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¿Quién trabajaba en el mundo de Odiseo?

Cuando comienza la Odisea, el palacio de Odiseo parece todavía rico. Los pretendientes comen su carne, beben su vino y consumen sus reservas como si la casa no tuviera dueño. La ofensa es visible porque el poema la muestra una y otra vez en la mesa: animales sacrificados, pan repartido, cráteras de vino, música, asientos ocupados. La riqueza heroica se deja ver bien. Mucho menos visible es el trabajo que la hace posible.

Conviene detenerse ahí antes de hablar de libertad, esclavitud o jerarquía. Para que aquella mesa exista, alguien ha tenido que criar animales, guardar rebaños, llevarlos hasta la ciudad, moler el cereal, traer agua, preparar la comida, repartir las porciones, lavar los utensilios y mantener la casa. El banquete no es solamente un momento de consumo aristocrático: al fondo de cada comida hay una cadena de labores cuya mayor parte el poema no narra como una hazaña.

La propia casa de Odiseo deja entrever esa cadena. Al comienzo del poema, servidoras lavan las manos de los comensales, acercan pan y disponen la bebida; jóvenes y heraldos cumplen otras tareas de la mesa (Odisea 1.136–148). En el libro 20 aparecen doce mujeres que muelen el grano. Una de ellas, agotada, desea que aquella sea la última comida de los pretendientes: han molido sin descanso para quienes devoran los bienes de la casa (Odisea 20.105–121). El detalle vale por sí mismo. La harina no llega sola a la mesa; una mujer anónima, de la que no conocemos nombre ni historia, siente en el cuerpo el peso de esa abundancia ajena.

Es fácil leer el palacio solo desde el punto de vista de quienes mandan o comen. La narración invita a hacerlo: Telémaco, Penélope, Odiseo y los pretendientes ocupan el centro. Pero la pregunta que abre esta página es otra: ¿quién hacía funcionar materialmente el mundo de Odiseo? No buscamos una respuesta única ni un censo imposible. Buscamos mirar de nuevo lo que los poemas sí muestran: personas que cuidan, fabrican, transportan, sirven, cantan, curan, administran y trabajan la tierra, y relaciones de muy distinta clase entre esas personas y la casa a la que sirven.

El primer resultado es sencillo, aunque importante. El mundo heroico no se sostiene únicamente en quienes combaten, deciden o reciben honores. También depende de un trabajo cotidiano que la épica suele dejar al margen de la acción principal. Esa discreción narrativa no lo vuelve inexistente. Al contrario: explica por qué la ocupación del palacio de Odiseo es más que una falta de cortesía. Los pretendientes no consumen solo unos bienes almacenados; gastan la capacidad material de una casa para alimentar, vestir y proteger a quienes viven en ella.

Muchacho esclavo transportando un lecho y una mesa para preparar un simposio en una pélice ática de figuras rojas.
Muchacho esclavo transportando un lecho y una mesa para preparar un simposio. Pélice ática de figuras rojas, hallada en Gela (Sicilia), siglo V a. C.; Ashmolean Museum, Oxford, inv. AN 1972.268. La pieza es posterior a Homero y no ilustra una escena de la Odisea, pero muestra de forma muy concreta el trabajo que hacía posible el banquete de quienes ocupaban los lechos y recibían el servicio. Foto: Zde / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

La casa de Odiseo no empieza en el salón. Empieza también en los campos, los huertos, los cercados y los rebaños que abastecen a Ítaca. Allí encontramos al personaje más importante para entender este lado del poema: Eumeo, el porquerizo.

Cuando Odiseo llega a su cabaña disfrazado de mendigo, Eumeo no aparece como una figura decorativa. Tiene una porqueriza cuidadosamente construida, con recintos, cercas y animales; prepara una comida para el desconocido, organiza el trabajo y habla de los cerdos de su señor (Odisea 14.24–28, 59–67, 100–104). La explotación no es una escena vaga de vida rural. Eumeo cuida recursos concretos de la casa de Odiseo y, mientras el dueño está ausente, contribuye de manera decisiva a que la hacienda no desaparezca por completo.

