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Agamenón

La Ilíada comienza con la cólera de Aquiles, pero el hombre cuya conducta la desencadena es Agamenón. Rey de Micenas y jefe de la expedición aquea contra Troya, aporta el contingente militar más numeroso y sostiene el cetro que simboliza su autoridad. Sin embargo, desde el comienzo del poema, Homero lo muestra tomando una decisión que perjudica a todo el ejército. Agamenón manda sobre otros reyes y grandes guerreros, pero su autoridad no impide que estos cuestionen sus decisiones ni lo libra de cometer errores.

Homero no explica cómo Agamenón llegó a encabezar la expedición contra Troya. La Ilíada lo presenta ya al frente de una coalición de reyes y caudillos que conservan el mando sobre sus propias tropas. En el Catálogo de las naves, Agamenón dirige cien embarcaciones procedentes de Micenas y de otras poblaciones, y el poeta destaca que lo acompañan los hombres más numerosos y excelentes. Menelao, su hermano, comanda por separado las sesenta naves de Lacedemonia. La magnitud de sus fuerzas ayuda a entender su preeminencia, aunque Homero no explica expresamente cómo llegó a ocupar el mando de toda la expedición (Ilíada 2.569–590).

También su linaje sustenta esa autoridad. Cuando se levanta ante la asamblea, el poeta reconstruye la transmisión del cetro fabricado por Hefesto: de Zeus pasó a Hermes; de Hermes a Pélope; de Pélope a Atreo; de Atreo a Tiestes, y de este a Agamenón. El cetro representa así una autoridad heredada y vinculada a los dioses (Ilíada 2.100–109).

Pero esa autoridad no significa que Agamenón pueda imponer siempre su voluntad. Cuando Néstor intenta reconciliarlo con Aquiles, le recuerda que no debe arrebatar al guerrero el premio que los aqueos le habían concedido. A Aquiles le pide, a su vez, que no desafíe al rey, cuya dignidad es mayor porque gobierna sobre más hombres, aunque él sea superior en fuerza. Néstor reconoce así la autoridad de Agamenón, pero también señala los límites que debería respetar. La dificultad de Agamenón consiste en mantener unida una expedición cuyos caudillos no son simples subordinados (Ilíada1.254–284).

La primera crisis de la Ilíada nace de una petición de rescate. Crises, sacerdote de Apolo, llega a las naves aqueas para recuperar a su hija Criseida, cautiva de Agamenón. Los aqueos aprueban que se respete al sacerdote y se acepte el rescate; Agamenón, en cambio, lo rechaza, amenaza a Crises y lo despide. Afirma además que la joven llegará a la vejez en su casa de Argos, lejos de su patria, trabajando ante el telar y compartiendo su lecho (Ilíada 1.8–32).

Agamenón, sentado y con cetro, recibe a Crises arrodillado; Criseida, Atenea y otras figuras rodean la escena en una crátera apulia.
Crises ante Agamenón. Agamenón, sentado en un taburete y sosteniendo su cetro, atiende al anciano Crises arrodillado ante él. Criseida lleva un tocado que recoge su cabello y diversas joyas; Atenea, sentada, sostiene su casco y una lanza. Completan la composición dos guerreros desnudos con lanzas, un anciano sentado que conversa con un joven, dos sirvientes y un perro. Crátera de volutas apulia de figuras rojas, hacia 360–350 a. C., atribuida al Pintor de Atenas 1714. Museo del Louvre, París, inv. CA 227 (K 1). La escena es una recepción apulia posterior del episodio homérico. Fotografía: © 2005 GrandPalaisRmn (musée du Louvre) / Hervé Lewandowski. Ficha del Museo del Louvre.

Crises suplica entonces a Apolo que castigue a los aqueos, y el dios responde enviando una peste al campamento. Cuando Aquiles convoca una asamblea para averiguar su causa, el adivino Calcante teme revelar lo que sabe y pide garantías de protección frente al rey. Agamenón reacciona airadamente a su explicación y llega a declarar que prefiere a Criseida incluso a su esposa Clitemnestra. Finalmente admite que debe devolver a la joven, pero exige una compensación por la pérdida de su premio. Su negativa inicial había comprometido la salud del ejército; ahora la solución abre otra crisis (Ilíada 1.33–120).

