¿Qué sabía Homero del mundo que describe? II: Las casas y la vida cotidiana
Las casas de los héroes
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Gran parte de la Odisea transcurre dentro de una casa. Cuando Atenea llega a Ítaca bajo la apariencia de Mentes, encuentra a los pretendientes entretenidos ante las puertas de la residencia de Odiseo. Telémaco recibe a la visitante y la conduce al interior, donde se preparan los banquetes. A partir de ese momento iremos conociendo el edificio a medida que sus habitantes se desplazan por él. Homero no ofrece una descripción arquitectónica de la residencia, pero sus personajes parecen moverse por un espacio cuya organización el poeta da por supuesta.
Aunque Odiseo es rey de Ítaca, preferimos hablar de su casa y no de su palacio. No se trata de negar su importancia, sino de evitar una asociación demasiado inmediata con los grandes complejos palaciales micénicos. Homero no utiliza para aquella residencia una palabra que equivalga de manera inequívoca a nuestro «palacio». Habla del oîkos, del dómos o de los dṓmata, términos que pueden referirse a la morada, pero que no designan una categoría arquitectónica rígida. En particular, oîkos abarca una realidad más amplia que el edificio: la familia, los bienes, los servidores y las personas vinculadas a la casa. Es el conjunto doméstico y patrimonial sobre el que se sostiene la posición de su dueño.
El propio poema nos ayuda a comprender la diferencia. En el libro 20, Telémaco hace sentar a Odiseo, todavía disfrazado de mendigo, dentro del mégaron, junto al umbral de piedra. Después advierte a los pretendientes que aquella casa, el oîkos, no es un lugar público, sino la propiedad que su padre le ha dejado (Odisea, 20.257–265). El mégaron es aquí un espacio concreto, el gran salón donde se celebran los banquetes; el oîkos es también un patrimonio cuya posesión Telémaco reivindica.
La residencia posee, además, un patio abierto o aulḗ, accesos, almacenes y diversas habitaciones o thálamoi. Penélope dispone de una estancia en el piso superior, desde la que escucha el canto de Femio y a la que regresa subiendo una escalera. Telémaco tiene su propia habitación, construida en alto, en un lugar con amplias vistas (Odisea, 1.425–427). En los almacenes se guardan provisiones, tejidos, metales preciosos y armas. Cuando Penélope decide proponer la prueba del arco, toma una llave de bronce con mango de marfil y acude a buscar el arma de su esposo, conservada entre sus tesoros (Odisea, 21.1–12).
Propuesta de distribución de espacios de la casa de Odiseo expuesta por Bassett en «The Palace of Odysseus»:
Estas dependencias no aparecen como simples detalles decorativos. Las habitaciones permiten retirarse y guardar secretos; las puertas separan a unos personajes de otros; los almacenes contienen bienes que deben protegerse. Durante la matanza de los pretendientes, los accesos y el depósito de armas adquieren una importancia decisiva. Euriclea participa en el control de las puertas, mientras Odiseo, Telémaco y sus fieles servidores procuran impedir que los enemigos escapen o consigan armamento. La disposición de la casa interviene directamente en el desarrollo de la acción.
Pero la distribución de la casa también nos dice algo sobre quienes la habitan. Los pretendientes ocupan el salón principal, donde comen y celebran sus banquetes, mientras Penélope suele permanecer en sus aposentos. Telémaco, a medida que se hace adulto, comienza a reclamar la autoridad que los pretendientes le niegan. Euriclea, por su parte, conoce las dependencias privadas, custodia las provisiones y guarda secretos familiares.
Judith Fletcher ha estudiado la importancia de estos espacios y de los movimientos de los personajes dentro de la casa. No todos pueden entrar en cualquier habitación ni actuar en ella con la misma libertad. La organización del espacio doméstico refleja así las relaciones de autoridad, dependencia y confianza entre sus habitantes.
Hay un momento en que esta relación entre el edificio y sus habitantes resulta especialmente conmovedora. Cuando Penélope anuncia que se marchará con quien consiga superar la prueba del arco, declara que abandonará aquella hermosa morada conyugal, llena de bienes, que seguirá recordando incluso en sueños (Odisea, 21.76–79). Y cuando, después de la matanza, Odiseo ordena traer fuego y azufre para purificar la residencia, Homero distingue expresamente el mégaron, el dôma y la aulḗ: el salón, la morada y el patio (Odisea, 22.492–494). Odiseo está recuperando mucho más que unas habitaciones.