Su biografía hace imposible reducirlo a una etiqueta cómoda. Eumeo cuenta que nació en Siria, en una casa real, y que de niño fue raptado por navegantes fenicios y vendido después a Laertes (Odisea 15.390–492). El relato tiene forma autobiográfica: lo cuenta un personaje y no un registro administrativo. Aun así, el poema no deja duda sobre dos hechos decisivos de su historia: el rapto y la venta. Su presencia en la casa de Odiseo no procede de un contrato de trabajo que podamos leer ni de una simple amistad entre familias.

Eumeo es un esclavo, pero su situación dentro de la casa de Odiseo resulta más compleja de lo que esa palabra podría hacer pensar por sí sola. Administra la piara, cuenta con ayudantes y toma decisiones ordinarias sobre comida, animales y hospitalidad. Recibe a Odiseo sin saber quién es; después recibe y protege a Telémaco. El poema le atribuye también cierta capacidad para disponer de recursos propios: durante la ausencia de Odiseo, Eumeo compró por su cuenta a Mesaulio, un servidor que después aparece atendiendo la comida en la porqueriza, y lo hizo con bienes que había reunido él mismo (Odisea 14.448–455). Más tarde, Odiseo le promete una casa, una parcela y una esposa si logra recuperar su posición (Odisea 14.526–527).

La compra de Mesaulio prueba que podía disponer de recursos en aquel caso; no aclara de dónde procedían ni qué límites tenían. La promesa de Odiseo muestra reconocimiento y recompensa posible; no demuestra que Eumeo poseyera ya aquello que se le promete.

Ese es precisamente el interés de Eumeo. No es un campesino independiente que solo ayuda por afecto a un rey ausente, ni una figura sin voluntad reducida a ejecutar órdenes. La casa de Odiseo controla los rebaños y el producto de su trabajo; Eumeo conoce el terreno, dirige tareas y administra recursos cotidianos. Su caso reúne dependencia, confianza, responsabilidad y capacidad de decisión práctica.

Otros personajes rurales amplían el cuadro sin repetirlo. Filetio, el boyero, lleva reses al palacio y permanece leal a la casa de Odiseo (Odisea 20.185–239; 21.188–244). El poema no relata que fuera comprado ni precisa su condición jurídica. Melantio guarda cabras de Odiseo, pero se pone del lado de los pretendientes (Odisea 17.212–253; 20.169–183). Dolio trabaja en torno al huerto de Laertes y aparece vinculado a la familia en el desenlace (Odisea 24.205–234, 383–390). Cuidar ganado tampoco define una posición por sí solo: Polifemo cuida sus propios rebaños, los ordeña y transforma la leche (Odisea 9.244–249). Importa quién controla los recursos y qué vínculos atan a cada persona a una casa.

Dentro de la casa: trabajos y jerarquías entre mujeres

Sección titulada «Dentro de la casa: trabajos y jerarquías entre mujeres»

Dentro del palacio la situación es todavía más compleja. Mucho del trabajo visible es femenino: moler, hilar, tejer, llevar agua, preparar lechos, servir, limpiar, cuidar de las habitaciones y transmitir mensajes. Pero «las mujeres» no forman una sola categoría social. El poema pone juntas a reinas, nodrizas, servidoras y muchachas de compañía, aunque no las trate de la misma manera ni les dé la misma capacidad de decisión.

Mujer que vierte agua desde una oinochoe mientras un hombre sostiene una pátera ante un altar encendido, en una pélice ática.
Libación ante un altar. Pélice ática de figuras rojas atribuida al Pintor de Argos, ca. 480–470 a. C.; Museo del Louvre, París, inv. MN 1172. © 1999 GrandPalaisRmn (musée du Louvre) / Hervé Lewandowski. Ficha del Louvre.
Mujer y joven guerrero, ambos con una fíala, durante una libación ante la partida del guerrero, en una pélice ática.
Libación en la partida de un joven guerrero. Pélice ática de figuras rojas atribuida al Pintor de Altamura, ca. 470 a. C.; The Metropolitan Museum of Art, Nueva York, inv. 56.171.44. The Met, dominio público.

