¿Son la Ilíada y la Odisea obra del mismo poeta?
La Ilíada y la Odisea llevan el nombre de Homero desde la Antigüedad. Comparten una lengua poética, un metro, muchas fórmulas y un mismo mundo de héroes y dioses. Sin embargo, ofrecen experiencias de lectura muy diferentes. Una gira en torno a la cólera de Aquiles ante Troya; la otra sigue el difícil regreso de Odiseo a una casa donde casi nadie espera ya verlo aparecer.
¿Las compuso una sola persona? La respuesta parece sencilla hasta que intentamos precisar qué significaba componer un gran poema en una tradición transmitida durante generaciones por cantores. Que dos poemas compartan una misma tradición no demuestra que los compusiera el mismo poeta; que presenten diferencias tampoco significa que fueran obra de poetas distintos. Entre ambas posibilidades se encuentra buena parte de lo que llamamos la cuestión homérica.
¿Qué queremos decir con «el mismo poeta»?
Sección titulada «¿Qué queremos decir con «el mismo poeta»?»Hoy imaginamos a un autor escribiendo una obra que después se publica bajo su nombre. La épica homérica no funcionaba de ese modo. Durante siglos, los cantores pudieron transmitir, adaptar y recomponer relatos conocidos, sirviéndose de fórmulas y escenas que no habían inventado. A esa historia oral se añadió después la transmisión de los poemas por escrito.
Por eso conviene distinguir entre la tradición de la que procedían los materiales de la Ilíada y la Odisea, el poeta —o los poetas— que les dieron una forma decisiva y las transformaciones que pudieron experimentar durante su transmisión.
Las semejanzas entre ambos poemas pueden deberse a esa tradición compartida. Y las diferencias tampoco exigen dos autores: un mismo poeta podía contar historias muy distintas y adaptar su manera de narrar a las necesidades de cada una.
Una atribución antigua que no todos aceptaron
Sección titulada «Una atribución antigua que no todos aceptaron»En el siglo V a. C., Heródoto trataba la Ilíada y la Odisea como poemas de Homero (Historias, 2.116). Aristóteles distinguió también sus estructuras narrativas: consideraba la Ilíada un poema de argumento más sencillo, centrado en el sufrimiento, mientras que describió la Odisea como una obra más compleja, en la que desempeñan un papel fundamental las escenas de reconocimiento y la caracterización de los personajes (Poética, 1459b).
Es interesante que Aristóteles reconociera diferencias tan profundas sin poner por ello en duda la atribución común. Pero tampoco debemos convertirlo en testigo de la autoría de Homero. Lo que documenta es cómo se leían y atribuían los poemas en su tiempo, no quién los compuso siglos antes.
La duda sobre la autoría compartida tampoco es una invención moderna. Durante la época helenística, especialmente en el siglo II a. C., los estudiosos de Alejandría ya discutían si la Ilíada y la Odisea habían sido compuestas por un mismo poeta.
Los llamados chorizontes —«separadores»— defendían que eran obras de autores distintos. Entre ellos figuraban Jenón y Helánico, que negaban a Homero la autoría de la Odisea, según recoge Proclo en su Vida de Homero. Aristarco de Samotracia (ca. 216–144 a. C.) sostuvo la atribución conjunta y llegó a escribir un tratado contra la posición de Jenón, del que solo conocemos algunas referencias indirectas, especialmente a través de los escolios.
Aunque no podemos reconstruir por completo aquel debate, sabemos que la cuestión de si ambos poemas pertenecían a un mismo autor ya se discutía en la Antigüedad (Proclo, Vida de Homero; escolio a la Ilíada 12.435a¹).
Una misma lengua poética, no una firma
Sección titulada «Una misma lengua poética, no una firma»Los dos poemas están compuestos en hexámetros dactílicos y utilizan una lengua épica tradicional de base predominantemente jónica, enriquecida con elementos de otras procedencias y épocas. Comparten epítetos, fórmulas, escenas de hospitalidad, plegarias, banquetes, asambleas e intervenciones divinas. Sus personajes conocen un mismo pasado heroico: la guerra de Troya y las consecuencias de aquella guerra.
