El sueño de las veinte ocas
Es de noche en Ítaca. Los pretendientes se han retirado y Penélope conversa con un extranjero al que ha acogido en su casa. El hombre le ha hablado de Odiseo y le asegura que pronto regresará. Penélope ignora, aparentemente, que está hablando con su propio esposo.
Antes de esta conversación, Telémaco ha regresado de su viaje a Pilos y Esparta. Le ha contado a su madre que, según las noticias obtenidas de Menelao, Odiseo seguía vivo, aunque retenido en la isla de Calipso. Y Teoclímeno, el adivino que ha acompañado al joven durante su regreso, ha ido mucho más lejos: ha asegurado a Penélope que su esposo ya se encuentra en Ítaca, observando lo que sucede y preparando la desgracia de los pretendientes (Odisea 17.124–161).
Durante la conversación nocturna, Euriclea ha reconocido al extranjero por la cicatriz de su pierna, mientras le lavaba los pies. Ha intentado comunicar su descubrimiento a Penélope mediante una mirada, pero Atenea ha desviado la atención de esta, impidiendo que advierta lo sucedido. Odiseo ha obligado después a su antigua nodriza a guardar silencio.
Penélope se encuentra ante una difícil decisión. Acaba de explicar al extranjero que no sabe si debe permanecer junto a su hijo y conservar la casa de Odiseo o aceptar a uno de los pretendientes y marcharse. Telémaco ya es adulto y la presión para que vuelva a casarse resulta cada vez más difícil de resistir.
En el curso de aquella conversación, antes de anunciar la prueba del arco que tendrá lugar al día siguiente, Penélope cuenta al extranjero un sueño y le pide que lo interprete.
El sueño
Sección titulada «El sueño»Penélope continuó:
—Pero escucha este sueño mío e interprétamelo.
»Tengo en casa veinte ocas que salen del agua y comen trigo, y me alegro al contemplarlas. Entonces llegó de la montaña una gran águila de pico curvo, les quebró el cuello a todas y las mató. Ya habían quedado amontonadas en la gran sala cuando el águila se elevó hacia el cielo luminoso.
»Yo lloraba y me lamentaba a gritos, aun dentro del sueño, y a mi alrededor se reunían las aqueas de hermosas trenzas, mientras me deshacía en llanto porque el águila había matado a mis ocas.
»Pero el águila regresó y se posó sobre una viga saliente del tejado. Con voz humana acalló mis lamentos y me dijo:
“Ten ánimo, hija del célebre Icario. No es un sueño, sino una visión verdadera y favorable, que se cumplirá sin falta. Las ocas son los pretendientes. Yo era antes el águila, pero ahora he regresado como tu esposo y daré a todos los pretendientes un destino deshonroso”.
»Así habló, y el dulce sueño me abandonó. Miré a mi alrededor y vi a las ocas en la sala, picoteando trigo junto al comedero, donde acostumbraban a hacerlo».
Entonces le respondió el astuto Odiseo:
«Señora, no es posible interpretar ese sueño dándole otro sentido, pues el propio Odiseo te ha revelado cómo habrá de cumplirse. La perdición de los pretendientes está clara, la de todos ellos. Ni uno solo escapará a la muerte ni a su funesto destino».
La prudente Penélope le contestó:
—Extranjero, los sueños son desconcertantes y sus palabras difíciles de interpretar, y no todo lo que anuncian llega a cumplirse entre los hombres.
»Dos son las puertas de los sueños evanescentes: una está hecha de cuerno y otra de marfil. Los que atraviesan la puerta de marfil aserrado engañan, pues traen palabras que no se cumplen. Pero los que salen por la puerta de cuerno pulido hacen realidad lo verdadero para el mortal que los contempla.
»Sin embargo, no creo que mi terrible sueño haya llegado por esta última. ¡Qué bienvenido sería para mi hijo y para mí!».
Un sueño que se explica a sí mismo
Sección titulada «Un sueño que se explica a sí mismo»Lo primero que sorprende es que el sueño no parece necesitar interpretación.