Agamenón tiene que restituir a Criseida, pero no acepta quedarse sin recompensa. Discute con Aquiles, quien le recuerda que el botín ya ha sido distribuido entre los aqueos y que no corresponde deshacer el reparto para compensarlo. Le propone esperar hasta la conquista de Troya, cuando podrá recibir una recompensa mayor. Agamenón no acepta y amenaza con apropiarse del premio de otro caudillo. Finalmente decide llevarse a Briseida, la cautiva que había correspondido a Aquiles. En el mundo de la Ilíada, esos premios hacen visible el honor público de los guerreros. Arrebatarle el suyo a Aquiles no es solo privarlo de una posesión: es humillarlo ante los demás caudillos (Ilíada 1.118–187; 1.318–347).

Aquiles tampoco aparece como un hombre moderado. Insulta a Agamenón, está a punto de desenvainar la espada y termina retirándose del combate, con consecuencias terribles para sus compañeros. Incluso pide a su madre Tetis que obtenga de Zeus una ventaja para los troyanos, de modo que los aqueos comprendan cuánto lo necesitan. Pero su temperamento y su deseo de venganza no borran la cuestión que plantea: el jefe ha alterado por su propia voluntad una distribución de honores de la que también depende la convivencia entre los aliados. Su autoridad sobre los demás caudillos no lo exime de respetar los acuerdos que sostienen la expedición (Ilíada 1.188–222; 1.348–412).

Un mando que se equivoca, pero también combate

Sección titulada «Un mando que se equivoca, pero también combate»

La crisis no concluye con la retirada de Aquiles. En el libro 2, Zeus, que ha prometido a Tetis favorecer a los troyanos para restituir el honor de su hijo, envía a Agamenón un sueño engañoso que le anuncia la inminente conquista de Troya. El rey cree que la victoria está próxima y decide poner a prueba la disposición de las tropas proponiéndoles regresar a casa. Antes advierte a los demás caudillos de que deberán impedir que los soldados abandonen la expedición, pero la prueba se descontrola: los aqueos corren hacia las naves para marcharse y Odiseo debe intervenir para contenerlos. Agamenón ha sido engañado por Zeus, pero la decisión de someter a sus hombres a aquella prueba es suya (Ilíada 1.493–530; 2.1–83 y 2.109–210).

Tampoco mide siempre bien el efecto de sus palabras. Durante una inspección de las filas, reprocha a Menesteo y Odiseo que permanezcan apartados del combate, aunque sus hombres estaban esperando a que comenzara el enfrentamiento. Odiseo protesta y Agamenón retira inmediatamente sus palabras. Más adelante encuentra a Diomedes junto a su carro y lo compara desfavorablemente con su padre, Tideo, cuyas hazañas guerreras recuerda. Diomedes guarda silencio por respeto al rey, pero su compañero Esténelo protesta y asegura que ellos han superado a sus padres. Es el propio Diomedes quien lo hace callar, pues considera legítimo que Agamenón anime a sus hombres a combatir (Ilíada 4.327–421).

Ante los reveses, Agamenón propone más de una vez abandonar la expedición. En el libro 9, Diomedes se opone a su propuesta de regresar a Grecia. En el 14, cuando los troyanos combaten junto a las naves, Agamenón propone comenzar a ponerlas a flote para preparar una retirada. Odiseo le reprocha duramente que una decisión semejante, tomada en pleno combate, pueda precipitar la derrota. El desaliento del jefe contrasta con la determinación de sus compañeros, que insisten en continuar luchando (Ilíada 9.9–51; Ilíada 14.65–105).

Sería, sin embargo, injusto reducirlo a un hombre que da órdenes desde la retaguardia. El libro 11 le concede una larga secuencia de combate: mata a numerosos adversarios, obliga a retroceder a los troyanos y sigue luchando después de ser herido, hasta que el dolor lo obliga a abandonar el campo. Homero lo presenta como un guerrero formidable, no solo como el comandante de otros guerreros (Ilíada 11.15–283).