Sin embargo, una fórmula no es una huella personal comparable a la firma de un escritor moderno. Su utilidad consiste precisamente en que puede transmitirse y volver a emplearse. El mismo cantor puede servirse de una expresión de manera distinta según el contexto; cantores diferentes pueden utilizarla con plena naturalidad. La coincidencia demuestra un estrecho parentesco poético, pero no identifica por sí sola a quien compuso cada obra.
Véase Aedos y rapsodas: ¿cómo se hacía la poesía de Homero?
Tampoco es suficiente encontrar palabras que aparecen en un poema y faltan en el otro. Si uno narra batallas y el otro viajes, disfraces y regresos, es natural que sus vocabularios no coincidan por completo. Para que una diferencia tenga valor al discutir la autoría hay que observar patrones amplios y, siempre que sea posible, comparar pasajes que cumplen funciones semejantes.
Dos historias inmensas encerradas en unos pocos días
Sección titulada «Dos historias inmensas encerradas en unos pocos días»Hay una semejanza narrativa que no debe pasar inadvertida. Ninguno de los poemas comienza al principio de la historia que cuenta. La Ilíada nos sitúa en el décimo año de la guerra; la Odisea, cuando el regreso del héroe está a punto de entrar en su fase decisiva. Ambos empiezan in medias res: en medio de unos acontecimientos que arrastran ya un pasado muy largo.
Irene J. F. de Jong calcula que la acción principal de la Ilíada abarca cincuenta y un días, desde la llegada de Crises al campamento aqueo hasta el funeral de Héctor; la de la Odisea, cuarenta y uno, desde el consejo de los dioses hasta la reconciliación final en Ítaca. Son reconstrucciones narratológicas (De Jong, 2007, p. 19), no cifras que Homero proporcione ni la duración total de las historias narradas.
Esos pocos días de la acción principal se llenan de años de historia anterior. En la Ilíada, ese pasado aparece sobre todo a través de recuerdos, alusiones, genealogías y discursos. La Odisea utiliza también esos recursos, pero deja además que sea su propio protagonista quien cuente buena parte de lo ocurrido: ante los feacios, Odiseo relata extensamente las aventuras que vivió desde su partida de Troya.
La arquitectura es, por tanto, semejante y distinta a la vez. Ambos poemas comprimen un pasado inmenso en un presente breve. Pero mientras la Ilíada mantiene el centro de gravedad en el enfrentamiento ante Troya, la Odisea abre una segunda gran narración dentro de la primera y juega constantemente con lo que cada personaje sabe, ignora u oculta.
La guerra y el regreso
Sección titulada «La guerra y el regreso»La diferencia más visible está en aquello que cada poema se propone contar. En la Ilíada dominan la guerra, la cólera, la pérdida y la relación entre la gloria heroica y la muerte. En la Odisea, el viaje, el regreso, la espera y la recuperación de la propia identidad se convierten en motores del relato. En una predominan el campamento y la ciudad sitiada; en la otra, los mares, los palacios extranjeros y, finalmente, una casa amenazada.
También cambia la manera de organizar el relato. En la Odisea tienen especial importancia las escenas de reconocimiento, en las que un personaje descubre la verdadera identidad de otro, así como el disfraz y los narradores internos, como Demódoco y el propio Odiseo. Las mujeres, la vida doméstica, el humor, la navegación y la economía adquieren una presencia distinta. Pero no podemos convertir esas diferencias en una lista de pruebas de autoría: al menos en parte, son consecuencia de las historias que cada poema ha elegido contar.
La pregunta interesante no es simplemente cuál de los poemas tiene más escenas domésticas o más combates. Es qué hace cada uno con los recursos que ambos comparten. Y para verlo, quizá el mejor punto de partida sea un personaje que aparece en los dos.
