El secreto de Penélope
La noche avanza en la casa de Odiseo, en Ítaca. Penélope acaba de contar a un extranjero el sueño de las veinte ocas: un águila las mata y anuncia que es Odiseo, llegado para acabar con los pretendientes. A ella le gustaría que el presagio se cumpliera, pero duda de que sea verdadero. Poco después comunica al desconocido que al día siguiente celebrará la prueba del arco para escoger esposo. El lector sabe quién está escuchándola. Penélope, aparentemente, no.
La escena encierra una pregunta más delicada que la de si Penélope reconoce o no a Odiseo: ¿y si comienza a sospecharlo, pero todavía no puede admitírselo ni siquiera a sí misma? No es algo que Homero afirme. Es una posibilidad que nace de atender tanto a las palabras como a los silencios y a cuanto sucede alrededor de esta conversación.
Este artículo complementa «El sueño de las veinte ocas». Mientras aquel examina el sueño de Penélope y sus posibles interpretaciones, este se detiene en la conversación que sigue. Ambos pueden leerse de manera independiente.
La conversación
Sección titulada «La conversación»Odisea, libro 19, versos 570–599.
Penélope continuó:
«Voy a decirte otra cosa, y tú guárdala en tu pensamiento. Ya se acerca la aurora funesta que me apartará de la casa de Odiseo, pues ahora propondré una prueba: las doce hachas que él acostumbraba a colocar en fila en su casa, como los soportes de una nave en construcción, y que atravesaba con una flecha disparada desde lejos.
»Ahora propondré esa prueba a los pretendientes. Aquel que consiga tensar el arco con mayor facilidad y hacer pasar una flecha por las doce hachas será el hombre a quien siga, abandonando esta casa de mi matrimonio, tan hermosa y llena de riquezas, de la que creo que me acordaré incluso en sueños».
Entonces le respondió el astuto Odiseo:
«Respetable esposa de Odiseo, hijo de Laertes, no retrases más esa competición en tu casa. Odiseo habrá regresado antes de que esos hombres consigan tensar el pulido arco y hacer pasar la flecha a través del hierro».
Penélope le contestó:
«Si quisieras, extranjero, permanecer aquí sentado y alegrarme con tu conversación, el sueño no caería sobre mis párpados. Pero los hombres no pueden permanecer siempre despiertos, pues los inmortales han asignado a cada cosa su tiempo sobre la tierra que da el grano.
»Subiré, pues, a mi habitación y me acostaré en mi cama, que se ha convertido para mí en un lecho de lamentos, siempre empapado por mis lágrimas desde el día en que Odiseo partió hacia aquella funesta Ilión, cuyo nombre no quisiera pronunciar.
»Allí me acostaré. Tú descansa aquí en la casa, preparando tu lecho en el suelo o dejando que las sirvientas te dispongan una cama».
Un hombre al que Atenea ha vuelto irreconocible
Sección titulada «Un hombre al que Atenea ha vuelto irreconocible»El extranjero no es simplemente un Odiseo envejecido por veinte años de ausencia. En el libro 13, Atenea anuncia que lo hará irreconocible para todos y menciona expresamente a los pretendientes, a Penélope y a Telémaco. Después lo toca con su vara: le arruga la piel, le hace perder el cabello, apaga el brillo de sus ojos y lo viste como a un mendigo miserable (13.397–403 y 13.429–438). La transformación le permite entrar en su propia casa sin revelar quién es.
La diosa interviene también en el libro 19, cuando Euriclea identifica al amo por la cicatriz de su pierna. La anciana dirige los ojos hacia Penélope para comunicarle el descubrimiento, pero Atenea desvía la atención de esta y evita que comprenda lo ocurrido (19.475–479). No podemos imaginar, por tanto, que Penélope dispone de todos los indicios que recibe el lector: algunos le son deliberadamente ocultados.
Pero un disfraz puede alterar un rostro sin borrar necesariamente una manera de hablar, ciertos gestos o reacciones. Si Penélope llegara a sospechar algo, no sería porque reconoce la apariencia del extranjero, sino por indicios más difíciles de identificar.
Lo que sucede mientras conversan
Sección titulada «Lo que sucede mientras conversan»En cualquier conversación importan las palabras, pero también el contexto en que se pronuncian. Penélope anuncia que dejará su casa para seguir al vencedor de una competición en la que los pretendientes deberán tensar el arco de Odiseo y atravesar con una flecha doce hachas. Escoge una prueba que recuerda una habilidad característica de su marido. Parece casi una invitación a que reaparezca él, y sin embargo la presenta como el procedimiento que pondrá fin a su espera.
