Homero y los muertos
La Ilíada y la Odisea se encuentran entre las obras literarias griegas más antiguas que conservamos. Sin embargo, las creencias y los relatos mitológicos de los que se nutrió la poesía homérica eran anteriores y se habían transmitido oralmente durante generaciones. Las tablillas micénicas, escritas varios siglos antes, contienen principalmente registros administrativos, entre ellos referencias a divinidades y ofrendas religiosas, pero no narraciones que nos permitan conocer cómo imaginaban aquellos griegos el destino de los muertos. La arqueología funeraria proporciona otros indicios, aunque tampoco permite reconstruir con certeza sus creencias sobre el más allá.
Por tanto, ignoramos qué elementos de la representación homérica del Hades procedían de creencias más antiguas, cuáles fueron transformados por la tradición y cuáles pertenecían al mundo cultural del propio poeta. Los poemas no constituyen necesariamente el origen de esas creencias, sino uno de los primeros testimonios literarios que nos permiten conocerlas.
La vida que se pierde y aquello que permanece
Sección titulada «La vida que se pierde y aquello que permanece»Cuando Odiseo encuentra a Aquiles entre los muertos, intenta consolarlo. Le recuerda que los aqueos lo honraban como a un dios mientras vivía y que ahora ocupa una posición eminente entre los difuntos. Pero Aquiles rechaza ese consuelo: preferiría servir como jornalero a un hombre pobre antes que reinar sobre todos los muertos (Odisea 11.483–491).
La respuesta sorprende en boca del héroe de la Ilíada, que había contemplado la posibilidad de morir joven a cambio de una gloria imperecedera (Ilíada 9.410–416). ¿Se contradice? Quizá sea más esclarecedor reparar en el lugar desde el que habla cada Aquiles. El de la Ilíada contempla la muerte desde la vida, con sus deseos, expectativas e incertidumbres; el de la Odisea contempla la vida desde la muerte. El primero conoce el precio de la gloria, pero todavía puede elegir. El segundo conoce lo que ha perdido y ya no puede recuperarlo.
Aquiles ante la muerte
Sección titulada «Aquiles ante la muerte»En el libro 9 de la Ilíada, Aquiles explica que su madre, Tetis, le ha anunciado dos destinos. Si permanece en Troya, no podrá regresar a su patria, pero alcanzará una gloria imperecedera. Si vuelve a casa, perderá esa gloria, aunque podrá disfrutar de una vida larga (Ilíada 9.410–416).
Esa alternativa no significa que desprecie la vida. Pocos versos antes afirma que ningún tesoro puede compensar una vida perdida: los bienes pueden recuperarse; la vida, una vez que se ha escapado, no vuelve (Ilíada 9.401–409). Aquiles comprende lo que está en juego y todavía considera la posibilidad de regresar a su patria.
La muerte de Patroclo transforma el dilema. El dolor por la pérdida de su compañero, el reproche de no haber podido protegerlo y el deseo de vengarlo se imponen a la posibilidad de una larga existencia. Tetis le advierte que su propia muerte llegará poco después de la de Héctor. Aquiles acepta ese destino y decide regresar al combate para vengar a Patroclo. Más adelante dará muerte a Héctor (Ilíada 18.95–126; 22.326–366).
La decisión ya no responde solamente al deseo de alcanzar una gloria imperecedera, aunque Aquiles todavía aspira a conseguirla. Sabe que su venganza precipitará su muerte y, aun así, está dispuesto a llevarla a cabo.
Lo que queda de una persona
Sección titulada «Lo que queda de una persona»Cuando Patroclo muere, su psychḗ parte hacia el Hades, lamentando la juventud y el vigor perdidos (Ilíada 16.855–857). Más adelante se aparece a Aquiles en sueños, conservando su aspecto, su voz y sus vestiduras. Le pide que celebre sus funerales: según explica, las demás sombras le impiden atravesar el río y reunirse con ellas mientras permanezca insepulto. También desea que, cuando Aquiles muera, sus huesos descansen junto a los suyos. Recuerda incluso un episodio de su infancia, cuando llegó a la casa de Peleo y quedó unido a Aquiles. Este intenta abrazarlo, pero la sombra se desvanece como humo (Ilíada 23.62–107).
Aquiles descubre así que en el Hades queda una psychḗ, una imagen o eídōlon de quien murió. Su exclamación acerca de la ausencia de phrénes no significa necesariamente que Patroclo carezca por completo de pensamiento: acaba de hablar, recordar y formular peticiones con claridad. Lo que sorprende a Aquiles es que aquello que se parecía tanto a su compañero ya no tenga consistencia para recibir su abrazo (Ilíada 23.99–107).