El mismo Odiseo bajo otra luz
Sección titulada «El mismo Odiseo bajo otra luz»En la Ilíada, Odiseo participa en la vida del ejército aqueo: habla en las asambleas, aconseja, interviene como embajador y combate. No es todavía el protagonista de una historia de regreso, pero ya destacan su inteligencia práctica, su autocontrol y su capacidad para actuar de acuerdo con las circunstancias. Giuseppe Lentini ha estudiado precisamente esas continuidades entre el héroe de ambos poemas.
En la Odisea, esas cualidades pasan a organizar casi toda la acción. Odiseo calcula cuándo hablar y cuándo callar, inventa relatos sobre sí mismo, oculta su identidad y espera el momento oportuno para revelarla. Pietro Pucci ha mostrado cómo el poema reelabora materiales heroicos compartidos alrededor del regreso (nóstos), la astucia (mêtis) y la recuperación de la casa (oîkos).
Corinne Ondine Pache ha señalado una diferencia llamativa: entre los aqueos de la Ilíada, Odiseo destaca porque no aparece llorando, aunque participa plenamente en la guerra. En la Odisea, en cambio, el héroe llora al oír a Demódoco cantar las hazañas de Troya. No estamos ante dos personajes necesariamente incompatibles. Podemos estar viendo al mismo héroe desde dos perspectivas: en una, la guerra que está viviendo; en otra, la memoria dolorosa de esa guerra.
¿Fue compuesta primero la Ilíada?
Sección titulada «¿Fue compuesta primero la Ilíada?»Muchos investigadores consideran que la Ilíada es anterior a la Odisea. No podemos establecer con seguridad la fecha de composición de ninguna de las dos, ni deducir su orden simplemente porque una cuente una guerra y la otra un viaje. Uno de los principales argumentos a favor de esa cronología procede de la lengua de los poemas.
Las lenguas cambian con el paso del tiempo: algunas palabras y formas gramaticales desaparecen, mientras que otras se introducen y acaban imponiéndose. La poesía épica griega conservaba numerosas expresiones heredadas de épocas anteriores, pero también incorporaba formas más recientes. Comparando la frecuencia con que aparecen unos y otros rasgos, los investigadores intentan averiguar qué poemas reflejan una etapa más antigua de esa tradición.
Richard Janko aplicó este procedimiento en Homer, Hesiod and the Hymns (1982). Su estudio, basado en el análisis estadístico de distintos rasgos lingüísticos, concluyó que la Ilíada presenta una lengua más arcaica que la Odisea. Propuso así que la Ilíada fue compuesta primero, seguida de la Odisea y, posteriormente, de las obras de Hesíodo y de buena parte de los himnos homéricos.
El método es interesante porque no depende de una palabra aislada, sino de la comparación de numerosos rasgos. Pero tiene sus límites. Una expresión antigua podía seguir utilizándose mucho después de haber desaparecido del habla cotidiana, especialmente si formaba parte de una fórmula poética. Del mismo modo, una expresión nueva podía incorporarse a un poema que conservaba materiales mucho más antiguos. Tampoco sabemos con seguridad cuánto tiempo transcurrió entre la composición de los poemas y su fijación por escrito.
La investigación de Janko ofrece, por tanto, argumentos importantes a favor de una Odisea posterior, pero no establece una cronología indiscutible. Incluso si supiéramos con certeza cuál de los poemas se compuso primero, seguiría abierta la pregunta sobre sus autores. El propio Janko consideró sus resultados compatibles con la posibilidad de que ambos fueran obra de un mismo gran poeta.
La tradición oral y la composición de los poemas
Sección titulada «La tradición oral y la composición de los poemas»Los trabajos de Milman Parry y Albert B. Lord (véase «Parry y Lord: una tradición oral vista en funcionamiento») cambiaron profundamente nuestra manera de entender la poesía épica. Al estudiar las tradiciones de los cantores orales, mostraron que estos no se limitaban a recitar de memoria unos poemas invariables. Habían aprendido un repertorio de fórmulas, escenas y recursos narrativos que les permitía componer sus versos mientras cantaban. Ese repertorio se transmitía de generación en generación, pero cada cantor podía utilizarlo de manera diferente.