Las dos escenas pertenecen a la Atenas de comienzos del siglo V a. C., no al tiempo en que se sitúan los poemas. Sirven aquí para recordar que llevar agua y preparar los objetos del rito podían ser trabajos femeninos inscritos en acciones públicas y domésticas compartidas, no gestos aislados del espacio privado.

Una mujer acompaña a un comensal reclinado durante un simposio, en el medallón de una copa ática de figuras rojas.
Una mujer acompaña a un comensal durante un simposio. Kýlix ática de figuras rojas atribuida a Macrón, hacia 490–480 a. C. Museum of Fine Arts, Boston, inv. 01.8022. Las mujeres que participaban en este tipo de banquetes podían hacerlo como músicas, acompañantes o hetairai. La escena pertenece a la Atenas de comienzos del siglo V a. C. y no debe proyectarse directamente sobre el mundo homérico; aquí sirve para recordar que el ocio aristocrático también dependía de trabajos y servicios que la épica apenas muestra. Foto: Mark Landon / Wikimedia Commons, CC BY 4.0.
Interior de una kýlix ática de figuras rojas: una mujer vierte agua ante un lavadero. Exterior de la misma kýlix: jóvenes atletas participan en ejercicios y juegos.
Una mujer ante el lavadero y jóvenes atletas. Interior y exterior de una kýlix ática de figuras rojas atribuida a Douris, hacia 500 a. C. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York, inv. 1986.322.1. En el interior, una joven vierte agua ante una pila; una ánfora para transportarla queda a sus pies. En el exterior aparecen los jóvenes que, según la ficha del museo, participarán después en el simposio para el que se empleaba la copa. La relación no identifica a la mujer como sirvienta ni permite trasladar la escena al mundo homérico, pero hace visible la distancia social entre una labor cotidiana femenina y el ocio masculino que el objeto articula. The Met, dominio público.

Euriclea concentra esa complejidad. Laertes la compró cuando era joven por el valor de veinte bueyes, pero el poema añade que la honraba en la casa como a su propia esposa y que nunca compartió su lecho con ella, para evitar la cólera de su mujer (Odisea 1.430–433). La compra establece una relación de subordinación; el respeto y la abstención sexual muestran que esa relación podía convivir con límites, afecto y reconocimiento dentro de la casa. Fue nodriza de Odiseo y, en una generación posterior, se ocupó de la crianza de Telémaco: el poema no presenta ambas relaciones como idénticas, sino como vínculos de cuidado con dos miembros de la casa. Guarda recuerdos, conoce secretos domésticos y cumple funciones de vigilancia. Cuando lava los pies del extranjero, reconoce la cicatriz de Odiseo antes que nadie; él le impone silencio y ella comprende el peligro de hablar (Odisea 19.317–399). En otro momento identifica a las mujeres desleales y actúa dentro de la organización del espacio doméstico (Odisea 21.381–387; 22.419–473).

Odiseo sentado mientras su nodriza le lava los pies y reconoce su cicatriz; Eumeo observa, en un escifo ático de figuras rojas.
Euriclea reconoce a Odiseo. Cara de un escifo ático de figuras rojas atribuido al Pintor de Penélope, ca. 440 a. C.; Museo Archeologico Nazionale, Chiusi, inv. 1831. La escena representa a la nodriza lavando los pies del extranjero y reconociéndolo por la cicatriz, mientras Eumeo observa. La inscripción del vaso la nombra Antífata: la imagen es una recepción ática posterior del episodio del libro 19, no una ilustración contemporánea del poema. Foto: ArchaiOptix / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Su autoridad es real, pero tiene un alcance preciso. Euriclea puede vigilar a otras mujeres, transmitir una noticia decisiva o conservar información que Penélope ignora en una escena. Eso no la convierte en igual de Penélope ni borra su compra por Laertes. Su caso muestra que una persona esclavizada podía ocupar una posición central dentro del oîkos: conservar su memoria, participar en la crianza de dos generaciones, ejercer autoridad sobre otras servidoras y mantener una relación afectiva profunda con la familia, sin dejar por ello de estar sometida a una relación de dependencia.

