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El sexo en la Odisea

En la Odisea, acostarse con alguien no significa siempre lo mismo. El lecho puede unir a dos personas, pero también revelar una desigualdad, encerrar una amenaza o evocar una intimidad perdida. Hay deseo sin amor, posibilidades de matrimonio que nunca llegan a realizarse y una complicidad extraordinaria entre un hombre y una diosa en la que no interviene el sexo.

El deseo, además, no siempre es recíproco, ni siquiera cuando se comparte el lecho. A veces uno desea más que el otro; otras, ambos desean cosas distintas. Pero la desigualdad del deseo no es lo mismo que la falta de libertad para negarse. La Odisea conoce bien esas diferencias. Calipso quiere retener a Odiseo; él quiere marcharse. Nausícaa imagina un esposo semejante al náufrago, mientras él busca el camino de regreso a casa. Penélope y Odiseo anhelan reencontrarse, pero tampoco llegan a ese momento por el mismo camino.

El poema no es un tratado sobre las costumbres sexuales de los griegos. Cuenta historias, y en ellas importa tanto lo que sucede entre los personajes como la manera en que Homero decide contarlo.

Homero no describe con detalle los encuentros sexuales. Suele sugerirlos mediante alusiones al lecho compartido, a los amantes que se acuestan juntos o a las noches que pasan en compañía uno del otro. Eso no significa que el sexo esté ausente: el narrador confía en que comprendamos lo sucedido sin necesidad de mostrarlo.

El deseo, en cambio, puede expresarse con notable franqueza. En la Ilíada, Paris le dice a Helena que nunca la había deseado tanto y la invita a acostarse con él; Zeus manifiesta ante Hera un deseo igualmente intenso (Ilíada, 3.441–446 y 14.294–328). El contraste también ayuda a leer la Odisea: Homero puede hablar abiertamente del deseo y, sin embargo, dejar el acto sexual fuera de escena.

Calipso ofrece a Odiseo cuanto parece inalcanzable para un mortal: la compañía de una diosa, una isla aparentemente apartada del sufrimiento humano y hasta la posibilidad de no envejecer ni morir. Pero él quiere volver a Ítaca. La promesa de inmortalidad no puede compensar la pérdida de la vida que anhela recuperar junto a Penélope (5.201–227).

El aislamiento de la isla parece reflejar también el de su dueña. Homero describe un lugar de extraordinaria belleza, rodeado de bosques, fuentes y praderas floridas, que incluso Hermes se detiene a admirar. Pero está lejos de todo. El mensajero de los dioses ha tenido que atravesar una inmensidad de mar para llegar hasta allí, y Calipso le recuerda que sus visitas son poco frecuentes (5.55–102). El poema no nos dice si la diosa era desdichada antes de conocer a Odiseo, pero permite imaginar su soledad. Tiene belleza, poder e inmortalidad, y vive en un paraíso que no puede compartir con quien desea. ¿De qué sirve un paraíso así? Calipso puede ofrecer a Odiseo la vida eterna, pero no conseguir que quiera quedarse. Y, al intentar retenerlo, convierte su propia infelicidad en el cautiverio de otro. Para ella, Odiseo representa quizá la posibilidad de escapar de la soledad; para él, aquella isla maravillosa se ha convertido en una prisión.

El poema no relata el comienzo de esa relación, y sería aventurado atribuir un mismo sentimiento a todos los años de convivencia. Lo que sí muestra con claridad es la situación cuando Homero nos presenta por primera vez a Odiseo. Durante el día, Odiseo permanece junto al mar, llorando y añorando su patria. Por las noches sigue compartiendo el lecho con Calipso, pero Homero contrapone sus voluntades: «él sin quererlo, ella deseándolo» (Odisea, 5.151–158). El verso añade ἀνάγκῃ, «por fuerza» o «por necesidad». No se trata simplemente de que ella lo desee más. En ese momento, Odiseo no quiere compartir el lecho y tampoco puede decidir cuándo abandonar la isla.