Esta forma de composición ayuda a comprender cómo un poeta podía crear una obra extensa y artísticamente elaborada a partir de materiales heredados, sin necesidad de haber inventado todas sus expresiones, personajes o episodios. También explica por qué dos poemas podían compartir tantos recursos sin que ello demostrara que hubieran sido compuestos por una misma persona.
Martin L. West propuso una reconstrucción más concreta del origen de la Odisea en The Making of the Odyssey (2014). Según su interpretación, la Ilíada ya existía cuando otro poeta, probablemente hacia finales del siglo VII a. C., decidió componer la Odisea. Este segundo poeta conocía bien la obra anterior y quiso crear un poema de dimensiones y ambición comparables, pero dedicado a una historia muy diferente: no la guerra de Troya, sino el regreso de uno de sus héroes.
West imaginaba a un poeta formado en la tradición oral que utilizó la escritura para desarrollar y dar estabilidad a una composición extensa. No habría creado su obra de una sola vez, sino que fue modificándola y ampliándola. West interpretaba algunas contradicciones del relato como huellas de esos cambios: episodios que conservarían detalles de versiones anteriores y que no siempre encajaban perfectamente con las modificaciones posteriores.
Su interpretación ofrece así una explicación concreta de las semejanzas y diferencias entre ambos poemas: el autor de la Odisea habría heredado buena parte de la lengua y los recursos de la Ilíada, pero los habría utilizado para construir una obra propia. Es una reconstrucción sugerente, apoyada en un análisis minucioso de los textos, aunque no todos los investigadores aceptan sus conclusiones ni consideran demostrada la existencia de dos compositores distintos.
¿Cantaba Demódoco la Ilíada?
Sección titulada «¿Cantaba Demódoco la Ilíada?»En el libro 8 de la Odisea encontramos una escena especialmente interesante para comprender la tradición épica. Demódoco, el aedo ciego de la corte de Alcínoo, interpreta tres canciones durante la estancia de Odiseo entre los feacios. Dos están relacionadas con la guerra de Troya y la tercera narra una aventura de los dioses. Ninguna corresponde exactamente a la Ilíada que conocemos.
La primera relata una disputa entre Aquiles y Odiseo durante un banquete. Agamenón se alegra al escuchar discutir a los dos héroes, porque recuerda una predicción que había recibido de Apolo en Delfos (Odisea, 8.72–82). La escena recuerda inevitablemente el conflicto con el que comienza la Ilíada, pero allí quienes se enfrentan son Aquiles y Agamenón, no Aquiles y Odiseo. Estamos ante otro episodio de la tradición troyana, cuyo desarrollo desconocemos. La canción conmueve profundamente a Odiseo, que se cubre el rostro para ocultar sus lágrimas.
La segunda abandona por completo la guerra de Troya. Demódoco cuenta los amores adúlteros de Ares y Afrodita y la ingeniosa venganza de Hefesto, que fabrica una red invisible para atrapar a los amantes y exhibirlos ante los demás dioses (Odisea, 8.266–366). El relato tiene un tono humorístico muy distinto del de las hazañas guerreras. Su presencia nos recuerda que el repertorio de un cantor no tenía por qué limitarse a las historias de los héroes.
La tercera vuelve a Troya, pero a un episodio que tampoco aparece en la Ilíada. A petición del propio Odiseo, Demódoco canta cómo los troyanos introdujeron el caballo de madera en la ciudad, sin saber que ocultaba guerreros aqueos. Después relata cómo los guerreros salieron del caballo y conquistaron Troya (Odisea, 8.499–520). La Ilíada termina con los funerales de Héctor, antes de la caída de Troya. El caballo pertenece a otra parte de la historia de la guerra, aunque hoy sea uno de sus episodios más conocidos.
Al escuchar esta última canción, Odiseo vuelve a llorar. El poeta lo compara con una mujer que contempla la muerte de su marido durante la conquista de su ciudad y que después es conducida al cautiverio (Odisea, 8.521–531). El héroe que participó en la destrucción de Troya escucha su propia victoria y llora como una de sus víctimas.