La molienda ofrece uno de los contrastes más duros. En una dependencia cercana al palacio trabajan doce dmōai en los molinos, moliendo trigo y cebada. Once ya han terminado su tarea y duermen; una sola sigue trabajando porque, dice el narrador, es la más débil de todas y no ha logrado acabar su parte. Está agotada: el trabajo le ha vencido las rodillas.

La escena ocurre justo después de que Odiseo, todavía oculto, pida a Zeus una señal de que recuperará su casa. Zeus truena en un cielo despejado y, casi al mismo tiempo, la mujer detiene la piedra del molino y formula un deseo: que aquella sea la última comida que tenga que moler para los pretendientes. Odiseo oye sus palabras y las recibe como el segundo signo que había pedido.

No sabemos su nombre, su origen ni qué recibe por su trabajo. Pero durante unos versos la Odisea deja oír directamente la voz de una trabajadora anónima y convierte su cansancio en parte del presagio de la caída de los pretendientes.

Figura de terracota de una mujer que muele trigo en una artesa.
Mujer moliendo trigo. Figura de terracota, ca. 450 a. C.; hallada en Camiro (Rodas). British Museum, Londres, inv. 1856,0902.63. La pieza muestra a una mujer trabajando el cereal en una artesa con piedra de moler. Es posterior a Homero y no identifica a la molinera del libro 20, pero permite ver la postura y el instrumento de una labor cotidiana que el poema deja oír con excepcional intensidad. © The Trustees of the British Museum, compartida bajo licencia CC BY-NC-SA 4.0. Ficha del objeto.

Más adelante, después de la matanza de los pretendientes, Euriclea identifica, entre las cincuenta dmōai del palacio, a doce esclavas que se habían relacionado con los pretendientes y que considera desleales a Penélope y a Odiseo. Odiseo ordena que sean ellas quienes limpien el salón y retiren los cuerpos. Después manda sacarlas para matarlas; Telémaco rechaza que mueran a espada y decide ahorcarlas (Odisea 22.419–473).

La escena está narrada desde la lógica de la restauración del oîkos: el poema las presenta como desleales, pero no nos ofrece la misma profundidad biográfica que concede a Eumeo o Euriclea. La casa puede ser espacio de acogida y afecto, pero también de mando, amenaza y violencia extrema.

Los textiles permiten ver otro cruce de posiciones. Penélope teje y desteje su tela como estrategia para aplazar la decisión sobre su matrimonio. Helena teje en Troya una tela que representa la guerra (Odisea 2.94–110; Ilíada 3.125–128). En el libro 1, Telémaco manda a Penélope volver al telar y ordenar a las mujeres de la casa que continúen su trabajo (Odisea 1.356–358): la escena presupone una jerarquía doméstica en torno a la producción textil. El tejido es una actividad material y una forma de autoridad doméstica, pero no una condición social única.

Algo semejante ocurre con Nausícaa. La princesa va a lavar ropa con sus acompañantes, mientras servidores preparan el carro (Odisea 6.74–99). El episodio no identifica por igual la condición de todas las jóvenes que la rodean; sí basta para advertir que lavar no determina el estatus de quien lava. Hay mujeres de alto rango que tejen, supervisan y deciden; mujeres compradas que guardan la memoria y organizan el interior; mujeres anónimas que muelen y sirven; mujeres obligadas a limpiar bajo amenaza. Sus labores pueden coincidir parcialmente, pero sus posiciones no.

La Odisea individualiza con especial fuerza a quienes rodean la casa de Odiseo. La Ilíada, centrada en la guerra de Troya, ofrece otro tipo de evidencia. Habla de héroes, reyes y combates, pero para hacer comprensible ese mundo recurre una y otra vez a labores que esperaba que su público reconociera.

Hay una paradoja muy hermosa en el Escudo de Aquiles: un arma de guerra contiene una imagen extensa del mundo civilizado que la guerra amenaza. En sus escenas aparecen ciudades, campos, rebaños, cosechas, bodas, juicios, danza y trabajo cotidiano. Entre los trabajadores vemos labradores, segadores, atadores de haces, jóvenes que vendimian, pastores, boyeros, mujeres y muchachas. Hay arado, siega, uvas transportadas en cestas, ganado y una comida preparada al término de la cosecha (Ilíada 18.541–617).