Penélope contempla con alegría a las ocas que viven en su casa y se alimentan de su trigo. Cuando el águila las mata, llora desconsoladamente. Sin embargo, después de contar cómo el ave se identifica con Odiseo y anuncia la muerte de los pretendientes, admite que semejante desenlace sería bienvenido para ella y para su hijo.
Eso no significa que Penélope sienta afecto por los pretendientes: una cosa son las ocas que contempla en el sueño y otra los hombres a quienes el águila identifica. Pero esa diferencia, lejos de resolver la cuestión, la hace más interesante: si el águila representa a Odiseo y las ocas a los pretendientes, ¿qué papel corresponde a Penélope, que las alimenta, disfruta contemplándolas y llora cuando su marido las mata? ¿Qué significado tienen sus lágrimas?
Hay otra particularidad. El águila asegura que aquello no es un sueño, sino una visión verdadera que se cumplirá. Pero esa garantía forma parte del propio sueño. Después, el extranjero confirma la interpretación sin vacilar. El lector sabe que es Odiseo; Penélope, aparentemente, no.
Al despertar, Penélope encuentra de nuevo a las ocas comiendo trigo en el lugar acostumbrado. Su destrucción solo ha ocurrido en sueños. Cuando recuerda las puertas de cuerno y marfil, distingue entre los sueños que anuncian verdades y los que engañan; pero no cree que el suyo haya pasado por la puerta de cuerno.
Penélope desea que el anuncio sea verdadero, pero no se atreve a confiar plenamente en él. Poco antes, cuando el extranjero le ha asegurado que Odiseo regresará, ha expresado también su deseo de que aquellas palabras se cumplan, seguido de su temor de que su esposo no vuelva nunca. Ahora, después de escuchar la interpretación del sueño, vuelve a manifestarse la misma incertidumbre.
El propio poema muestra que la desproporción de fuerzas resulta difícil de aceptar. Cuando Odiseo revela su identidad a Telémaco, este duda de que ambos puedan enfrentarse a tantos hombres y propone buscar aliados (Odisea 16.240–256). Al comenzar la matanza, el narrador vuelve a subrayar lo impensable que parecía que un hombre solo pudiera causar la muerte de uno de aquellos comensales (22.8–14). Esa incredulidad ayuda a entender por qué Penélope desea que el sueño sea verdadero y, al mismo tiempo, desconfía de él.
Eustacio de Tesalónica propone una explicación concreta de esas reservas: a Penélope le cuesta creer que Odiseo pueda vencer él solo a tantos pretendientes (Comentario a la Odisea, ad 19.568; ed. Stallbaum, 2, p. 218).
Hay, además, una circunstancia que no debemos olvidar. No sabemos si el sueño sucedió exactamente como Penélope lo cuenta. Homero no nos muestra a Penélope mientras sueña: conocemos el episodio únicamente a través del relato que ella hace ante un hombre que guarda un secreto. Esto no demuestra que haya inventado el sueño, pero permite preguntarnos por qué decide contarlo de esa manera, precisamente en ese momento y a ese extranjero al que acaba de interrogar largamente sobre su marido.
La conversación no termina aquí. Inmediatamente después, Penélope anuncia que al día siguiente someterá a los pretendientes a una prueba con el arco de Odiseo. El héroe acostumbraba a colocar doce hachas alineadas y disparar una flecha a través de ellas. Quien consiga tensar su arco y repetir aquella proeza se convertirá en su nuevo esposo, y ella abandonará la casa de Odiseo.
Las circunstancias resultan extraordinarias. Telémaco ha regresado con noticias de que su padre seguía vivo. Teoclímeno, el adivino que lo acompaña, ha anunciado que Odiseo ya se encuentra en Ítaca. El sueño predice la muerte de todos los pretendientes y el extranjero que tiene delante confirma esa interpretación sin vacilar.