Las tres canciones muestran la variedad de relatos que un aedo podía interpretar: disputas entre héroes, aventuras de los dioses y episodios de una guerra cuyo recuerdo seguía vivo. Demódoco canta historias que pertenecen al mundo de los poemas homéricos, pero sus canciones no son fragmentos identificables de la Ilíada.
Conviene, sin embargo, no confundir la representación literaria de Demódoco con una prueba de que aquellas canciones circularan realmente como composiciones independientes. Lo que sí muestra la Odisea es que su poeta podía imaginar una tradición épica mucho más amplia que los dos grandes poemas que han llegado hasta nosotros.
Desde esta perspectiva, la Ilíada y la Odisea no tienen por qué agotar las historias que los griegos contaban sobre Troya. Pueden entenderse como dos grandes composiciones surgidas de un repertorio compartido, cuyos personajes y episodios admitían relatos diferentes.
Las canciones de Demódoco muestran, así, un mundo narrativo que iba más allá de los dos poemas atribuidos a Homero. Pero ¿qué ocurre cuando los héroes conocidos reaparecen en otra historia, contemplados desde una perspectiva diferente?
¿Dialoga la Odisea con la Ilíada?
Sección titulada «¿Dialoga la Odisea con la Ilíada?»Acabamos de ver que la Odisea evoca episodios de la guerra de Troya que no están narrados en la Ilíada. Tampoco eso demuestra que su compositor tuviera delante la Ilíada tal como ha llegado hasta nosotros. Ambos poemas pudieron alimentarse de una tradición más amplia, formada por relatos sobre la guerra, la destrucción de Troya y el destino de sus héroes. Algunos de esos relatos se conservaron en otros poemas del llamado Ciclo épico, de los que conocemos sobre todo fragmentos y resúmenes posteriores (véase Jonathan Burgess, 2001).
Sin embargo, hay escenas de la Odisea que parecen adquirir un significado especial cuando las leemos después de la Ilíada. No porque repitan sus episodios, sino porque nos invitan a contemplar desde otra perspectiva algunas de las cuestiones que aquella había planteado.
El ejemplo más llamativo es Aquiles. En la Ilíada, el héroe explica que conoce los dos destinos que su madre, Tetis, le ha anunciado: si permanece combatiendo ante Troya, morirá joven, pero alcanzará una gloria imperecedera; si regresa a su patria, disfrutará de una larga vida, aunque perderá esa gloria (Ilíada, 9.410–416). Es uno de los grandes dilemas del poema: la elección entre la vida y la fama que sobrevivirá a la muerte.
En la Odisea volvemos a encontrar a Aquiles, pero ahora está muerto. Odiseo conversa con su sombra en el Hades y trata de consolarlo recordándole los honores que recibió en vida y el poder que conserva entre los difuntos. Aquiles le responde que preferiría trabajar como jornalero para un hombre pobre antes que reinar sobre todos los muertos (Odisea, 11.488–491).
La comparación es extraordinaria. En la Ilíada, Aquiles contempla la alternativa entre una vida larga y una muerte gloriosa; en la Odisea, escuchamos a ese mismo héroe después de morir. Su respuesta parece poner en cuestión el valor de la gloria cuando ya no es posible disfrutar de la vida. No hay aquí necesariamente una contradicción: lo que cambia es la perspectiva desde la que habla. Pero la escena nos invita a preguntarnos si la Odisea propone una reflexión diferente sobre uno de los grandes ideales heroicos de la Ilíada.
Algo semejante sucede con Agamenón. En la Ilíada aparece como jefe del ejército aqueo y sus decisiones, marcadas por el orgullo y los conflictos de honor, desencadenan la cólera de Aquiles. En la Odisea contemplamos su historia desde el desenlace: sobrevivió a la guerra, volvió a su patria y fue asesinado por Egisto con la complicidad de Clitemnestra. Cuando Odiseo encuentra su sombra en el Hades, el antiguo rey habla desde el dolor y el resentimiento, y expresa una amarga desconfianza hacia las mujeres, aunque reconoce que Penélope es muy distinta de Clitemnestra (Odisea, 11.441–456) (véase «El precio de una victoria»).