Conviene no exagerar este indicio. La prueba es extraordinariamente difícil, pero no está demostrado que solo Odiseo pudiera superarla: en el libro 21 Telémaco está a punto de tensar el arco y se detiene al recibir una señal de su padre (21.124–129). Además, el narrador atribuye a Atenea, al comenzar ese libro, el impulso que lleva a Penélope a presentar el arco y las hachas a los pretendientes (21.1–4). La intervención divina forma parte del desarrollo de los acontecimientos.
La respuesta del extranjero es aún más desconcertante. No intenta disuadirla de casarse: le pide que no retrase la prueba y afirma que Odiseo regresará antes de que los pretendientes consigan realizarla. El lector entiende la ironía. Odiseo ya está allí y habla de sí mismo como de un ausente. Penélope recibe aquellas palabras sin pedirle que explique semejante seguridad.
Luego le dice que, si él continuara alegrándola con su conversación, el sueño no caería sobre sus párpados. ¿Qué la retiene junto a aquel hombre? Homero no lo explica. La frase puede expresar simplemente el alivio de tener un interlocutor atento, pero deja abierta una resonancia más íntima.
Los anuncios que preceden al encuentro
Sección titulada «Los anuncios que preceden al encuentro»Penélope llega a esta noche después de escuchar noticias contradictorias. Cuando Telémaco regresa de su viaje, le refiere lo que Menelao ha sabido acerca de Odiseo. A continuación, Teoclímeno afirma, con solemnidad profética, que Odiseo ya está en Ítaca, observa lo que sucede y prepara la desgracia de los pretendientes (17.152–161). Penélope desea que la predicción se cumpla. Pero una esperanza no equivale a una certeza.
Más tarde, el águila de su sueño se identifica con Odiseo y anuncia la muerte de los pretendientes (19.535–550). Penélope reconoce que sería una alegría para ella y su hijo, aunque teme que el sueño no pertenezca a los que anuncian la verdad (19.560–569). Su deseo y su desconfianza aparecen juntos, expresados por ella misma. A esas palabras sucede, casi sin transición, el anuncio de la prueba del arco.
Conviene distinguir lo que sabe el lector de lo que puede saber Penélope. El primero conoce la identidad del extranjero y ha presenciado las intervenciones de Atenea; ella, no. Esta desigualdad permite que los gestos más sencillos adquieran para el lector un significado que quizá Penélope no alcanza a comprender.
Un segundo sueño, después de la conversación
Sección titulada «Un segundo sueño, después de la conversación»La noche no termina con la despedida. Penélope sube a su habitación, llora por Odiseo y finalmente Atenea la hace dormir (19.600–604). En el libro siguiente, al despertar angustiada, recuerda que ha soñado con Odiseo acostado a su lado, con el mismo aspecto que tenía cuando partió a la guerra. La experiencia le ha parecido tan vívida que creyó que no era un sueño, sino la realidad (20.87–90).
Este segundo sueño no demuestra que haya reconocido al extranjero. Pero es difícil no percibir su fuerza dentro de la secuencia narrativa: después de hablar con un hombre que le anuncia el regreso de su marido, Penélope sueña que ese marido ya duerme junto a ella.
Y Homero añade algo todavía más sorprendente. Odiseo, acostado en el vestíbulo de la casa, oye llorar a Penélope. Por un instante, le parece que ella ya lo ha reconocido y que está de pie junto a su cabeza (20.91–94).
Penélope ha soñado que su marido está a su lado; Odiseo ha imaginado que su esposa lo ha reconocido. Ninguno sabe lo que ha experimentado el otro. La memoria, el deseo y la presencia real de Odiseo se acercan hasta casi encontrarse, pero el reconocimiento todavía no se produce.
El secreto que quizá no puede confesarse
Sección titulada «El secreto que quizá no puede confesarse»¿Reconoce Penélope al extranjero durante el libro 19? La cuestión ha dividido a los estudiosos. Philip W. Harsh sostuvo en 1950 que sí: la conversación, el sueño y la prueba del arco formarían parte de una colaboración encubierta entre los esposos. Anne Amory propuso en 1963 una interpretación distinta: Penélope podría aproximarse al reconocimiento en un nivel inconsciente y no admitir plenamente la identidad de Odiseo hasta la prueba del libro 23. Emma Bridges recuerda ambas posiciones en su estudio del reencuentro, y Sheila Murnaghan ha analizado cómo la conversación del libro 19 reproduce gestos propios del reconocimiento sin llegar a consumarlo.