No son trabajadores de la acción troyana, sino figuras representadas sobre el escudo que Hefesto fabrica para Aquiles. Pero precisamente por eso resultan tan significativos: para representar el mundo que merece ser defendido —o que puede ser destruido—, el poema no muestra solo palacios y guerreros, sino también el trabajo cotidiano que alimenta una casa, sostiene una comunidad y da continuidad a una familia o a un reino.

Cuatro hombres recogen aceitunas entre tres olivos en una ánfora ática de figuras negras.
Recogida de aceitunas. Cara B de un ánfora ática de figuras negras atribuida al Pintor de Antímenes, ca. 520 a. C. British Museum, Londres, inv. 1837,0609.42. Un joven varéa el olivo desde las ramas; dos hombres golpean los árboles con varas y otro recoge las aceitunas en una cesta. Es una imagen ática posterior a Homero: no ilustra una escena de la Ilíada o la Odisea, pero ayuda a situar visualmente el trabajo agrícola que los poemas conocen. © The Trustees of the British Museum, CC BY-NC-SA 4.0.

En otro lugar, Homero compara las filas del combate con segadores que avanzan por un campo (Ilíada 11.67–71). Incluso cuando narra la guerra, el poeta recurre al trabajo cotidiano para hacerla visible.

Esa representación importa. La vida heroica se imagina sobre un horizonte donde se ara, se siega, se guarda ganado, se prepara comida y se canta durante la vendimia. La Ilíada suele dejar ese trabajo en el fondo de comparaciones y representaciones; la Odisea lo acerca más al argumento porque la amenaza contra el oîkos de Odiseo vuelve decisivas esas tareas.

Hay además una diferencia de atención narrativa. En el Escudo, el rey observa la cosecha y los ayudantes preparan la comida; el poema no se detiene a contar la vida de cada segador. En Ítaca, en cambio, el agotamiento de una molinera o la fidelidad de un porquerizo pueden afectar directamente al regreso de Odiseo. No significa que una realidad sea más «histórica» que la otra. Significa que cada poema elige dónde detener la mirada y qué trabajo convertir en personaje.

La comparación sirve, por tanto, para ampliar el paisaje laboral, no para sustituir el problema particular de la casa de Odiseo por un catálogo de actividades.

El trabajo material no señala por sí mismo subordinación. Odiseo tala árboles, los perfora y los ensambla para construir la balsa con la que abandona Ogigia (Odisea 5.234–261). También construyó el lecho de su matrimonio alrededor de un olivo vivo; la explicación técnica de aquella cama se vuelve prueba de reconocimiento entre él y Penélope (Odisea 23.183–204). El poema muestra que un rey puede ejercer una destreza técnica sin perder por ello su rango; no obliga a llamarlo carpintero profesional.

Laertes trabaja en su huerto durante la ausencia de su hijo. Penélope y Helena tejen. Nausícaa lava ropa. Aquiles y Patroclo preparan la hospitalidad para la embajada aquea, y Patroclo cura la herida de Eurípilo (Odisea 24.205–234; Ilíada 9.205–221; 11.832–848). Son escenas de supervivencia, duelo, estrategia doméstica, hospitalidad y cuidado. No prueban que los aristócratas trabajaran normalmente como campesinos, artesanos, cocineros o médicos. Muestran, más sencillamente, que una tarea práctica no basta para fijar el rango de quien la realiza.

Que los héroes realicen trabajos materiales no significa que desaparezcan las diferencias de posición. Odiseo construye una balsa porque necesita escapar de Ogigia; Nausícaa lava ropa en una salida excepcional; Patroclo cura a un compañero herido. Son tareas reales, pero puntuales y ligadas a circunstancias concretas: no definen por sí solas el lugar habitual de quien las realiza.

Muy distinta es la situación de quienes trabajan de forma continuada para sostener una casa ajena. Eumeo cuida cada día los rebaños de Odiseo; las molineras muelen el cereal que alimenta el palacio; otras mujeres tejen, sirven o limpian. Por eso la tarea, por sí sola, no basta para conocer el estatus de quien la realiza. Hay que preguntar también para quién trabaja, con qué frecuencia, quién controla los recursos y qué margen de decisión tiene.