¿Por qué, en estas circunstancias, decide Penélope anunciar precisamente entonces la prueba del arco? ¿Se trata simplemente de la última concesión a una presión que ya no puede resistir, o podría haber alguna relación entre el sueño, las noticias sobre Odiseo y aquella inesperada decisión?
La prueba del arco aparece, así, inmediatamente después de un sueño cuya interpretación parece clara, pero cuyo cumplimiento Penélope considera incierto. Más adelante volveremos sobre las consecuencias de esa decisión.
El tiempo dentro del sueño
Sección titulada «El tiempo dentro del sueño»Alexandra Rozokoki (2001) ha llamado la atención sobre los tiempos verbales del relato. El contraste más revelador aparece cuando el águila habla en nombre de Odiseo.
No dice que Odiseo regresará, sino que utiliza el perfecto griego para declarar: «Ahora he regresado como tu esposo» (Odisea 19.549). Penélope repite esas palabras ante el propio Odiseo, que la escucha disfrazado de extranjero.
Después, el águila emplea el futuro para anunciar la muerte de los pretendientes. La diferencia importa: el regreso ya se ha producido, mientras que la venganza todavía está por llegar.
El lector conoce ambas circunstancias; Penélope, por el contrario, no tiene certeza de la primera. Su sueño presenta como consumado un regreso del que ella aún duda. Y quien escucha su relato es precisamente el hombre al que se refiere.
Helena también vio un águila y una oca
Sección titulada «Helena también vio un águila y una oca»El sueño de Penélope tiene un antecedente llamativo en la propia Odisea. Helena presencia una escena extraordinariamente parecida y anuncia un desenlace semejante: el regreso de Odiseo y su venganza contra los pretendientes.
El episodio sucede en Esparta, cuando Telémaco se dispone a regresar a Ítaca después de visitar a Menelao y Helena en busca de noticias de su padre (Odisea 15.154–181).
Los jóvenes han recibido los regalos de despedida y se preparan para partir. Menelao les desea buen viaje y Telémaco expresa un deseo: ojalá, cuando regrese a Ítaca, encuentre a Odiseo en su casa y pueda contarle la generosa acogida que ha recibido.
En ese preciso momento aparece un águila que vuela por la derecha, llevando entre sus garras una gran oca blanca, arrebatada de un patio. Hombres y mujeres corren tras ella gritando, pero el águila se aproxima a los viajeros y vuelve a desviarse hacia la derecha, por delante de los caballos.
Quienes presencian la escena se alegran, pues el vuelo por la derecha se considera una señal favorable. La aparición del águila resulta especialmente significativa porque acaba de producirse cuando Telémaco expresaba su deseo de encontrar a Odiseo de regreso en Ítaca.
Pisístrato, el hijo de Néstor que acompaña a Telémaco en su viaje, pregunta entonces a Menelao por el significado del presagio. Mientras este reflexiona sobre cómo interpretarlo, Helena se adelanta y toma la palabra.
La interpretación de Helena
Sección titulada «La interpretación de Helena»Helena, la de largo peplo, se adelantó a responder y dijo:
«Escuchadme. Voy a interpretar este presagio según lo que los inmortales ponen en mi corazón y lo que creo que habrá de cumplirse.
»Así como esta águila, que vino de la montaña donde tiene su linaje y su descendencia, arrebató una oca criada en una casa, así también Odiseo, después de sufrir muchos males y de andar errante durante largo tiempo, regresará a su hogar y se vengará.
»O quizá ya esté en casa, sembrando la desgracia para todos los pretendientes».
Telémaco responde deseando que Zeus haga realidad sus palabras. Si así sucede, asegura que elevaría plegarias a Helena como a una divinidad.
Dos mujeres, una misma imagen
Sección titulada «Dos mujeres, una misma imagen»En el presagio de Helena aparece una sola oca, y Homero dice que el águila la arrebata y se la lleva. No describe su muerte. En el sueño de Penélope, en cambio, aparecen veinte ocas y el águila les rompe el cuello a todas, dejándolas amontonadas en la sala.