Finalmente, la propia arquitectura proporciona la prueba que permite a Penélope reconocer a su esposo. La cama conyugal había sido construida por Odiseo alrededor del tronco de un olivo que permanecía enraizado en el suelo. Solo quien conociera aquel secreto podía explicar cómo estaba hecha y por qué no podía trasladarse sin destruirla (Odisea, 23.177–206). La casa contiene así una memoria que ningún extraño puede compartir.
Todos estos detalles permiten imaginar una residencia compleja, con espacios destinados a funciones diferentes. Pero no bastan para reconstruir con seguridad su planta. Sabemos que existen un patio, un gran salón, habitaciones superiores, almacenes y accesos secundarios; ignoramos su distribución exacta. Eso no significa que Homero imaginara espacios inconexos. Por el contrario, el poeta parece tener presente una casa reconocible, por la que hace desplazarse a sus personajes con naturalidad. Lo que no sabemos es si aquella imagen procedía de edificios que conocía directamente o de una tradición poética mucho más antigua.
Desde finales del siglo XIX, varios investigadores han intentado resolver el problema. Percy Gardner propuso en 1882 una reconstrucción de la casa a partir de las descripciones homéricas. En 1919, Samuel E. Bassett prestó especial atención a las habitaciones de Penélope y a los movimientos de los personajes durante la matanza. Los planos propuestos por ambos, y por otros investigadores, no coinciden plenamente. Las descripciones del poema permiten diversas soluciones arquitectónicas, ninguna de ellas demostrable en todos sus detalles.
La arqueología proporciona un segundo camino de investigación. Los palacios micénicos de Pilos, Tirinto y Micenas tenían patios, grandes salones, almacenes y habitaciones comunicadas por corredores. Uno de sus elementos más característicos era el mégaron, una sala principal precedida por espacios de acceso y organizada en torno a un hogar central, frecuentemente rodeado de columnas. Algunos de estos rasgos encuentran paralelos en las residencias descritas por Homero.
El gran salón del llamado palacio de Néstor, en Pilos. En el centro del mégaron se conserva el hogar circular, originalmente rodeado por cuatro columnas de madera. Fotografía: YukioSanjo, Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0.
Para imaginar cómo pudo ser este palacio, véase la reconstrucción digital de Dimitris Tsalkanis, con frescos reconstruidos por Filitsa Ioannidou.
Sin embargo, la casa de Odiseo no reproduce sin más los palacios micénicos. Estos podían tener suelos pintados, frescos, instalaciones de baño y una administración documentada en tablillas de lineal B. En Homero, en cambio, se puede excavar el suelo para colocar las hachas de la prueba del arco, las estancias se iluminan con fuego y braseros, y la bañera se lleva hasta donde se necesita. Tampoco aparecen las actividades administrativas propias de los centros palaciales.
En 1955, Dorothea Gray consideró dos explicaciones: la supervivencia, transformada, de modelos arquitectónicos micénicos, o una imagen tradicional de la residencia de los héroes, enriquecida con elementos conocidos por los poetas. Se inclinó por la segunda posibilidad. Pero ambas pudieron combinarse: el mundo homérico reunía recuerdos de épocas distintas.
Homero mueve a sus personajes por la casa de Odiseo con una naturalidad que se extiende a las tierras, los huertos y los rebaños de su oîkos. No todas las residencias reales son iguales: Menelao vive rodeado de riquezas (Odisea, 4.71–75), mientras que el palacio de Alcínoo pertenece casi al territorio de lo maravilloso (Odisea, 7.81–132). La casa de Odiseo, en cambio, resulta mucho más familiar. Y quizá por eso sea la más reveladora: al imaginar las moradas de los antiguos héroes, Homero nos deja entrever también el mundo en que vivía.
Los trabajos y los días del oîkos
Sección titulada «Los trabajos y los días del oîkos»Quisiera comenzar este apartado con un recuerdo personal. A mediados de los años setenta del siglo XX todavía era posible encontrar en el campo formas de vida que apenas parecían haber cambiado durante siglos.
Recuerdo haber pisado uvas de niño, completamente descalzo, en el lagar de una vieja masía del Baix Llobregat, cerca de Barcelona. El suelo era de piedra y las paredes de madera, a las que había que agarrarse para no resbalar mientras el mosto escapaba por una abertura. El vino que se obtenía era fuerte, áspero, poco refinado, pero era vino de verdad. Junto al lagar había un pozo del que sacábamos agua para beber, mientras que una cisterna recogía el agua de lluvia para los demás usos domésticos. Aquella casa no tenía agua corriente.