Cuando la ausencia de Aquiles compromete la supervivencia del ejército, Agamenón reconoce que ha obrado mal y ofrece una compensación extraordinaria: objetos preciosos, caballos, mujeres cautivas, la restitución de Briseida y hasta el matrimonio con una de sus hijas. Reconoce que se equivocó y no intenta negarlo. Sin embargo, al terminar su oferta, exige que Aquiles se someta a él porque es superior en rango y de mayor edad. Está dispuesto a reparar la ofensa, pero sigue considerando que su autoridad le da derecho a exigir obediencia (Ilíada 9.115–161).

En el libro 19, cuando se hace posible la reconciliación, Agamenón vuelve sobre su conducta, pero esta vez afirma que él no es el responsable de lo ocurrido. Atribuye su error a Zeus, al Destino y a la Erinia, que infundieron en su espíritu la Átē, la ofuscación que lo llevó a arrebatar el premio de Aquiles. Reconoce que fue él quien lo hizo, pero sostiene que su voluntad había quedado dominada por fuerzas divinas. Mantiene su disposición a compensar a Aquiles, aunque ahora presenta su falta como consecuencia de una intervención de los dioses (Ilíada 19.78–144).

Hasta aquí hemos seguido al Agamenón de la Ilíada: un jefe poderoso y valiente, capaz de rectificar en algunas ocasiones, pero también de perjudicar a sus aliados cuando confunde su rango con el derecho a imponer su voluntad. En otras tradiciones, los conflictos entre autoridad, deber y responsabilidad se extienden a su propia familia.

Ifigenia: una historia que la Ilíada no cuenta

Sección titulada «Ifigenia: una historia que la Ilíada no cuenta»

La Ilíada no relata el sacrificio de Ifigenia. En el libro 9, Agamenón ofrece a Aquiles casarse con una de sus tres hijas y menciona sus nombres: Crisótemis, Laódice e Ifianasa. No cuenta que hubiera llevado a una hija suya al sacrificio en Áulide, y la identificación de Ifianasa con la Ifigenia de otras tradiciones no puede darse por supuesta (Ilíada 9.141–147).

En las Ciprias, poema perdido del ciclo épico troyano que conocemos parcialmente por un resumen transmitido por Proclo, Agamenón provoca la cólera de Artemisa al matar un ciervo y presumir de superar a la diosa. Esta impide entonces la partida de la flota, y Calcante anuncia que debe sacrificarse a Ifigenia para aplacarla. La muchacha es convocada con el pretexto de casarse con Aquiles, pero Artemisa la salva en el último momento, la sustituye por una cierva y la traslada al país de los tauros (Ciprias, resumen de Proclo).

Esquilo presenta el episodio desde otra perspectiva en su Agamenón. El coro recuerda los vientos adversos que retienen a la flota y el dilema del rey, dividido entre sacrificar a su hija y abandonar la expedición. Finalmente, Agamenón acepta el sacrificio y ordena que amordacen a Ifigenia para impedir sus gritos. El coro describe las miradas suplicantes de la muchacha, pero no relata el instante final. La decisión del rey queda así vinculada a la violencia que desencadenará la tragedia de su familia (Agamenón 184–249).

En Ifigenia en Áulide, Eurípides desarrolla las vacilaciones de Agamenón. Tras aceptar la exigencia de sacrificar a su hija, el rey la hace venir al campamento con la promesa de una boda con Aquiles, que desconoce el engaño. Poco después se arrepiente e intenta impedir su llegada mediante una segunda carta, pero Menelao intercepta al mensajero. Más adelante, el propio Menelao cambia de opinión y renuncia a exigir el sacrificio; sin embargo, Agamenón sostiene que el ejército terminará imponiéndoselo cuando conozca el oráculo de Calcante. Eurípides presenta así a un padre que intenta retractarse de su decisión, pero acaba considerándose incapaz de impedir sus consecuencias (Ifigenia en Áulide 80–163; 303–439; 473–537).