También hay una diferencia en las interpretaciones. Helena relaciona directamente lo sucedido con el regreso y la venganza de Odiseo, pero no identifica expresamente a la oca con los pretendientes. Tampoco hay razones concluyentes para hacerlo: las ocas eran animales domésticos apreciados, proporcionaban compañía, podían asociarse a la protección del hogar y participaban en los juegos infantiles.
Según cuenta Penélope, la identificación en su sueño parece inequívoca: el águila explica que las veinte ocas representan a los pretendientes y que el águila misma representa a Odiseo.
Helena contempla un presagio y ofrece una interpretación segura. Penélope relata un sueño que anuncia la destrucción de los pretendientes, pero no se atreve a darlo por verdadero. La semejanza de las imágenes hace todavía más visible la diferencia entre ambas respuestas.
Hay, además, una coincidencia que el lector puede apreciar y que los personajes todavía ignoran. Cuando Helena interpreta el presagio, Odiseo ya ha regresado a Ítaca y se encuentra oculto en la cabaña de Eumeo. Ni Helena ni Telémaco conocen esa circunstancia. Sin embargo, la segunda posibilidad que ella anuncia —que Odiseo ya esté en su patria preparando la desgracia de los pretendientes— coincide con lo que realmente está sucediendo.
Helena y Penélope: dos mujeres de una misma familia
Sección titulada «Helena y Penélope: dos mujeres de una misma familia»Helena y Penélope eran primas hermanas según la genealogía tradicional: Tindáreo, rey de Esparta y padre reconocido de Helena, era hermano de Icario, padre de Penélope (Apolodoro, Biblioteca 3.10.3–7). Las dos mujeres pertenecían, por tanto, a una familia de enorme prestigio, y ambas fueron objeto de la atención de numerosos pretendientes. Pero las circunstancias de sus matrimonios resultaron muy diferentes.
La boda de Helena y los grandes héroes aqueos
Sección titulada «La boda de Helena y los grandes héroes aqueos»Más de veinticinco años antes de los últimos días de la Odisea, Helena se había casado con Menelao. Las fuentes recuerdan una competición matrimonial en la que participaron hombres de numerosos territorios aqueos: una cuestión que concernía a algunas de las grandes familias heroicas.
Apolodoro (Biblioteca 3.10.8) enumera 31 pretendientes; Higino (Fábulas, 81) ofrece una relación de 36 y advierte de que otros autores mencionaban más. El Catálogo de las mujeres, atribuido a Hesíodo, conservaba otra extensa enumeración, pero sus fragmentos no permiten reconstruirla por completo (frs. 196–204, ed. Merkelbach y West).
Entre aquellos aspirantes figuraban Odiseo, Diomedes, los dos Áyax, Patroclo, Filoctetes y otros personajes asociados a las historias de la guerra de Troya. Cada uno pertenece a una tradición heroica reconocible. Frente a ellos, la mayoría de los pretendientes de Penélope apenas adquiere identidad individual en el relato.
Por qué fue elegido Menelao
Sección titulada «Por qué fue elegido Menelao»Las fuentes tampoco coinciden en cómo fue elegido Menelao. El Catálogo de las mujeres destaca su riqueza y el valor de los regalos matrimoniales; Agamenón, hermano suyo y esposo de Clitemnestra —hermana a su vez de Helena—, intervino en su favor según esa tradición. Odiseo, consciente de la ventaja económica de Menelao, decidió no presentar regalos.
Según Apolodoro (Biblioteca 3.10.9), Odiseo ofreció a Tindáreo una solución para evitar disputas entre los pretendientes de Helena, a cambio de que lo ayudase a conseguir la mano de Penélope. Cuando el rey aceptó, Odiseo le aconsejó exigir a todos los aspirantes un juramento: se comprometerían a defender al esposo elegido si alguien atentaba contra su matrimonio.
Eurípides ofrece otra versión en Ifigenia en Áulide (49–70): después del juramento, Tindáreo permitió a Helena elegir al pretendiente hacia quien la condujesen «las dulces brisas de Afrodita». Ella escogió a Menelao. Higino añade que manifestó su elección colocándole una corona (Fábulas, 78).