Todavía se utilizaban carros tirados por caballos, con los perros atados en la parte posterior. Algunas mujeres mayores pasaban por el camino llevando haces de leña sobre la cabeza. A mis ojos de niño de ciudad, todo parecía pertenecer a otro siglo, incluso las personas.
El pisado de las uvas en la antigua Grecia. Sátiros pisando uvas en presencia de Dioniso, en una crátera ática de figuras rojas atribuida al Pintor de Cleveland, hacia 460–450 a. C. Metropolitan Museum of Art, Nueva York, inv. 41.162.10. Ficha de la pieza, dominio público.
Recuerdo aquellas escenas porque me hacen pensar en la persistencia de ciertas formas de trabajo a lo largo de muchas generaciones. No es que la vida permaneciera inmóvil, sino que numerosas actividades seguían dependiendo de los mismos recursos: la fuerza humana y animal, el conocimiento de la tierra y la sucesión de las estaciones. Había que sacar agua del pozo, vendimiar y extraer el mosto de las uvas, recoger leña y dejarla secar para el invierno. Incluso los perros tenían su trabajo.
Mujeres recogiendo agua en una fuente. Hidria ática de figuras negras, hacia 510–500 a. C. Metropolitan Museum of Art, Nueva York, n.º 06.1021.77. Ficha de la pieza, dominio público.
Aquella experiencia, relativamente próxima en el tiempo, permite imaginar la persistencia de ciertas actividades a lo largo de muchos siglos. En la Edad de Bronce y en el tiempo de Homero, había que moler el grano para obtener harina, recoger agua para cocinar y lavarse, esquilar las ovejas, hilar la lana y convertirla en tejidos. Había que cultivar la tierra, recoger las aceitunas, vendimiar, preparar el vino y criar los animales. Algunos de ellos se sacrificaban en honor de los dioses, y su carne servía también para alimentar a la familia. La fuerza procedía fundamentalmente de los brazos humanos y de los animales, y el resultado dependía del conocimiento de la tierra, de las lluvias y de las estaciones.
La labranza con bueyes. Pequeña escultura de bronce de Grecia oriental, primera mitad del siglo VI a. C., probablemente procedente de los alrededores de Esmirna. Metropolitan Museum of Art, Nueva York, inv. 2024.1. Ficha de la pieza, dominio público.
Sobre los conocimientos y las recomendaciones agrícolas de Hesíodo, véase «El campo: conocimiento que sirve para hacer».
La vida seguía un ciclo que se repetía cada año. Después de la cosecha llegaban nuevas labores; después del invierno, la preparación de los campos; después de la siembra, la espera. Los instrumentos podían perfeccionarse, pero la sucesión de los trabajos permanecía reconocible. No es difícil imaginar que muchas de aquellas actividades fueran familiares tanto a los habitantes del mundo micénico como a los griegos que escuchaban los poemas de Homero varios siglos después.
¿Hasta qué punto necesitaba Homero reconstruir aquel pasado? Cuando describe a los segadores, los viñedos y los pastores representados en el escudo de Aquiles (Ilíada, 18.541–589), o presenta a Laertes trabajando entre los árboles de su huerto (Odisea, 24), parece desenvolverse en un mundo que conoce bien. No sabemos qué experiencias personales conservaba el poeta, pero resulta verosímil que recurriera a imágenes y trabajos familiares para él y para sus oyentes. Quizá imaginara la vida cotidiana de los antiguos héroes a partir de actividades que, en lo esencial, no habían cambiado tanto.
La riqueza de un oîkos dependía en gran medida de esos trabajos. Los campos proporcionaban cereales; las viñas, uvas; los olivos, aceitunas; y los rebaños, carne, leche, lana y pieles. Había que transformar esos productos, almacenarlos y administrarlos. La casa de un señor como Odiseo no era solamente el edificio donde vivía su familia: comprendía las tierras, los animales, los almacenes y las personas que trabajaban en ellos. No era simplemente una propiedad: era una forma de organizar la vida.
Moses I. Finley llamó la atención sobre la relativa autosuficiencia de estas unidades domésticas. El oîkos aspiraba a producir buena parte de cuanto necesitaba, aunque no podía obtenerlo todo por sus propios medios. Una de sus dependencias más importantes era la de los metales. El cobre, el estaño y el hierro exigían acceder a yacimientos, especialistas y redes de intercambio que sobrepasaban el ámbito doméstico.