En el libro 11 de la Odisea, Odiseo vive una experiencia semejante cuando encuentra a su madre, Anticlea. Tres veces intenta estrecharla entre sus brazos y tres veces fracasa. Ella le explica que, después de morir, los tendones ya no mantienen unidos la carne y los huesos, mientras la psychḗ se mueve como un sueño (Odisea 11.204–224). El hijo reconoce a su madre, escucha su voz y puede conversar con ella, pero ya no puede abrazarla.
Ambos encuentros expresan una misma realidad: la muerte no supone la desaparición completa de quien ha vivido. Algo reconocible permanece, aunque la persona ha perdido la vida corporal. En Homero, psychḗ puede designar el aliento que se pierde al morir y también la sombra del difunto; las imágenes poéticas relacionan ambos sentidos sin convertirlos en una doctrina del alma separada del cuerpo. No debemos confundirlos sin más con el alma inmortal de las filosofías posteriores.
Los muertos conservan también sus vínculos con los vivos. Patroclo reclama sus funerales y Elpénor pide a Odiseo que incinere su cuerpo, levante un túmulo junto al mar y clave sobre él el remo que utilizaba en vida, para que las generaciones futuras sepan de él (Odisea 11.51–83; 12.8–15). Pero los poemas no presentan siempre la sepultura como condición necesaria para llegar al Hades: Elpénor ya aparece como sombra antes de recibirla. Quienes siguen viviendo tienen todavía obligaciones hacia quienes han muerto. La sepultura y el recuerdo mantienen ese vínculo, aunque nada pueda devolverles la vida.
Recuerdos que no mueren
Sección titulada «Recuerdos que no mueren»La consulta de Odiseo a los muertos introduce otra pregunta: ¿qué recuerdan las sombras y qué pueden saber? El ritual de la fosa, las libaciones y la sangre desempeña un papel importante en sus encuentros, aunque sus efectos no parecen ser idénticos en todos los casos. Tiresias conserva un entendimiento excepcional por concesión de Perséfone y reconoce a Odiseo antes de beber la sangre, mientras que Anticlea reconoce a su hijo inmediatamente después de probarla (Odisea 10.490–495; 11.90–99, 152–154). El significado preciso de la sangre no queda del todo claro. En algunos encuentros parece facilitar el reconocimiento y la comunicación, pero otros muertos, como Elpénor, pueden hablar sin haberla bebido.
Lo indudable es que ciertas sombras conservan recuerdos, sentimientos y vínculos. Cuando Agamenón bebe la sangre y reconoce a Odiseo, rompe a llorar y extiende los brazos hacia él, aunque ya no tiene fuerzas para alcanzarlo. Relata cómo Egisto y Clitemnestra lo asesinaron a su regreso de Troya. La muerte no ha borrado aquel sufrimiento ni el recuerdo de lo sucedido. También pregunta por Orestes, pues desconoce qué ha sido de su hijo (Odisea 11.385–466). Conserva el pasado, pero no conoce necesariamente el presente de los vivos.
Anticlea ofrece otro indicio de esa limitación. Describe la situación de Ítaca como la conoció, quizá tal como era cuando murió, aunque habla de ella en presente. No podemos deducir de esta escena una regla aplicable a todas las sombras, pero sí que los muertos no reciben automáticamente noticias de cuanto sucede entre los vivos (Odisea 11.174–203).
Áyax, por su parte, todavía guarda resentimiento por la adjudicación de las armas de Aquiles a Odiseo. Cuando este intenta hablarle, se niega a responder y se aleja en silencio (Odisea 11.541–567). Ni siquiera la muerte ha conseguido reconciliar a los antiguos compañeros. Su silencio deja además sin respuesta la versión del juicio que cuenta Odiseo: conocemos las palabras del vencedor, no las del ofendido.
Los acontecimientos posteriores a la muerte, sin embargo, pueden alcanzar a los difuntos. Aquiles pregunta por su hijo Neoptólemo y por su anciano padre Peleo, cuya autoridad teme que se haya debilitado. Odiseo nada sabe de Peleo, pero le cuenta cómo combatió Neoptólemo en Troya. Al escucharlo, Aquiles se aleja contento por la pradera de asfódelos (Odisea 11.492–540). El héroe que había rechazado el consuelo de Odiseo acerca de su situación entre los muertos todavía puede alegrarse de las hazañas de su hijo.
