el mundo sea de cierta manera.
Puede sorprendernos la confianza que los antiguos griegos depositaban en los adivinos, los sueños y los presagios. Sin embargo, hoy seguimos necesitando anticipar lo que todavía no ha sucedido. ¿Cuántas predicciones recibimos cada día? La meteorología anuncia el tiempo que hará, los médicos anticipan la evolución de las enfermedades, los economistas pronostican el comportamiento de los mercados y los gobiernos intentan prever las consecuencias de sus decisiones. Nuestra vida cotidiana depende, en buena medida, de esa capacidad de anticipación. Luego, la vida va por donde va, o por donde puede.
Naturalmente, una predicción científica no es una revelación divina. Han cambiado los métodos, las explicaciones y las razones para confiar en ellas, aunque esa confianza siga teniendo límites. Pero la necesidad humana que las impulsa sigue siendo reconocible: queremos saber qué nos espera para decidir qué debemos hacer. Una advertencia puede resultar útil precisamente porque nos permite evitar aquello que anuncia. O tal vez no. Podemos ignorarla, interpretarla mal o descubrir que estaba equivocada. También podemos ser engañados. ¿No nos resultan familiares estas posibilidades de acierto, error y engaño que encontramos una y otra vez en Homero?
¿Sirve, entonces, de algo conocer el futuro? En Homero, la adivinación puede proporcionar conocimientos que permiten actuar, como ocurre con la peste aquea o con el viaje de Príamo. A veces anuncia alternativas entre las que todavía es posible elegir, como sucede con Eucénor; a veces advierte de una desgracia que sus destinatarios se niegan a creer, como ocurre con Haliterses; y a veces no ofrece ninguna salida libre de sufrimiento, como sucede ante Escila. Incluso puede haber revelaciones engañosas, cuando un dios busca deliberadamente inducir a error a quien recibe su mensaje.
La adivinación no convierte a los personajes en marionetas. Al contrario, con frecuencia ilumina el espacio que existe entre conocer algo y decidir qué hacer. Una profecía puede ser verdadera, pero su utilidad depende de quién la recibe, de cuánto entiende, del margen de acción que conserva y del precio que esté dispuesto a pagar por hacerle caso.
Teoclímeno comprende lo que los pretendientes se niegan a creer. Ve que la muerte está cerca y se marcha. Ellos, convencidos de que nada amenaza su poder, se quedan riendo. En esa sencilla decisión de marcharse, Homero nos deja una respuesta que ninguna enumeración de augurios podría expresar mejor: conocer el futuro no significa necesariamente poder cambiarlo, pero puede cambiar lo que hacemos antes de que suceda.
Fuentes y criterio de lectura
Sección titulada «Fuentes y criterio de lectura»Textos antiguos. Las fuentes principales de este artículo son la Ilíada y la Odisea de Homero. Los pasajes examinados se identifican mediante las referencias a sus cantos y versos. Los episodios se interpretan dentro de la narración homérica, sin completarlos con acontecimientos o explicaciones procedentes del ciclo épico, la tragedia o las tradiciones mitográficas posteriores.
Marco histórico. Conviene distinguir el mundo de los héroes homéricos de las épocas en que se formaron los poemas y de aquellas en las que conocemos mejor las prácticas adivinatorias griegas. La documentación micénica, así como los testimonios de las épocas arcaica y clásica, permiten establecer comparaciones y ofrecer contexto, pero no demostrar que las mismas instituciones o procedimientos existieran ya en la Edad del Bronce.
Bibliografía para ampliar.
Flower, Michael A. The Seer in Ancient Greece. University of California Press, 2008.
Johnston, Sarah Iles. Ancient Greek Divination. Wiley-Blackwell, 2008.
Beerden, Kim. Worlds Full of Signs: Ancient Greek Divination in Context. Brill, 2013.
Dodds, E. R. The Greeks and the Irrational. University of California Press, 1951.
Estas obras ofrecen perspectivas históricas y religiosas para ampliar el estudio de la adivinación griega. Las interpretaciones literarias desarrolladas en el artículo se apoyan principalmente en los propios poemas homéricos.