El juramento también figura en el Catálogo de las mujeres, atribuido a Hesíodo, aunque allí no se atribuye expresamente su iniciativa a Odiseo. No todas las versiones cuentan quién ideó el juramento ni quién decidió el matrimonio.
Años después, cuando Paris se llevó a Helena, la tradición utilizó el juramento para explicar por qué tantos caudillos aqueos acudieron en ayuda de Menelao. Los hombres que habían competido por su mano estaban ahora obligados a defender al esposo elegido.
Odiseo y el primer cortejo de Penélope
Sección titulada «Odiseo y el primer cortejo de Penélope»La versión de Apolodoro relaciona así las dos bodas: el mismo Odiseo que había aspirado a Helena obtuvo, gracias a su consejo, la ayuda necesaria para casarse con Penélope.
Pausanias recoge además una tradición espartana: Icario organizó una carrera a pie entre los pretendientes de su hija y Odiseo fue el vencedor (Descripción de Grecia 3.12.1). El viajero añade que Odiseo dedicó una imagen a Atenea Keleuthea, «la de los caminos», y fundó tres santuarios en su honor (3.12.4). No indica quiénes fueron los otros corredores ni cuántos participaron.
Ciento ocho pretendientes en Ítaca
Sección titulada «Ciento ocho pretendientes en Ítaca»Cuando Odiseo, reunido en secreto con Telémaco y ya reconocido por su hijo, le pregunta contra cuántos hombres deberán enfrentarse, este ofrece una distribución precisa (Odisea 16.245–253). No se trata de visitantes llegados de toda Grecia, sino de jóvenes de Ítaca y de otros tres territorios del entorno.
| Procedencia | Homero | Apolodoro | P.Oxy. LIII 3702 | Dictis de Creta |
|---|---|---|---|---|
| Duliquio | 52 | 57 | 52 | ? |
| Same | 24 | 23 | 24 | ? |
| Zacinto | 20 | 44 | ? | ? |
| Ítaca | 12 | 12 | 12 | ? |
| TOTAL | 108 | 136 | ? | 30 |
La columna de Apolodoro procede de las cantidades transmitidas en la Epítome 7.26–30: suman 136, aunque la lista contiene solamente 129 nombres. Dictis de Creta (Diario de la guerra de Troya 6.6) menciona treinta pretendientes, pero no ofrece una distribución numérica por procedencia. Además, su relación geográfica no coincide exactamente con la de Homero. En el papiro P.Oxy. LIII 3702, la cifra correspondiente a Zacinto no puede establecerse con seguridad. Estas diferencias han sido estudiadas por Stefano Acerbo (2021).
La Odisea permite contar 108 pretendientes, pero solo nombra individualmente a catorce. Entre los más destacados están Antínoo y Eurímaco. Las ambiciones de algunos van más allá del matrimonio con Penélope: Antínoo propone matar a Telémaco y, después de su muerte, Eurímaco afirma que aquel aspiraba a convertirse en rey de Ítaca (Odisea 16.372–405; 22.44–59). Conviene recordar, sin embargo, que Eurímaco formula esta acusación cuando intenta salvar su propia vida.
Dos generaciones, dos maneras de cortejar
Sección titulada «Dos generaciones, dos maneras de cortejar»Entre la boda de Helena y los últimos días del retorno de Odiseo han pasado décadas. Los grandes héroes que aspiraban a Helena pertenecen a la generación de la guerra de Troya. Los pretendientes que rodean a Penélope representan, en buena medida, a quienes han crecido durante aquella ausencia. La distancia entre ambas historias es también generacional.
Más evidente que la diferencia de prestigio es la de comportamiento. Los aspirantes a la mano de Helena compiten ofreciendo presentes y buscando alianzas entre familias. Los de Penélope se instalan en la casa de Odiseo, consumen sus animales y sus provisiones y amenazan a su hijo. En el libro 16, Antínoo propone asesinar a Telémaco; más tarde, Eurímaco intenta cargarle con la responsabilidad de las ambiciones de poder (22.44–59).
