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Esqueria, Nausícaa y los feacios

Odiseo llega a la tierra de los feacios después de la tormenta que ha destruido la embarcación construida en Ogigia. Exhausto, alcanza la desembocadura de un río, se cubre con hojas y duerme. No sabe dónde está ni quién vive allí. La primera persona humana que encuentra al despertar será Nausícaa: no ha dejado atrás el peligro por completo, pero ha encontrado la primera puerta hacia una sociedad humana desde su largo aislamiento con Calipso.

Esqueria es el umbral en el que un náufrago sin nombre vuelve a ser Odiseo: recibe ayuda, audiencia, prestigio, regalos y el transporte que lo deposita en Ítaca.

Σχερίη (Skheríē, «Esqueria») es en Homero la tierra de los feacios. El poema deja ver una costa, un río, puertos, murallas, una plaza, un santuario y un palacio; no proporciona coordenadas que permitan situarla con seguridad. Tampoco conviene llamarla desde el comienzo «isla» como si el texto empleara inequívocamente ese término: su situación marítima y apartada puede sugerirlo, pero Homero presenta ante todo una tierra y una ciudad remotas.

Los feacios viven apartados y próximos a los dioses. No son semidioses: tienen familias, rey, asamblea, campos, artes, juegos, servidores y huéspedes. Su riqueza y sus barcos les dan un carácter extraordinario. Llamarlos un pueblo «liminar» es una lectura moderna: ocupan el borde entre las errancias maravillosas y el regreso a Ítaca.

Antes de Esqueria habían vivido en Hiperia, cerca de los cíclopes, que los hostigaban. Nausítoo los trasladó, fundó ciudad, levantó murallas, repartió casas, templos y tierras. La comparación con Polifemo puede ser breve pero esclarecedora: frente a la dispersión ciclópea, la falta de navegación organizada y el rechazo del extranjero, los feacios ofrecen cooperación urbana, navegación y acogida. No son una sociedad perfecta; son una comunidad que hace posible el paso del extranjero hacia su casa.

Nausícaa es hija de Alcínoo y Arete, joven doncella de la casa real feacia. «Princesa» puede servir una vez como abreviatura divulgativa, pero no dice más que el poema: Homero no da su edad y no la convierte en un título político autónomo. El matrimonio está cerca —tiene pretendientes entre los feacios— y ese horizonte organiza el episodio sin reducirlo a una búsqueda de marido.

Atenea entra en su habitación con la apariencia de una amiga, hija de Dimas y de edad parecida. Le reprocha que deje la ropa sin lavar: pronto necesitará prendas bellas para sí misma y para quienes la acompañen cuando se case. Nausícaa pide a su padre carro y mulas, y parte con sus sirvientas. El viaje tiene una motivación doméstica precisa y una relación con el matrimonio; no es una excursión casual ni una operación para encontrar esposo.

El episodio conserva una materialidad poco heroica y muy importante: carro, mulas, ropa, comida, vino, aceite, río y lavaderos. Las jóvenes lavan, tienden las prendas, se bañan, se ungen y comen. Cuando la ropa se ha secado juegan a la pelota. La pelota falla el pase y cae en un remolino; las muchachas gritan, y Odiseo despierta.

El lector reconoce al héroe. Ellas ven a un hombre desconocido, desnudo, cubierto apenas con una rama y salido de la vegetación; el poema lo compara con un león que baja hambriento hacia hombres y rebaños. Las sirvientas huyen hacia la orilla. Nausícaa no: Atenea le da firmeza y le quita el miedo. La joven decide permanecer y escuchar, pero el poema no oculta que esa capacidad depende también de la intervención divina.

Odiseo considera abrazar sus rodillas como suplicante, gesto que usaría después en el palacio. Teme, sin embargo, asustarla u ofenderla, y escoge hablar desde cierta distancia. Es inteligencia social antes que hazaña física: sabe que una súplica correcta ante una autoridad adulta podría ser amenazadora para una joven a solas con sus sirvientas.

Su discurso combina súplica, cortesía, estrategia y admiración. La compara con Artemisa, recuerda una palmera junto al altar de Apolo en Delos, pide ropa e indicaciones y le desea matrimonio y felicidad. Nausícaa responde que Zeus reparte bienes y desgracias, que no se debe despreciar al extranjero y que habrá ayuda para él.

Después de que Odiseo se lave por sí mismo —las sirvientas le dejan aceite, ropa y comida, pero no lo bañan— Atenea mejora temporalmente su aspecto: lo hace más alto y robusto y deja caer sobre su cabeza el cabello comparable a jacintos. Nausícaa lo contempla de otro modo y formula un deseo condicional: le agradaría un marido semejante si él quisiera quedarse. El texto permite hablar de admiración y de una posibilidad matrimonial imaginada; no de un enamoramiento inequívoco.

La prudencia reaparece de inmediato. Nausícaa pide a Odiseo que no entre junto a ella en la ciudad, porque otros podrían pensar que ha escogido marido por su cuenta. La escena muestra reputación matrimonial y vigilancia social en esa corte concreta; no autoriza una generalización automática sobre todas las mujeres griegas.