Las distintas versiones del sacrificio y del destino de la muchacha, incluida la tradición según la cual Artemisa la salvó, se examinan con más detalle en nuestra página dedicada a Ifigenia.

Las fuentes antiguas ofrecen explicaciones diferentes de la conducta de Clitemnestra. En la Odisea, Néstor cuenta que Egisto la cortejó durante la ausencia de Agamenón y que ella se resistió al principio, pues era una mujer de buen juicio. Agamenón había dejado a su lado a un aedo, al que encargó velar por su esposa, pero Egisto lo llevó a una isla desierta y lo abandonó allí. Finalmente consiguió que Clitemnestra aceptara irse con él. El relato de Néstor sitúa en primer plano la seducción de Egisto y el posterior asesinato de Agamenón, sin mencionar el sacrificio de Ifigenia como motivo de la conducta de Clitemnestra (Odisea 3.250–312).

En el Agamenón de Esquilo escuchamos otra explicación, pronunciada por la propia Clitemnestra. Cuando el coro condena el asesinato de su esposo, ella le reprocha que no hubiera condenado también a Agamenón por sacrificar a la hija de ambos. Reivindica la muerte del rey como respuesta a la de Ifigenia. Esquilo pone así frente a frente dos acusaciones: la del coro, que considera criminal el asesinato de Agamenón, y la de Clitemnestra, que reclama justicia por su hija (Agamenón 1412–1425; 1521–1529).

También Egisto presenta su propia justificación. En el desenlace de la tragedia recuerda que Atreo, padre de Agamenón, había servido a su hermano Tiestes, padre de Egisto, un banquete preparado con la carne de sus propios hijos. Cuando Tiestes descubrió lo ocurrido, maldijo a la descendencia de Atreo. Egisto considera el asesinato de Agamenón una venganza por aquella atrocidad y se atribuye la preparación del crimen. En la misma tragedia encontramos, por tanto, dos motivos de venganza diferentes: Clitemnestra invoca la muerte de Ifigenia; Egisto, los crímenes cometidos contra su padre y sus hermanos (Agamenón 1577–1611).

Eurípides hace todavía más grave la acusación de Clitemnestra. En Ifigenia en Áulide, ella recuerda a Agamenón que, antes de casarse con él, había sido esposa de Tántalo y madre de un niño pequeño. Según su relato, Agamenón mató a su marido y al niño, al que arrancó de sus brazos, y la obligó a casarse con él. Clitemnestra asegura que, pese a aquel comienzo, había sido una esposa fiel. Ahora le reprocha que pretenda sacrificar a Ifigenia para recuperar a Helena, la esposa de su hermano Menelao. Eurípides pone en boca de Clitemnestra una historia de violencia anterior al sacrificio de su hija, que no encontramos en el relato homérico (Ifigenia en Áulide 1146–1208).

Estas versiones no permiten reducir la muerte de Agamenón a una sola causa. En Esquilo, Clitemnestra y Egisto invocan agravios distintos para justificarla; en Eurípides, la acusación de Clitemnestra incorpora otros episodios de violencia familiar. Cada relato añade una perspectiva sobre una historia en la que las venganzas se suceden de una generación a otra.

Agamenón dirige la expedición que acaba conquistando Troya, pero no consigue disfrutar de su regreso. En el libro 11 de la Odisea, Odiseo encuentra su sombra entre los muertos. El rey explica que no fue Poseidón quien lo hizo naufragar ni un enemigo quien lo mató en combate: Egisto, con la complicidad de Clitemnestra, lo asesinó después de invitarlo a un banquete. Agamenón recuerda el suelo cubierto de sangre y los cuerpos de sus compañeros, muertos junto a él. También recuerda los gritos de Casandra, a quien Clitemnestra mató a su lado, y el último gesto de su esposa, que ni siquiera quiso cerrarle los ojos ni la boca cuando agonizaba (Odisea 11.385–434).