No toda persona que trabaja pertenece de la misma manera a una casa. El poema conoce al thēs, un hombre al que se puede contratar para cavar, plantar y arar. Cuando Eurímaco ofrece ese trabajo al mendigo Odiseo, menciona alimento, vestido y calzado como contraprestación (Odisea 18.357–364). La oferta es insultante en su contexto porque el interlocutor parece un vagabundo sin recursos, no porque cultivar la tierra sea por sí mismo una actividad despreciable.

Aquiles dice en el Hades que preferiría servir en la tierra a un hombre pobre antes que reinar entre los muertos (Odisea 11.489–491). El término thēs no equivale sin resto a «esclavo», «criado» o «pobre». Puede ayudar a separar dimensiones que el vocabulario moderno mezcla fácilmente: una persona puede no ser propiedad de otra y, aun así, depender de otro para subsistir o carecer de una pertenencia estable a un oîkos.

También están los dēmiourgoi, personas requeridas por una habilidad. Eumeo enumera al médico, al adivino, al constructor de naves y al aedo (Odisea 17.382–387); Penélope aplica el término a los heraldos (Odisea 19.134–136). El sacrificio de Néstor ofrece una imagen concreta: para cubrir con oro los cuernos de la víctima, se hace venir a un orfebre con yunque, martillo y tenazas (Odisea 3.425–438). La especialización existe, aunque el poema no explique cómo se remunera al orfebre, dónde vive o si se desplaza regularmente.

Algo parecido ocurre con el piloto. En el viaje de Menelao, Fróntis gobierna la nave con el timón y sobresale en esa tarea (Odisea 3.279–283). Los feacios son el contraste maravilloso: sus naves no necesitan pilotos ni timones porque conocen por sí mismas las rutas (Odisea 8.557–562). Jornalero, médico, aedo, heraldo, orfebre y piloto no forman una clase única; muestran que la producción y los servicios no estaban todos integrados del mismo modo en una sola casa.

Es importante no rellenar ese vacío con instituciones que el poema no nombra. No sabemos si esos especialistas vivían de manera estable en una ciudad, si acudían por temporadas, qué recibían por su trabajo o hasta dónde dependían de una familia poderosa. Sí sabemos que la habilidad podía ser reconocible y necesaria: se llama a alguien porque sabe curar, interpretar signos, construir una nave, cantar ante un banquete, transmitir una orden o trabajar el metal. Esa necesidad da a la téchnē un lugar propio, aunque no convierta automáticamente a quien la posee en una figura de rango alto.

Hasta aquí hemos visto competencia, responsabilidad, afecto y autoridad funcional. Sería fácil que esos rasgos suavizaran en exceso el cuadro. Por eso conviene volver a los modos en que algunas personas llegan a una casa.

Eumeo fue raptado y vendido. Euriclea fue comprada. La guerra ofrece otra vía, todavía más visible. En la Ilíada, Criseida, hija de Crises, sacerdote de Apolo, aparece en poder de Agamenón como parte de su botín; Briseida, capturada tras la caída de Lirneso, corresponde a Aquiles y después Agamenón se la arrebata cuando debe devolver a Criseida. Ambas forman parte del reparto del botín; Briseida, además, adquiere voz propia en el poema y expresa su dolor.

Un heraldo conduce a Briseida fuera de la tienda de Aquiles en una copa ática de figuras rojas.
Briseida conducida fuera de la tienda de Aquiles. Detalle de una copa ática de figuras rojas atribuida al Pintor de Briseida, ca. 485–480 a. C.; hallada en Vulci; British Museum, Londres, inv. 1843,1103.92 (E 76). La cara exterior representa a un heraldo que conduce a Briseida desde Aquiles, sentado y apartado en su tienda. Es una recepción visual posterior de un episodio de la Ilíada, pero hace visible la transferencia forzada que el poema integra en la disputa entre Aquiles y Agamenón. Foto: ArchaiOptix / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

La Odisea muestra el mismo mecanismo sin disimularlo: Odiseo cuenta que, tras saquear Ismaro, ciudad de los cicones, sus hombres mataron a los varones y se repartieron las mujeres y el botín (Odisea 9.39–42). Rapto, captura, compra, venta y guerra son así distintas vías por las que una persona podía acabar incorporada a la casa de otro y sometida a su control.