Odiseo, Atenea, Nausícaa y una sirvienta junto al río en un ánfora ática de figuras rojas.
Odiseo y Nausícaa junto al río. Ánfora de cuello ática de figuras rojas con asas retorcidas, atribuida al Pintor de Nausícaa, ca. 450–440 a. C.; hallada en Vulci. Odiseo, asistido por Atenea, se encuentra con Nausícaa y sus sirvientas que lavan ropa junto al río. Es una recepción visual posterior del Libro 6 de la Odisea, no una reproducción literal del poema. Staatliche Antikensammlungen, Múnich, inv. 2322. Foto: ArchaiOptix / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

La diferencia entre vaso y poema no es un error del pintor. La imagen selecciona un gesto y vuelve legible el desconcierto del encuentro mediante la retirada de la joven. Para el método de lectura de estas diferencias, véase ¿Qué nos cuentan los vasos griegos?.

Nausícaa indica a Odiseo el puerto, las naves, la plaza y el palacio; le aconseja esperar cerca del santuario de Atenea antes de seguir solo. Ya en la ciudad, Atenea lo cubre con niebla y adopta el aspecto de una niña portadora de cántaro. Lo guía hasta la casa de Alcínoo y le explica por qué debe buscar primero a Arete.

Arete es esposa de Alcínoo y pariente suya: hija de Rexénor, hermano de Alcínoo; ambos descienden de Nausítoo. Atenea dice que Alcínoo, sus hijos y el pueblo la estiman excepcionalmente y que puede ayudar a resolver disputas entre hombres. Ganarse su favor ofrece a Odiseo la mejor posibilidad de volver. No es gobernante única, pero su autoridad doméstica y pública está formulada con claridad poco común.

Alcínoo tampoco queda relegado. Recibe al huésped, convoca a los jefes, ordena banquetes y juegos, reúne regalos y dispone la nave. Cuando Odiseo atraviesa la sala cubierto de niebla, sí abraza las rodillas de Arete y pide un regreso rápido. Los presentes guardan silencio; el anciano Equeneo observa que no es decoroso dejar a un huésped sentado en las cenizas y provoca la respuesta de Alcínoo.

Aquí puede introducirse la xenía. Los feacios alimentan, protegen, escuchan, dan bienes y proporcionan viaje. Esa hospitalidad no elimina su extrañeza ni la reserva inicial ante los extranjeros; explica la transformación de un hombre desconocido en huésped reconocido.

El palacio y el jardín hacen visible una abundancia extraordinaria sin exigir la etiqueta de «utopía»: bronce, oro, plata, perros metálicos, sirvientas y telares; fuera, árboles con fruto todo el año, viñas, huertos y fuentes. Esqueria ofrece al náufrago lo contrario de la precariedad del mar: alimento, forma social y recursos para partir.

La corte feacia es también una audiencia de poesía. Demódoco es un aedo favorecido por la Musa, que le concede canto dulce y le ha quitado la vista. No debe leerse como un retrato de Homero, sino como una figura interna del poeta y de la escucha; para ese marco, véase Aedos y rapsodas.

Sus tres cantos bastan para ordenar el episodio: la querella entre Odiseo y Aquiles; los amores de Ares y Afrodita; y el caballo de Troya. El segundo acompaña danza y entretenimiento cortesano. Los otros dos tocan directamente la experiencia de Odiseo. En el primer canto llora, se cubre con el manto e intenta ocultarlo; Alcínoo lo advierte. Cuando, a petición del propio Odiseo, Demódoco canta el caballo, el llanto vuelve y Alcínoo comprende que la historia afecta personalmente a su huésped.

Como lectura narrativa, la poesía empieza a revelar quién es el extranjero antes de que pronuncie su nombre.

Los juegos recuperan otra parte de esa identidad. Euríalo provoca a Odiseo, insinuando que no sabe competir. El héroe acepta el desafío y arroja un disco mayor y más pesado que los demás; Atenea, bajo figura humana, marca la distancia. No hace falta enumerar todas las pruebas. La función es clara: tras aparecer como náufrago, Odiseo vuelve a mostrar públicamente competencia y prestigio heroicos.

Tras el canto del caballo, Alcínoo pide al huésped que diga su nombre, su patria y las tierras recorridas. Odiseo responde con filiación, fama e Ítaca: vuelve a ser el hombre que antes se había llamado Οὖτις (Oûtis, «Nadie») ante Polifemo. La conexión no necesita imponerse como simetría rígida, pero el contraste es significativo: donde el engaño había exigido ocultar el nombre, la hospitalidad feacia permite recuperarlo.