En el Agamenón de Esquilo asistimos, en cambio, al regreso del rey y escuchamos sus gritos cuando es asesinado en el interior del palacio. Después, Clitemnestra aparece junto a los cadáveres de Agamenón y Casandra y reconoce abiertamente haberlos matado. La comparación no obliga a elegir una versión que «corrija» a la otra: en Homero escuchamos al muerto; en Esquilo, a la mujer que reconoce haberlo matado (Agamenón 1343–1447).

Egisto, espada en mano, ataca a Agamenón atrapado en una tela semejante a una red, mientras varias mujeres presencian la escena.
Izquierda. Egisto, espada en mano, ataca a Agamenón, atrapado en una tela semejante a una red, mientras varias mujeres presencian la escena.
Orestes, armado y con casco, se abalanza sobre Egisto, ya herido y sentado con una lira; Clitemnestra acude con un hacha doble y Electra contempla la escena.
Derecha. Orestes, armado y con casco, se abalanza sobre Egisto, que aparece sentado, ya herido y con una lira en la mano. Clitemnestra acude con un hacha doble, mientras Electra contempla la escena.

El asesinato de Agamenón y la venganza de Orestes. Crátera de cáliz ática de figuras rojas, hacia 460 a. C., atribuida al Pintor de la Dokimasía. Museum of Fine Arts, Boston, n.º de inventario 63.1246. Díptico compuesto con fotografías de ambas caras del vaso, realizadas por Marcus Cyron y publicadas en Wikimedia Commons, licencia CC BY-SA 4.0. Imágenes recortadas.
Fuentes fotográficas: Izquierda — Wikimedia Commons, archivo 1227 · Derecha — Wikimedia Commons, archivo 1224 · Licencia Creative Commons.

La tragedia familiar se prolonga todavía más en una tradición recogida por Pausanias, escritor y geógrafo griego del siglo II d. C. En su Descripción de Grecia, al describir las tumbas de Micenas, menciona un sepulcro compartido por Teledamo y Pélope, dos hijos gemelos que, según se decía, habían nacido de la unión de Agamenón y Casandra. Egisto los asesinó cuando todavía eran niños pequeños, después de matar a sus padres. Pausanias conserva así una versión en la que la matanza alcanza también a los hijos de la princesa troyana. Homero no menciona la existencia de estos niños (Descripción de Grecia 2.16.6–7).

La muerte no atenúa el resentimiento de Agamenón. En el Hades, afirma que Clitemnestra, al asesinarlo, ha cubierto de deshonra incluso a las mujeres honradas. Aconseja a Odiseo que no confíe a su esposa todos sus pensamientos, sino que le cuente unas cosas y le oculte otras. Su experiencia con Clitemnestra lo ha llevado a desconfiar de las mujeres en general (Odisea 11.427–443).

Sin embargo, el mismo Agamenón reconoce que Penélope es prudente y de buen juicio, y asegura que Odiseo no encontrará la muerte a manos de su esposa. Recuerda que la dejaron recién casada, con Telémaco todavía niño, e imagina la alegría del reencuentro entre padre e hijo. Él, en cambio, murió sin que Clitemnestra le permitiera volver a ver a Orestes. Pese a reconocer la virtud de Penélope, Agamenón termina aconsejando a Odiseo que regrese a Ítaca en secreto, sin anunciar su llegada, porque, según afirma, ya no se puede confiar en las mujeres (Odisea 11.441–456).

En el último libro de la Odisea, Agamenón vuelve a encontrarse con uno de los muertos que llegan al Hades. Es Anfimedonte, uno de los pretendientes de Penélope, quien le cuenta cómo Odiseo regresó a Ítaca y acabó con ellos. Entre los episodios que recuerda figura la historia del sudario destinado a Laertes, que Penélope tejía durante el día y deshacía por la noche para aplazar la elección de un nuevo marido (Odisea 24.121–190).

Agamenón escucha la historia del tejido y, cuando responde, sus palabras se dirigen a la mujer que lo tejió (Odisea 24.196–198):

«La gloria de su virtud no perecerá jamás; los inmortales compondrán para los hombres de la tierra un hermoso canto sobre la juiciosa Penélope».

Salvo indicación expresa, las traducciones de textos antiguos son del autor.

Versión editorial 2.9 · 3 de noviembre de 2026