Al comienzo del libro 24 llegan otras almas al Hades: las de los pretendientes muertos en Ítaca. Anfimedonte cuenta a Agamenón el regreso de Odiseo y la matanza en el palacio. Agamenón alaba entonces la fidelidad de Penélope, tan distinta de la conducta de Clitemnestra (Odisea 24.1–202). Las noticias y los juicios sobre el mundo de los vivos siguen teniendo lugar entre los muertos.
No sabemos de qué manera transcurre el tiempo para ellos. Las sombras parecen permanecer ajenas al envejecimiento. Patroclo se aparece a Aquiles con el aspecto, la voz y las vestiduras que tenía en vida (Ilíada 23.65–67). En la Odisea, encontramos jóvenes, doncellas y ancianos que conservan la identidad con la que son recordados. Los muertos pueden conocer hechos nuevos, pero nada indica que sigan envejeciendo como los vivos.
Tampoco sabemos si perciben el paso del tiempo entre una noticia y otra. Homero muestra que los acontecimientos del mundo de los vivos todavía pueden afectarles, pero no explica cómo experimentan esa continuidad. El tiempo sigue alcanzando a los muertos, aunque no parece transformarlos como transforma a los vivos.
El peso de los muertos
Sección titulada «El peso de los muertos»Una comparación moderna permite imaginar la magnitud de esa multitud. Según las estimaciones demográficas de nacimientos acumulados, en 2022 habían fallecido casi catorce personas por cada persona viva. Si extrapolamos de manera hipotética un modelo de población y natalidad prehistóricas hasta la época de Homero, la proporción resultante sería mucho mayor: del orden de centenares de fallecidos por cada vivo. No son cifras que conocieran los griegos ni estimaciones históricas precisas; dependen de supuestos muy inciertos. El procedimiento ilustrativo se explica en «Fuentes y criterios».
No podían calcular cuántos muertos los habían precedido, pero sí sentir el peso de las generaciones desaparecidas. Habían sido padres, madres, compañeros, antepasados y reyes. Sus tumbas seguían presentes, y algunos de sus nombres y sus historias continuaban contándose. Los propios poemas homéricos lo muestran de manera admirable: Aquiles, Héctor y Odiseo pertenecen a un pasado heroico lejano para quienes escuchaban sus historias, pero siguen presentes en el canto y en la memoria.
Conviene distinguir, sin embargo, dos formas de permanencia. Una persona puede sobrevivir en el recuerdo de los vivos; en los poemas, además, los difuntos pueden continuar existiendo como sombras. La comparación demográfica no pretende contar las almas que Homero imaginaba en el Hades ni explicar el origen de esa creencia. Sirve para que el lector se represente la desproporción entre el número de quienes viven y el de quienes han vivido.
Un reino separado del mundo de los vivos
Sección titulada «Un reino separado del mundo de los vivos»Hades y Perséfone reinan sobre el mundo de los muertos. Son los soberanos de un reino al que los vivos no pueden acceder en circunstancias ordinarias. Odiseo solo consigue comunicarse con las sombras mediante un viaje y un ritual excepcionales.
Hermes también interviene en el mundo de los muertos. Al comienzo del libro 24 de la Odisea, reúne las almas de los pretendientes muertos a manos de Odiseo y las conduce hasta la pradera de asfódelos, donde se encuentran con otros difuntos. En su camino pasan por Océano, la Roca Blanca, las puertas del Sol y el país de los Sueños (Odisea 24.1–14).
La propia geografía subraya esa separación. En el libro 11 de la Odisea, Odiseo navega hasta los confines de Océano y alcanza la tierra de los cimerios, sumida en una oscuridad donde no llega la luz del Sol. Allí realiza el sacrificio que atrae a las sombras desde el Érebo. Circe había mencionado el Aqueronte, el Cocito, el Piriflegetonte y las aguas de la Estigia (Odisea 10.508–540; 11.12–50). En la Ilíada, en cambio, encontramos una imagen del Hades situado bajo la tierra. Cuando Poseidón sacude el mundo, el propio Hades teme que el suelo se abra y su morada quede expuesta a la mirada de dioses y mortales (Ilíada 20.61–65). También el casco de Hades tiene el poder de ocultar: Atenea se lo pone para no ser vista por Ares (Ilíada 5.844–845). Los poemas ofrecen distintas imágenes de ese reino y de sus accesos, sin establecer una geografía completamente definida.
La frontera entre ambos mundos no es solo geográfica. Cuando los compañeros de Odiseo sacrifican las vacas de Helios, el dios amenaza con descender al Hades y alumbrar a los muertos si no recibe reparación. Zeus le ordena que continúe iluminando a los dioses y a los mortales, y asume el castigo de los culpables (Odisea 12.374–388).