Zeus, atendiendo la intervención de Atenea, ordena que Odiseo sea liberado, y Hermes transmite la decisión. Calipso protesta. Acusa a los dioses varones de censurar a las diosas que toman por amantes a hombres mortales, mientras ellos se permiten relaciones semejantes (5.118–144). Su denuncia de esa desigualdad no carece de fundamento dentro del mundo del poema.

Pero ambas cosas pueden ser ciertas a la vez: Calipso puede tener motivos para quejarse de los demás dioses y, al mismo tiempo, retener a un hombre que desea marcharse. La desigualdad del deseo se convierte aquí en algo más grave porque la voluntad de uno se impone sobre la del otro.

Fotografía de E. F. Keppel de 1910: figura de Calipso en la pintura mural de la tumba de Deméter de Kerch. Acuarela de P. Ridiger de 1896: figura de Calipso en la misma pintura mural de la tumba de Deméter de Kerch.
Calipso (ΚΑΛΥΨΩ). Pintura mural de la llamada tumba de Deméter, construida y decorada a comienzos del siglo I d. C., descubierta en 1895 en Kerch, la antigua Panticapea, a orillas del mar Negro. La figura de Calipso se encontraba a la derecha de la entrada, frente a la representación de Hermes, situada a la izquierda. A la izquierda, fotografía de E. F. Keppel, 1910. A la derecha, acuarela de P. Ridiger, 1896, que reproduce la misma pintura mural. Archivo Científico del Instituto de Historia de la Cultura Material de la Academia Rusa de Ciencias (ИИМК РАН). Fotografía original · Acuarela original. Agradecemos al Archivo Científico del IIMK RAN su colaboración.

Con Circe sucede casi lo contrario. La hechicera ha convertido a los compañeros de Odiseo en cerdos. Hermes le proporciona a este una hierba protectora y le indica cómo actuar. Cuando el hechizo fracasa, Odiseo desenvaina la espada y la amenaza teatralmente. Circe se abraza a sus rodillas y, al reconocerlo como el hombre cuya llegada Hermes le había anunciado, lo invita a compartir su lecho (10.310–335).

La propuesta de Circe tiene una finalidad expresa: que, unidos en el lecho, ambos lleguen a confiar el uno en el otro. Odiseo, sin embargo, no acepta sin más. ¿Cómo confiar en quien acaba de transformar a sus compañeros en animales? Teme una nueva trampa y exige un juramento: Circe debe prometer que no le hará daño. Solo después de que ella jure se acuestan juntos (10.333–347).

La escena es desconcertante. Homero no explica por qué Circe convierte a los hombres en cerdos. Su repentino cambio de actitud se produce al reconocer a Odiseo, pero la invitación a compartir su lecho no deja de resultar sorprendente. El lecho no aparece como la consecuencia natural de una confianza ya existente, sino como el medio que ella propone para crearla. Odiseo, por su parte, solo accede después de obtener una garantía. El encuentro nace de una confrontación y una victoria, no de una seducción sin conflicto.

Circe devuelve a los compañeros su forma humana, los recibe en su casa y todos permanecen allí un año. Cuando llega el momento de reanudar el viaje, es ella quien explica a Odiseo cómo consultar a los muertos y cómo afrontar los peligros que le esperan. La antigua enemiga se ha convertido en anfitriona, amante y consejera.

¿Se ha enamorado de Odiseo? Homero no lo dice. Tampoco sabemos qué siente ella ante la despedida. Durante aquel año comparten casa y lecho, pero son los compañeros quienes recuerdan al héroe que debe pensar en el regreso (10.466–474). Odiseo pide entonces ayuda a Circe para continuar el viaje, y ella se la presta. A diferencia de Calipso, no intenta retenerlo. Las dos relaciones incluyen sexo y hospitalidad divina, pero se desarrollan bajo condiciones muy distintas.