Su muerte se recuerda una y otra vez en el poema. No es simplemente otra desgracia vinculada a Troya: constituye una advertencia para Odiseo. Sobrevivir a la guerra no garantiza recuperar el hogar. El rey de Ítaca también encontrará su casa amenazada, pero, a diferencia de Agamenón, regresará de incógnito, ocultará su identidad y preparará con paciencia el momento de actuar. La historia de uno ayuda a comprender los peligros que deberá superar el otro.
Helena ofrece otro ejemplo especialmente interesante. En la Ilíada la encontramos en Troya, atormentada por su situación y por las desgracias de la guerra. En la Odisea ha regresado a Esparta y vive otra vez junto a Menelao. Cuando Telémaco llega al palacio, la vemos ejercer de anfitriona y recordar su pasado desde una posición muy diferente. Pero el regreso no ha borrado todas las ambigüedades y contradicciones: Helena cuenta que reconoció a Odiseo cuando entró disfrazado en Troya y que lo protegió; Menelao recuerda otro episodio, cuando los aqueos estaban ocultos en el caballo de madera y Helena recorrió su exterior imitando las voces de sus esposas, lo que habría podido provocar una respuesta y descubrirlos (Odisea, 4.235–289). Los dos relatos ofrecen imágenes difíciles de conciliar de la misma mujer.
Menelao tampoco parece haber encontrado la felicidad que cabría esperar de un vencedor. Cuando Telémaco llega a Esparta, lo encuentra rodeado de riquezas, celebrando las bodas de sus hijos y dispuesto a relatar extensamente sus viajes. Ha recuperado a Helena y disfruta de una prosperidad extraordinaria. Sin embargo, bajo esa apariencia de satisfacción descubrimos a un hombre profundamente marcado por la guerra. Confiesa que preferiría poseer solo una tercera parte de sus riquezas si los compañeros que murieron en Troya siguieran vivos. Recuerda con amargura la muerte de su hermano Agamenón y lamenta especialmente la suerte de Odiseo, cuyo paradero todavía desconoce (Odisea, 4.78–112). Menelao ha recuperado cuanto había ido a buscar, pero la victoria no le ha devuelto la alegría. Quizá sea precisamente él, el hombre por cuya esposa se emprendió la guerra, quien mejor expresa hasta qué punto su precio resultó terrible.
Néstor, en cambio, parece haber cambiado mucho menos. En la Ilíada es el anciano consejero que intenta apaciguar las disputas entre los jefes aqueos y recuerda con frecuencia las hazañas de su juventud. En la Odisea, cuando Telémaco llega a Pilos, reconocemos al mismo hombre: hospitalario, prudente y siempre dispuesto a contar extensamente sus recuerdos. También él sufrió la guerra, en la que perdió a su hijo Antíloco, pero conserva sus rasgos más característicos (Ilíada, 1.247–274; Odisea, 3.102–200).
El llanto de Odiseo al escuchar a Demódoco, del que hemos hablado antes, resume bien esta nueva perspectiva. El vencedor de Troya oye cantar su propia hazaña, pero no la recibe como una gloria que celebrar: la escucha con el dolor de quien ha vivido sus consecuencias.
La guerra de Troya sigue pesando sobre la Odisea. Al reencontrar a algunos de sus protagonistas, vemos que unos han quedado profundamente marcados por ella, mientras que otros, como Néstor, mantienen sus rasgos más reconocibles. La victoria, el regreso y el paso del tiempo no significaron lo mismo para todos.
Ese diálogo puede explicarse de distintas maneras. Tal vez el poeta de la Odisea conocía una Ilíada anterior y quiso complementarla o reconsiderar algunos de sus temas. También es posible que ambos poemas recurrieran de formas diferentes a personajes e historias de una tradición compartida. Un mismo compositor, por su parte, habría podido explorar esas cuestiones desde perspectivas distintas.