Y precisamente los metales permiten reconocer cambios históricos que las labores agrícolas no revelan con tanta claridad. El bronce había desempeñado un papel fundamental en el mundo micénico, mientras que el hierro adquirió una importancia creciente durante los siglos posteriores. Ambos exigían redes de abastecimiento, aunque los recursos necesarios y las formas de obtenerlos no fueran los mismos. Homero parece conocer esa realidad cuando Atenea, disfrazada de Mentes, afirma haber llegado a Ítaca con un cargamento de hierro que pretende cambiar por cobre (Odisea, 1.179–184).
Es posible, por tanto, que la vida cotidiana que Homero atribuye a sus héroes no fuera tan diferente de la que conocían sus contemporáneos. Los grandes palacios habían desaparecido, las formas de poder y las relaciones económicas se habían transformado, y el hierro había ganado terreno al bronce. Pero el grano continuaba necesitando ser molido, la lana debía hilarse y tejerse, el agua había que transportarla y, cuando llegaba la vendimia, alguien tenía que extraer el mosto de las uvas.
Lagar minoico de Vathypetro, Creta. Restos de una instalación destinada a la elaboración del vino durante la Edad del Bronce. Un testimonio de la larga historia de unas técnicas de transformación agrícola cuyos principios fundamentales perduraron durante siglos.
Fotografía: Olaf Tausch, 2016. Wikimedia Commons, CC BY 3.0. Sin modificaciones.
Quizá sea en esa repetición de los trabajos, más que en las armas o en los palacios, donde resulte más difícil distinguir el tiempo de Homero del tiempo de sus héroes.
Pero había algo capaz de alterar profundamente aquel ritmo de trabajo, marcado por las estaciones y por las labores que regresaban cada año: la guerra. Cuando los hombres abandonaban sus tierras para combatir, los campos seguían necesitando cuidados, las cosechas debían recogerse y los animales, alimentarse. La vida del oîkos tenía que continuar, aunque faltaran quienes acostumbraban a dirigirla o sostenerla.
Una antigua tradición cuenta que Odiseo intentó evitar su participación en la guerra de Troya. Fingió haber perdido la razón y se puso a arar de manera absurda, como si fuera incapaz de distinguir lo que hacía. Palamedes descubrió el engaño al poner en peligro al pequeño Telémaco, y Odiseo, incapaz de mantener su fingimiento ante la amenaza a su hijo, tuvo que incorporarse a la expedición. La historia, que no forma parte de los relatos de Homero, aparece en otras tradiciones del ciclo troyano y fue recogida, entre otros, por Higinio (Fábulas, 95).
Odiseo, probablemente representado durante la matanza de los pretendientes. Enócoe ática de figuras rojas, atribuida al Pintor de Disney, hacia 430–420 a. C. Metropolitan Museum of Art, Nueva York, inv. 24.97.24. Ficha de la pieza, dominio público.
Resulta significativo que Odiseo, uno de los héroes más célebres de aquella guerra, aparezca en esta tradición tratando de quedarse en Ítaca, junto a su mujer, su hijo recién nacido, sus tierras y sus gentes. Partió para combatir y tardó veinte años en regresar. Cuando finalmente llegó, encontró su casa ocupada por hombres que consumían sus bienes y pretendían arrebatarle su posición y su familia. Había conseguido sobrevivir a la guerra y al viaje, pero todavía debía luchar para recuperar aquello que había querido conservar desde el principio.
Un pasado hecho de muchos tiempos
Sección titulada «Un pasado hecho de muchos tiempos»El mundo que describe Homero no corresponde a un momento histórico único. En sus poemas conviven recuerdos transmitidos durante generaciones, vestigios de épocas desaparecidas y realidades familiares para el poeta y sus oyentes. No siempre podemos distinguir unas de otras, ni sabemos hasta qué punto el propio Homero percibía esas diferencias.
Pero Homero no pretendía reconstruir una época con exactitud histórica. Contaba historias de un pasado heroico que debía resultar lejano y, al mismo tiempo, reconocible para quienes lo escuchaban. Aquel mundo estaba hecho de muchos tiempos y, al describirlo, Homero hablaba también, inevitablemente, del suyo.
Fuentes y método
Sección titulada «Fuentes y método»Véase también
Sección titulada «Véase también»¿Qué sabía Homero del mundo que describe? I: Los objetos y las técnicas