No hace falta imponer a estos pasajes el derecho esclavista de la Atenas clásica para reconocer su violencia. El poema muestra personas capturadas, compradas, trasladadas contra su voluntad e incorporadas al trabajo de otra casa. La condición exacta de cada término homérico, las reglas sobre matrimonio e hijos o las vías de liberación no forman un código que podamos reconstruir con seguridad. Pero la ausencia de código no convierte la compra o la coerción en una metáfora.

Esto importa especialmente para leer a Eumeo y Euriclea. La capacidad de Eumeo para administrar la porqueriza no borra que fue vendido. La memoria de Euriclea, su autoridad dentro del dormitorio y su cercanía a Telémaco no borran que Laertes la compró. El poema puede presentar la lealtad desde la mirada de la casa que desea recuperar; esa mirada no cancela la dependencia.

Los itinerarios, además, son distintos. Eumeo fue víctima de un rapto marítimo; Euriclea aparece como comprada; las cautivas troyanas pertenecen al horizonte de la conquista. No toda persona dependiente llega a una casa por la guerra, ni toda captura desemboca necesariamente en la misma situación. Lo que muestran estos casos es que la capacidad de decidir sobre la propia vida puede quedar sometida a la voluntad de otra casa.

Siglos después, Gortina: cuando el estatus cambia la regla

Sección titulada «Siglos después, Gortina: cuando el estatus cambia la regla»

En el mundo que representa Homero hay personas libres, personas compradas, cautivos de guerra, trabajadores contratados y servidores ligados durante años a una casa. Hay obligaciones y castigos, pero los poemas no nos muestran un código que podamos abrir para averiguar qué regla corresponde a cada situación. Las normas existen y se hacen valer de otra manera: mediante autoridad, costumbre, juramentos, testigos, reputación y decisiones tomadas dentro de la comunidad o del oîkos.

La escena de las doce esclavas de la casa de Odiseo, sometidas a la autoridad del oîkos, lo muestra con especial crudeza. Euriclea identifica a las doce mujeres que el poema presenta como desleales por haberse relacionado con los pretendientes. Odiseo, rey de Ítaca y señor de la casa que acaba de recuperar, ordena que limpien el salón y después dispone su muerte; Telémaco decide que sean ahorcadas. En esa escena el poema no cita una norma que establezca la pena ni vemos un tribunal reunido que la determine. Vemos actuar la autoridad; no vemos formulada la regla que determina o limita la sanción.

En la Gortina del siglo V a. C. la situación documental es muy distinta. Algunas de esas diferencias aparecen grabadas sobre piedra, como puede verse con más detalle en «Cuando nadie firmaba nada», y podemos comprobar hasta qué punto el estatus de una persona podía cambiar las consecuencias jurídicas de una misma situación.

Fragmento de la columna XI de la Gran Inscripción de Gortina, conservado en el Louvre.
Herencia, deudas y bienes pendientes. Fragmento de la columna XI de la Gran Inscripción de Gortina, siglo V a. C.; piedra caliza. Louvre, Ma 703. La ficha del objeto identifica el fragmento como parte de la legislación sobre herencias. Frente a las relaciones que Homero narra sin formular un código, la pieza permite ver una regla grabada y conservada materialmente. Foto: Jastrow / Wikimedia Commons, dominio público.

El contraste resulta especialmente fuerte en las reglas sobre violencia sexual. La Gran Inscripción establece una compensación de cien estáteres cuando la víctima es un hombre o una mujer libres. Si la víctima es una esclava doméstica perteneciente al propio agresor y es virgen, la cantidad desciende a dos estáteres. Si ya no es virgen, la sanción baja todavía más: un óbolo si ocurre de día y dos si ocurre de noche. Con doce óbolos por estáter, cien estáteres equivalen a 1.200 óbolos: la distancia entre 1.200 y uno o dos hace visible de forma contundente que la condición jurídica de la víctima modificaba radicalmente la reparación prevista.