Las correspondencias entre la Ilíada y la Odisea son indudables; lo que sigue abierto es cómo surgieron y qué nos permiten concluir acerca de sus compositores.
¿Pueden decidirlo las estadísticas?
Sección titulada «¿Pueden decidirlo las estadísticas?»La estilometría compara rasgos lingüísticos mediante procedimientos estadísticos. Por ejemplo, un programa informático puede contar la frecuencia de ciertas combinaciones de letras en un fragmento y comprobar hasta qué punto se parecen a las que predominan en el resto del poema. El resultado no es el nombre de un autor, sino una medida de afinidad o distancia lingüística.
John Pavlopoulos y Maria Konstantinidou aplicaron este método a la Ilíada y la Odisea en un estudio publicado en línea en 2022, con resultados especialmente interesantes.
En la Ilíada, uno de los pasajes que más se diferencia lingüísticamente del resto es el célebre catálogo de las naves del libro 2, donde se enumeran los contingentes aqueos, sus jefes y sus lugares de procedencia. Es una sección cuya composición ya había suscitado dudas entre los especialistas. Sin embargo, parte de la diferencia podría explicarse por el propio género del pasaje: una larga enumeración de nombres y lugares emplea recursos distintos de los de una conversación o una escena de combate.
En la Odisea aparece un resultado todavía más llamativo. Los libros 9, 10 y 12 muestran una afinidad lingüística especialmente fuerte entre sí, pero se diferencian considerablemente de muchos de los restantes. Son tres de los cuatro libros en los que Odiseo relata a los feacios sus aventuras: el encuentro con el cíclope, la estancia junto a Circe y los peligros de las sirenas, Escila y Caribdis. El libro 11, centrado en la visita al mundo de los muertos, también presenta particularidades, aunque no sigue exactamente el mismo patrón estadístico.
¿Significa esto que tales libros fueron compuestos por otro poeta? No necesariamente. Podrían conservar materiales de una tradición particular, haber sufrido modificaciones durante su transmisión o presentar un lenguaje distinto por las escenas que narran. El análisis estadístico detecta la diferencia; por sí solo no permite escoger entre esas explicaciones.
Los modelos informáticos también pudieron clasificar con bastante eficacia fragmentos de la Ilíada y la Odisea. Pero reconocer de qué poema procede un pasaje no equivale a identificar a su autor. Un mismo poeta puede emplear recursos diferentes en obras distintas, y varios poetas pueden compartir una misma lengua tradicional.
Las estadísticas pueden, por tanto, detectar particularidades que merecen ser investigadas. Lo que todavía no permiten establecer con certeza es cuántos poetas dieron forma a la Ilíada y la Odisea.
| Podemos afirmar | No podemos demostrar |
|---|---|
| En época clásica, los dos poemas se atribuían a Homero. | Que una sola persona histórica diera forma a ambos. |
| Comparten lengua poética, metro, fórmulas y tradiciones heroicas. | Cuánto pertenece a cada compositor y cuánto a la tradición heredada. |
| Sus diferencias narrativas son profundas y pueden describirse. | Que esas diferencias exijan dos autores. |
| Existen argumentos para considerar la Odisea relativamente posterior. | Una distancia cronológica exacta o una autoría distinta a partir de esa posterioridad. |
Qué sabemos y qué queda abierto
Sección titulada «Qué sabemos y qué queda abierto»Sabemos, en definitiva, que la Ilíada y la Odisea están estrechamente emparentadas y que cada una ha construido un mundo narrativo propio. Es plausible que la segunda fuera compuesta después por otro gran poeta, pero también hay interpretaciones que permiten atribuir ambas obras a una misma figura o entender su formación como un proceso más largo y colectivo.
Quizá las fuentes que poseemos nunca permitan resolver definitivamente la pregunta. Eso no vuelve inútil la investigación. Cuanto más atentamente comparamos los dos poemas, mejor entendemos la extraordinaria capacidad de una misma tradición para producir obras que se parecen tanto y que, al mismo tiempo, son tan distintas.