La amenaza es formidable: si Helios la cumpliera, llevaría al reino de los muertos el resplandor destinado a los vivos. Homero no describe las consecuencias de semejante inversión; Zeus evita que suceda. Pero la escena permite percibir cuánto significa la distribución de la luz en ese universo. Los muertos conservan su reino y los vivos, el suyo. La separación no es completamente impermeable —Patroclo se aparece a Aquiles y Odiseo habla con las sombras—, pero son dos mundos que no pueden atravesarse libremente.
Una multitud, no un tribunal
Sección titulada «Una multitud, no un tribunal»Cuando Odiseo realiza el sacrificio para consultar a Tiresias, los muertos acuden desde el Érebo. El poeta no los presenta primero como héroes famosos, sino como una multitud de personas de edades y condiciones distintas. Así lo describe Odiseo ante los feacios:
Después de invocar con votos y plegarias a las multitudes de los muertos, tomé las ovejas y las degollé sobre la fosa. La sangre oscura comenzó a correr, y entonces acudieron desde las tinieblas del Érebo las almas de los difuntos: jóvenes esposas, muchachos solteros, ancianos que habían soportado muchos sufrimientos, tiernas doncellas con el corazón recién herido por el dolor, y numerosos hombres alcanzados por lanzas de bronce, guerreros caídos en combate, con las armaduras todavía manchadas de sangre.
Llegaban de todas partes en gran número y se agitaban alrededor de la fosa con un clamor sobrecogedor. Un miedo que me hizo palidecer se apoderó de mí.
El pasaje reúne a personas que apenas habían comenzado a vivir y a otras que habían soportado una larga existencia. Todos acuden, no porque hayan compartido méritos o culpas, sino porque han muerto. El destino común de los difuntos no se presenta como una recompensa para los virtuosos ni como una condena reservada a los malvados.
El mundo de los muertos no es, sin embargo, enteramente uniforme. Perséfone ha concedido a Tiresias un entendimiento singular (Odisea 10.492–495); Minos aparece administrando justicia entre los propios difuntos (Odisea 11.568–571); Ticio, Tántalo y Sísifo padecen tormentos extraordinarios (Odisea 11.576–600). Pero el poema no describe un juicio moral general que determine el destino de cada alma.
Menelao ofrece un caso diferente. Proteo, una antigua divinidad marina dotada de conocimientos proféticos, anuncia a Menelao que los dioses lo conducirán a la llanura Elisia, donde disfrutará de una existencia privilegiada (Odisea 4.561–569). No es un premio derivado de una evaluación moral, sino un privilegio relacionado con Zeus a través de Helena, su esposa. El anuncio establece que Menelao no morirá en Argos, sino que los dioses lo trasladarán a aquel lugar. Tampoco ese destino describe la suerte ordinaria de los muertos.
Por eso sería engañoso distribuir el Hades, el Tártaro, la pradera de asfódelos y la llanura Elisia como si formasen un sistema de premios y castigos comparable a un cielo, un purgatorio y un infierno. En la Ilíada, el Tártaro aparece como un abismo situado muy por debajo del Hades, al que Zeus amenaza con arrojar a los dioses desobedientes (Ilíada 8.13–16). Los poemas mencionan lugares y destinos de naturaleza distinta, sin organizarlos en una doctrina homogénea sobre el más allá.
El Hades no es, en Homero, un lugar al que se envía a las personas porque hayan vivido mal: es el reino de los muertos. Al Hades no se llega por lo que uno ha hecho durante su vida, sino porque ha muerto.
Lo que sabe Aquiles
Sección titulada «Lo que sabe Aquiles»Volvamos a Aquiles. En la Ilíada, el héroe entiende que la muerte es irreversible, pero todavía puede elegir entre los destinos que se le ofrecen. Después de perder a Patroclo, acepta que su venganza precipitará su final. En la Odisea, convertido en sombra, recuerda lo que significaba estar vivo y sabe que ni la gloria ni el rango pueden devolverle esa condición.
Los otros muertos completan esa mirada: Patroclo se aparece a Aquiles, pero este ya no puede abrazarlo; Anticlea reconoce a Odiseo y conversa con él, pero su hijo no consigue estrecharla entre sus brazos; Agamenón recuerda su muerte, pregunta por Orestes y alaba la fidelidad de Penélope; Áyax continúa guardando su rencor. Entre los muertos permanecen suficientes recuerdos y afectos para reconocer lo que se ha perdido.
Quizá esa sea la intuición más amarga de estos poemas: la muerte no borra necesariamente a quien ha vivido, pero lo priva de la vida. No es una doctrina filosófica formulada por Homero, sino una interpretación de las palabras y los gestos que atribuye a sus muertos.