Pero la misma disposición introduce un matiz importante. El juramento de la mujer esclavizada podía tener un valor probatorio específico dentro del procedimiento. Su posición no era equiparable a la de una persona libre —las propias cantidades lo dejan claro—, pero su palabra tampoco era jurídicamente irrelevante.

Otras disposiciones muestran que esas diferencias alcanzaban muchos aspectos de la vida. La propia ley contempla qué hacer cuando una parte afirma que una persona es libre y otra que es esclava; el testimonio y la decisión del juez intervienen para resolver el litigio. Regula también las uniones entre personas de distinta condición y las consecuencias para los hijos y los bienes. Una mujer separada que da a luz debe presentar al niño en la casa del antiguo marido ante tres testigos; otras reglas contemplan esclavos fugitivos, compraventas, responsabilidades del comprador y formas temporales de subordinación por deuda.

Nada de esto significa que podamos aplicar las leyes de Gortina a Eumeo, Euriclea o las mujeres ejecutadas por Odiseo. Entre el pasado heroico que recrean los poemas, asociado tradicionalmente al final de la Edad del Bronce —véase «El pasado de bronce»—, y la Gortina del siglo V a. C. median unos siete u ocho siglos, además de condiciones históricas muy distintas. Eumeo y Euriclea pertenecen a ese pasado heroico recreado por Homero; Gortina pertenece a una pólis histórica en la que algunas reglas y procedimientos se fijan públicamente por escrito.

El contraste sirve para otra cosa. En Homero vemos las relaciones funcionando: Eumeo fue vendido pero administra una explotación; Euriclea fue comprada pero ocupa un lugar central en la memoria y la organización del oîkos; Odiseo castiga a quienes considera que han traicionado su casa. En Gortina podemos empezar a ver por escrito qué diferencias reconoce una comunidad, qué consecuencias asigna al estatus, qué papel concede a testigos y juramentos y qué problemas considera necesario regular.

Gortina nos deja leer algunas reglas. Homero nos deja ver relaciones, decisiones y conflictos en acción, sin ofrecernos el código que los ordena.

La Odisea permite ver mucho, pero no lo permite ver todo. No sabemos cuántas personas trabajaban para Odiseo ni qué proporción eran libres, esclavizadas, dependientes permanentes o trabajadores contratados. No conocemos los salarios habituales, si los había, ni la organización completa de los especialistas. No siempre podemos precisar el estatus de quienes trabajan para la casa. Filetio cuida los rebaños de Odiseo y Dolio trabaja el huerto de Laertes, pero Homero no cuenta cómo llegaron a esa posición ni define jurídicamente su dependencia. Tampoco permite reconstruir una regla general sobre matrimonio, hijos, bienes o movilidad de quienes vivían en una casa ajena.

Tampoco debemos rellenar esos silencios con instituciones posteriores. Gortina, Atenas o las tablillas micénicas pueden servir para comparar problemas distintos, pero no para entregar a Homero un código que sus poemas no contienen. El lenguaje homérico y las situaciones narradas no equivalen automáticamente a las categorías jurídicas de otros siglos.

Estos límites no obligan, sin embargo, a renunciar a toda conclusión. Los poemas representan compra, venta, captura, botín, trabajo dependiente, trabajo contratado, especialización técnica y labores materiales realizadas por personas de alto rango. Representan también la diferencia entre controlar recursos y trabajar con ellos, entre estar integrado en una casa y poder disponer de uno mismo, entre recibir confianza y estar sometido a una voluntad ajena.

Volvamos entonces a la mesa del comienzo. La abundancia de la casa heroica no se explica solo por la riqueza de su dueño ni por el prestigio de quien ocupa el asiento principal. Detrás están las personas que crían, cultivan, muelen, tejen, transportan, sirven, reparan y recuerdan cómo funciona la casa. El poema no les concede a todas el mismo nombre, la misma voz ni la misma historia. Precisamente por eso conviene hacer visible el trabajo que deja al fondo.

Salvo indicación expresa, las traducciones de textos antiguos son del autor.

Versión editorial 2.9 · 3 de noviembre de 2026