La distinción es esencial. No es necesario imaginar a Penélope como una conspiradora que sabe quién es el mendigo y disimula. Tampoco hace falta suponer que haya comprendido su identidad. Tal vez reconoce una proximidad, una inteligencia o una confianza que le resulta familiar; tal vez siente el impulso de creer y se defiende de él porque ya ha sido decepcionada demasiadas veces.
Incluso si sospechara algo, el peligro en la casa le daría motivos para no expresarlo. Odiseo mantiene oculto su regreso hasta que pueda enfrentarse con los pretendientes. Pero el secreto de Penélope podría ser más profundo que la prudencia: no consistiría en ocultar a los demás algo que sabe, sino en una sospecha que ni siquiera se atreve a reconocerse a sí misma. Se trata de una hipótesis de lectura; el poema no permite entrar hasta ese punto en su conciencia.
Dos lechos y un reconocimiento
Sección titulada «Dos lechos y un reconocimiento»Al despedirse del extranjero, Penélope evoca la cama en la que lleva años llorando la ausencia de Odiseo. No describe su construcción ni utiliza el lecho como señal de reconocimiento, pero lo menciona. Y lo hace precisamente ante el hombre con quien lo compartió, sin saber —o sin atreverse todavía a creer— que lo tiene delante. En el libro 23, un secreto relacionado con esa misma cama permitirá finalmente reconocer a Odiseo.
Cuando ya ha terminado la matanza de los pretendientes, Penélope todavía duda. Propone que saquen la cama de su dormitorio. Odiseo se indigna: la hizo con sus propias manos alrededor del tronco de un olivo vivo, arraigado en tierra, y sabe que no puede trasladarse intacta (23.174–204). Solo después de escucharlo reconocerá Penélope las señales que ambos comparten y abrazará a su esposo (23.205–230).
No sería prudente transformar la mención del lecho en el libro 19 en una prueba secreta que Penélope estuviera preparando. Su valor es sobre todo literario: durante la primera conversación, habla de la intimidad perdida precisamente con el hombre que la compartió con ella. En la última, el conocimiento de esa intimidad permitirá a ambos recobrarse.
El regreso de Penélope
Sección titulada «El regreso de Penélope»Cuando Penélope reconoce finalmente a Odiseo, Homero compara su alegría con la de unos náufragos que, después de que Poseidón haya destrozado su nave, consiguen alcanzar la costa y escapar de la muerte (23.233–240). Lo sorprendente es que la comparación no se aplique a Odiseo, que tantos naufragios ha sufrido, sino a su esposa. También Penélope ha vivido durante veinte años una situación angustiosa: ha temido por la vida de su hijo, ha soportado el acoso de los pretendientes y ha llegado a desear su propia muerte antes que un nuevo matrimonio (20.61–82). Como observa Emma Bridges, el poeta reconoce así que quien permaneció en Ítaca también ha atravesado su propia odisea. Para Penélope, volver a abrazar a su marido es como alcanzar, por fin, tierra firme.
El secreto de Penélope
Sección titulada «El secreto de Penélope»En Penélope se entrecruzan lo que cree, lo que quisiera creer, lo que teme creer y lo que no cree; lo que dice y lo que calla; lo que piensa y lo que ignora; lo que intuye y lo que, solo más tarde, descubre.
Pero Homero no nos permite conocer todos esos pensamientos. El lector sabe quién es el extranjero, escucha sus palabras y observa las reacciones de Penélope, pero no puede saber con certeza lo que sucede en su interior. Y es precisamente en esa distancia entre lo que ella sabe, lo que desea y lo que quizá empieza a sospechar donde podría encontrarse su secreto.
Quizá esa sea la mejor manera de entender el secreto. No es necesario imaginar que Penélope sabe desde el primer momento que el extranjero es Odiseo. Basta con recordar que ha pasado veinte años defendiendo su hogar y tratando de no dejarse engañar. Ahora tiene delante a un hombre cuyo aspecto le resulta desconocido, pero que habla de su esposo y de su regreso con una seguridad desconcertante. Creer que dice la verdad puede resultar tan deseable como difícil de aceptar.
El secreto de Penélope no sería entonces algo que conoce y oculta, sino algo que empieza a sentir y que todavía no puede confesarse ni siquiera a sí misma. Homero no nos dice que sea así. Pero ha construido una conversación en la que la verdad está presente ante ella mucho antes de que pueda abrazarla.
