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Aviso a navegantes

Los hombres de Homero no navegaban sobre un mapa. Ante ellos se extendía un solo mar de múltiples matices: gris, violáceo, de color de vino, brumoso o batido por las olas. Lo recorrían siguiendo sendas que no se veían, atentos a las costas, las islas, las estrellas, los vientos e incluso a la voluntad de los dioses, en naves negras y raudas que Penélope llama poéticamente «caballos del mar» (Odisea 4.708–709).

Homero no pretende enseñarnos a navegar. En sus poemas, el mar es mucho más que el escenario de una travesía: separa a los hombres de sus hogares, los expone a peligros inesperados y les abre caminos hacia tierras desconocidas. Es el espacio donde el viaje se convierte en aventura.

No en el sentido moderno. Homero conoce muchas costas, islas y rutas, pero no divide el Mediterráneo en mares geográficos como los que aparecen hoy en nuestros atlas. Ítaca está rodeada por el amplio mar; la isla de Circe también. Entre ambas se suceden playas, puertos, promontorios y lugares de desembarco.

El griego homérico dispone de varias palabras para designar el mar. Sus significados se superponen, aunque cada una puede destacar ciertos aspectos:

  1. θάλασσα (thálassa): el mar, especialmente como extensión de agua visible y reconocible.
  2. πόντος (póntos): el mar abierto, que puede evocar la travesía, la distancia y sus peligros.
  3. ἅλς (háls): la sal y el mar salado; una palabra que puede hacer sentir la propia materia del agua.
  4. πέλαγος (pélagos): la extensión abierta del mar, lejos de las orillas.

Ὠκεανός (Ōkeanós, «Océano») ocupa un lugar diferente. En la visión homérica del mundo es la inmensa corriente que rodea la tierra y señala los confines del espacio conocido.

Estas palabras no constituyen una clasificación geográfica. Son distintas maneras de nombrar y experimentar el mar.

Incluso cuando Homero utiliza el plural, no tenemos por qué imaginar varias cuencas marítimas. En Odisea 5.335 aparece ἁλὸς ἐν πελάγεσσι, «en las extensiones del mar», al referirse a Ino-Leucótea, una antigua mortal convertida en divinidad marina. Es ella quien acude en auxilio de Odiseo cuando su balsa naufraga y le entrega un velo protector que le permitirá sobrevivir a las olas. El plural πελάγεσσι no establece fronteras entre mares: evoca las vastas extensiones del agua.

Para los navegantes de Homero había muchas orillas y muchos caminos posibles, pero todos pertenecían a una misma inmensidad marítima.

La Odisea es, en buena medida, un poema que avanza de orilla en orilla. Sus personajes llegan a una playa, varan la nave, comen, duermen, buscan agua, reciben o temen a quienes habitan aquellas tierras y vuelven a hacerse a la mar.

Cuando Telémaco deja atrás la costa de Pilos para dirigirse por tierra hacia Esparta, cambia la nave por el carro y los caballos. La tierra tiene caminos y caballos; el mar tiene sendas y naves.

Cuatro naves en una crátera de Tera.
Cuatro naves en una crátera de Tera. Crátera ática de figuras negras de la tumba 1 de la necrópolis de la antigua Tera, tercer cuarto del siglo VI a. C.; Museo Arqueológico de Tera. La ficha no indica número de inventario. Fotografía de A. de Graauw (Artreve), Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Homero utiliza la expresión ὑγρὰ κέλευθα (hygrà kéleutha), literalmente «sendas húmedas», para referirse a los caminos que recorren las naves sobre el mar. La encontramos incluso en boca de Polifemo, cuando pregunta a Odiseo y sus compañeros de dónde vienen (Odisea 9.252). Son rutas sin huellas visibles, conocidas por quienes saben interpretar las costas, las islas, la posición del sol, las estrellas y el comportamiento de los vientos.

Homero no organiza el espacio mediante nuestros mapas. La orientación se expresa por la salida y la puesta del sol, los vientos, las estrellas y la posición relativa de costas e islas. El navegante reconoce el mundo gracias a las señales que observa y al conocimiento que conserva de las rutas.

El episodio de Eolo muestra esta lógica con especial claridad. Tras abandonar su isla, Odiseo navega durante nueve días y nueve noches; al décimo ya distingue Ítaca y el humo que asciende de su tierra natal (Odisea 10.28–30). El poema transmite la duración del viaje y la emoción de la cercanía, no una distancia calculable ni un rumbo que podamos trazar con seguridad en el Mediterráneo. Cuando sus compañeros abren el odre, los vientos deshacen el camino recorrido y devuelven las naves a Eolia.

La navegación nocturna tampoco era desconocida. Calipso indica a Odiseo cómo orientarse por las estrellas y le recomienda mantener la Osa a su izquierda (Odisea 5.270–277). Más adelante, la nave de los feacios avanza mientras Odiseo duerme en la popa. Son dos escenas distintas que revelan la familiaridad del poema con la navegación: en una, el héroe debe gobernar su embarcación; en la otra, confía su regreso a unos navegantes extraordinarios.

Los astros, los vientos y el conocimiento de las costas permiten recorrer esas sendas invisibles. No necesitamos imaginar brújulas ni cartas náuticas para comprender cómo concebía Homero el viaje por mar.