La propia Penélope denuncia la anomalía de aquel cortejo. Recuerda que los hombres que desean casarse con una mujer noble suelen ofrecer regalos y agasajar a su familia. Sus pretendientes hacen justamente lo contrario: se alimentan de los bienes de la casa que aspiran a dominar (Odisea 18.274–280).
Laura Slatkin ha señalado una inversión significativa entre las dos historias. Los pretendientes de Helena juran actuar unidos para defender al marido elegido. Los de Penélope, en cambio, se agrupan contra la casa del marido ausente. Allí el cortejo debía establecer alianzas; aquí, los aspirantes incumplen las normas que deberían regirlo.
¿Podría esta diferencia conservar el recuerdo de dos formas de sociedad? Los pretendientes de Helena evocan las grandes familias heroicas que asociamos al imaginario de la Edad del Bronce; los de Penélope recuerdan más bien a una aristocracia local, semejante a las comunidades de la primera Edad del Hierro. Sería excesivo convertir esta impresión en una correspondencia histórica: ambos relatos pertenecen al mismo tiempo mítico, y las tradiciones que los transmiten fueron compuestas o reelaboradas mucho después. Pero el contraste permite apreciar la heterogeneidad del pasado homérico, en el que conviven grandes alianzas heroicas, rivalidades locales y conflictos por la autoridad de una casa.
Desde esta perspectiva, la matanza de los pretendientes es algo más que la victoria de Odiseo sobre sus rivales. El héroe recupera una casa donde se han vulnerado las obligaciones de la hospitalidad, se han consumido sus bienes y se ha amenazado a su hijo. Castiga así conductas que el poema presenta como abusivas y restablece su autoridad. Sin embargo, la matanza tampoco basta para devolver la paz: los familiares de los muertos quieren vengarse, y solo la intervención de Zeus y Atenea pone fin al enfrentamiento (Odisea 24.472–548).
De los 108 hombres a las veinte ocas
Sección titulada «De los 108 hombres a las veinte ocas»Al volver al sueño encontramos una desproporción que no debemos pasar por alto. Los pretendientes son 108; las ocas, solo veinte. El águila dice que las aves representan a los pretendientes, pero eso no obliga a identificar cada oca con un hombre distinto. Un presagio no tiene por qué funcionar como un inventario de sus víctimas.
La cifra veinte, por otra parte, coincide con los años de ausencia de Odiseo que vertebran el relato. Esa correspondencia permite preguntarse por un sentido adicional, pero Homero no lo explica y no deberíamos presentarlo como una solución segura.
Odiseo, pretendiente de su propia esposa
Sección titulada «Odiseo, pretendiente de su propia esposa»En otro tiempo, Odiseo había sido uno de los aspirantes a Helena y, según la tradición recogida por Pausanias, había vencido en una carrera a quienes pretendían a Penélope. Ahora se encuentra de nuevo ante una competición matrimonial, pero en condiciones completamente distintas: regresa oculto bajo la apariencia de un mendigo, mientras otros hombres ocupan su casa.
También ha cambiado el papel de Penélope. En la antigua tradición, Icario había organizado la carrera; ahora es ella quien anuncia la prueba del arco y las doce hachas inmediatamente después de contar su sueño. Odiseo, todavía disfrazado, la anima a no aplazarla (Odisea 19.583–587). Al comenzar el libro 21, el narrador atribuye expresamente a Atenea el impulso que lleva a Penélope a presentar el arco ante los pretendientes (21.1–4).
Así, quien había vencido una vez por la mano de Penélope se dispone, sin revelar su identidad, a imponerse de nuevo como pretendiente de su propia esposa. La prueba destinada a elegir un nuevo marido será, paradójicamente, el comienzo de la destrucción anunciada en el sueño. Cuánto sabe Penélope al anunciarla y por qué escoge precisamente esa prueba son preguntas que todavía quedan abiertas.