Los libros IX–XII son entonces el relato que Odiseo dirige a los feacios. Allí cuenta Cícones, lotófagos, Polifemo, Eolo, lestrigones, Circe, los muertos, Sirenas, Escila y Caribdis y Trinacia. Esta página no repite esas aventuras: explica por qué las conocemos después de haber empezado la Odisea en otro punto. Los feacios son la audiencia interna que hace posible ese gran relato retrospectivo. Para su orden y sus voces, véase Cómo cuenta la Odisea y el periplo de Odiseo.

Arete no desaparece tras la súplica. Antes de que Odiseo narre sus aventuras reconoce las ropas que lleva y pregunta de dónde proceden; después, la despedida vuelve a reunir la decisión de Alcínoo, los bienes de los jefes y la presencia de la casa real. La escena no opone una reina que importa y un rey que administra: ambas figuras sostienen dimensiones distintas de la acogida.

Los doce jefes feacios aportan presentes; Alcínoo dispone un cofre y Euríalo ofrece una espada. No hace falta inventariarlos ni afirmar que Odiseo vuelve más rico que de Troya. La hospitalidad le devuelve recursos materiales: no llegará a Ítaca solo y desnudo, sino con bienes recibidos de una comunidad que ha escuchado su historia.

El contraste con Euríalo permite ver que no todos los bienes obtenidos de un viaje tienen el mismo significado social. Cuando lo toma por un hombre dedicado al transporte de mercancías y atento a la ganancia, Odiseo se ofende: la comparación desconoce su condición heroica (Odisea 8.159–164). Poco después acepta los regalos ofrecidos por los feacios conforme a las obligaciones de hospitalidad (Odisea 8.385–433). Como observa M. I. Finley, en el mundo heroico importa cuánto se posee, pero también de dónde procede la riqueza, cómo circula y para qué sirve. El episodio no prueba que el comercio sea sencillamente deshonroso ni que toda ganancia sea tabú; muestra que regalos, premios, botín e intercambio pueden ser materialmente próximos y, sin embargo, tener sentidos sociales distintos.

Las naves feacias son extraordinarias, no una tecnología moderna antes de tiempo. Alcínoo afirma que no necesitan pilotos ni remos de gobierno; conocen ciudades, campos y el destino de los viajeros, cruzan el mar cubiertas de niebla y no temen naufragio. A la vez, llevan tripulación y remos: el poema combina forma material reconocible y capacidad propia de su mundo divino.

La comparación con la skhedíē de Ogigia concentra el cambio. Odiseo ha cruzado solo el mar en una embarcación construida con sus manos; los feacios lo llevan ahora en una nave que conoce el camino. No se calcula la velocidad ni se racionaliza la travesía: la diferencia es narrativa, entre supervivencia precaria y conducción segura.

Nausítoo había transmitido una profecía: Poseidón podía castigar a los feacios por transportar a todos los viajeros, destruir una nave a su regreso y quizá ocultar su ciudad tras una montaña. El poema distingue los dos elementos. La petrificación de la nave ocurre; la montaña alrededor de la ciudad no llega a narrarse como realizada.

Dormido hasta Ítaca y el último castigo de Poseidón

Sección titulada «Dormido hasta Ítaca y el último castigo de Poseidón»

Después del banquete de despedida, Odiseo embarca y cae en un sueño profundísimo, semejante a la muerte. Los feacios reman durante la noche, alcanzan Ítaca, lo bajan con cuidado todavía dormido y dejan junto a él sus regalos. El lugar es el puerto de Forcis, junto a un olivo y una cueva de las ninfas; la geografía interna de Ítaca empieza ahí y corresponde a la etapa siguiente.

Como lectura narrativa, el contraste merece conservarse: después de años en los que cada tramo ha exigido vigilancia, Odiseo atraviesa el último mar dormido. Llega desnudo y sin nombre a Esqueria; sale vestido, reconocido, cargado de regalos y acostado en una nave que sabe adónde va. Los feacios convierten al náufrago en viajero de regreso.

Su historia se cierra con un coste. Cuando la nave vuelve, Poseidón la convierte en piedra. Los feacios reconocen la antigua profecía; Alcínoo propone sacrificios y dejar de conducir a futuros viajeros. El poema no declara que abandonen la navegación para siempre, ni narra que la montaña llegue a envolver la ciudad.

Homero no ofrece coordenadas suficientes para identificar Esqueria con seguridad. En el poema es la tierra remota de los feacios, no Corfú bajo otro nombre verificable. Tucídides conserva una reivindicación corcirense: los habitantes de Corcira se jactaban de haber sido feacios y de su fama naval. Plinio formula después la asociación de Corcira con Esqueria y Feacia. Ambas fuentes muestran una recepción antigua influyente; ninguna convierte Corfú en una coordenada demostrable del relato homérico.

Esqueria se entiende mejor como frontera narrativa que como punto fijado en un mapa. Allí las aventuras pasan a ser contadas; el extranjero recupera nombre y prestigio, y recibe bienes, audiencia y transporte. Cuando abre los ojos, ya está en Ítaca.

Salvo indicación expresa, las traducciones de textos antiguos son del autor.

Versión editorial 2.9 · 3 de noviembre de 2026