Véase también: Homero a los ojos de Hesíodo, apartado «El mar: ruta, estación y riesgo».

Escena de navegación en un fragmento de dinos.
Escena de navegación en un fragmento de dinos. Fragmento ático de un dinos, ca. 510 a. C.; Musée du Louvre, París, inv. Cp 12248.1. La navegación en acción enlaza las sendas del mar con la atención al rumbo y a los vientos. Fotografía de Shonagon, CC0 1.0.

Los nombres de los vientos son parte del lenguaje con que el poema organiza la dirección, el tiempo y el riesgo:

  • Bóreas (norte),
  • Céfiro (oeste),
  • Noto (sur),
  • Euro (este).

Estos son los cuatro vientos principales del horizonte homérico.

Un viento favorable abre una ruta; uno contrario obliga a esperar, a remar más o a desviarse; vientos enfrentados borran cualquier dirección estable. Esperar, por tanto, forma parte de navegar.

Telémaco parte de Ítaca con un viento favorable enviado por Atenea (Odisea 2.420–423). En Eolia, Eolo guarda los vientos adversos y deja libre el que debe conducir el regreso de Odiseo (Odisea 10.19–27). En el libro V, por el contrario, Poseidón reúne y desata vientos contrarios sobre el mar: la balsa de Odiseo acaba deshecha por las olas, y el héroe queda expuesto al oleaje, las corrientes y una costa desconocida (Odisea 5.282–387).

Homero no atribuye al mar un aspecto único. Sus palabras evocan colores, luces, movimientos y extensiones que cambian según la escena:

Expresión griega Traducción Qué evoca
οἶνοψ πόντος El mar de color de vino Color, apariencia
ἰοειδής Violáceo, de tonos violetas Color
πολιός Gris, grisáceo Color, luz
ἠεροειδής Brumoso, envuelto en niebla Visibilidad
ἰχθυόεις Abundante en peces Vida marina
ἀτρύγετος Estéril, que no produce cosechas Carácter inhóspito
πολύκλυστος Batido por las olas Oleaje
κυμαίνων Ondulante, agitado por las olas Movimiento
ἀπείρων Sin confines, ilimitado Extensión

El célebre «mar de color de vino» no tiene por qué describir literalmente un mar rojo. La comparación podría evocar su apariencia superficial, los reflejos y el brillo cambiante de las olas, más que un color preciso. En cualquier caso, la expresión nos recuerda que las palabras con las que Homero contempla el mar no siempre corresponden a nuestras categorías modernas del color.

Algo semejante ocurre con el mar «violáceo», «gris» o «brumoso». Cada expresión destaca una cualidad diferente, perceptible según la luz, las condiciones atmosféricas o el estado de la superficie. No son colores fijos, sino maneras de describir lo que el mar ofrece a la mirada, ya sea desde la quietud de la playa o desde una nave que se mueve entre las olas.

También resulta revelador que el mar pueda ser «abundante en peces» y, al mismo tiempo, «estéril». No hay contradicción: contiene vida, pero no se cultiva como la tierra.

El poema evoca también las anchas espaldas del mar, su gran abismo, su hondura, su espuma y su profundo estruendo. Son imágenes que permiten sentir su extensión, su profundidad, su fuerza y hasta su voz. No sirven para distinguir unas regiones marítimas de otras, sino para expresar distintas experiencias de una misma inmensidad.

Son diferentes maneras de contemplar un mismo mar, cuyo aspecto cambia con la luz y el viento, con el movimiento y la textura de su superficie, y también con la mirada de quienes lo recorren. El mar de Homero no es una realidad uniforme: puede ser hermoso, inmenso, abundante en vida y, al mismo tiempo, inhóspito y amenazador.

Pithos con peces en una red.
Pithos con peces en una red. Cerámica de Kamares de Festos, ca. 1800–1700 a. C.; Museo Arqueológico de Heraclión, inv. 144972. Es una pieza minoica muy anterior a Homero: se incorpora como contexto visual del mundo marítimo egeo. Fotografía original de Zde; versión recortada y ajustada, CC BY-SA 4.0.

Para Odiseo, el mar es el camino del regreso y, al mismo tiempo, aquello que lo demora. Las mismas aguas que permiten alcanzar una costa pueden alejar de ella a los navegantes; los vientos que favorecen la partida pueden convertir una travesía en naufragio. En ese espacio único y cambiante, Homero sitúa encuentros, pérdidas y esperanzas.

Pero ¿cómo eran las embarcaciones que recorrían aquellas sendas? Sus formas, sus remeros y las huellas que han dejado en la arqueología merecen una mirada propia.

Véase: ¿Cómo eran las naves de Homero?.

Fuentes literarias. Homero, Ilíada y Odisea, especialmente Odisea 2.420–423 (Atenea envía un viento favorable para la partida de Telémaco), 4.708–709 (las naves como «caballos del mar»), 5.270–277 y 282–387 (orientación astral y tempestad), 5.335 (el plural πελάγεσσι), 9.252 (ὑγρὰ κέλευθα, «sendas húmedas») y 10.19–30 (Eolo y el regreso frustrado).

Salvo indicación expresa, las traducciones de textos antiguos son del autor.

Versión editorial 2.9 · 3 de noviembre de 2026