Detalle de una crátera ática de figuras rojas: Odiseo persigue a Circe con la espada.
Odiseo persigue a Circe con la espada. Detalle de una crátera de cáliz ática de figuras rojas, atribuida al Pintor de Perséfone, hacia 440 a. C. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York, inv. 41.83. Fotografía procedente de The Metropolitan Museum of Art, Open Access. Dominio público. Imagen recortada.

Odiseo llega a la tierra de los feacios desnudo, exhausto y necesitado de ayuda. Nausícaa lo acoge, le proporciona ropa y alimentos y le indica cómo presentarse ante sus padres. Atenea realza entonces la apariencia del náufrago. Al contemplarlo, la joven confiesa a sus sirvientas que desearía tener un marido semejante (6.232–245).

El propio Alcínoo, padre de Nausícaa, expresa el deseo de tener a Odiseo como yerno si este decidiera quedarse entre los feacios (7.311–316). Pero Odiseo no elige ese futuro. Una nueva casa, una nueva esposa y una nueva vida no son lo que busca. Quiere regresar a Ítaca y a Penélope, y recuperar así la vida que considera suya.

Entre Nausícaa y Odiseo no hay una relación sexual, ni el poema convierte su encuentro en una historia de amor. La joven confía su deseo a sus sirvientas, no a Odiseo; él acepta su ayuda sin hacerle ninguna promesa. Hay hospitalidad, admiración y una posibilidad de matrimonio que nunca llega a convertirse en compromiso. Para Nausícaa, el encuentro abre la posibilidad de un futuro diferente; para Odiseo, representa un paso más hacia Ítaca.

No todas las formas del deseo acaban en el lecho.

Odiseo, Atenea, Nausícaa y sus sirvientas en una ánfora ática de figuras rojas.
Odiseo y Nausícaa. Ánfora ática de cuello de figuras rojas, hacia 450–440 a. C., atribuida al Pintor de Nausícaa. Staatliche Antikensammlungen, Múnich, inv. 2322; altura: 51 cm. La escena representa el encuentro narrado en el canto VI de la Odisea, con la presencia de Atenea y las sirvientas de Nausícaa. En el poema, este encuentro abre una posibilidad matrimonial que nunca llega a realizarse. Fotografía de ArchaiOptix, vía Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

De todas las divinidades, Atenea es quien mantiene con Odiseo el vínculo más estrecho y duradero, aunque el poema nunca lo presenta como erótico. Lo protege, cambia su apariencia cuando es necesario, lo aconseja y lo ayuda a recuperar su casa. Más que su belleza o su fuerza, lo que parece atraer a la diosa es su inteligencia.

Cuando Odiseo desembarca en Ítaca, Atenea se le presenta disfrazada y él responde con una historia inventada. Ella descubre el engaño inmediatamente, pero, lejos de indignarse, sonríe y celebra que ambos sean extraordinariamente hábiles en la astucia: él entre los mortales y ella entre los dioses (13.287–299). Pocas escenas muestran con tanta claridad el entendimiento entre ambos.

En la tradición griega, Atenea es una diosa virgen, y Homero no atribuye deseo sexual a ese vínculo. Sin embargo, su protección dista de ser impersonal. Hay confianza, ironía compartida y colaboración. No son iguales: ella puede transformar su apariencia y decidir cuándo intervenir; él depende de una ayuda que no puede exigir. Pero, a pesar de esa desigualdad, existe entre ambos una complicidad que no encontramos en sus relaciones con Calipso o Circe.

La Odisea presenta, por tanto, una profunda cercanía entre un mortal y una diosa que no tiene carácter erótico. En este caso, la intimidad nace, sobre todo, de una manera semejante de mirar el mundo.

Lekythos ática con el busto de Atenea y una rama de olivo.
Atenea y la rama de olivo. Pequeño lécito ático de cuerpo achatado, de figuras rojas, siglo V a. C.; altura: 11,4 cm. La decoración reúne el busto de Atenea, con su característico casco, y una rama de olivo, símbolo del regalo de la diosa a la ciudad de Atenas. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York, inv. 75.2.22. Imagen: The Metropolitan Museum of Art, Open Access. Dominio público.

Los dioses también desean, y también engañan

Sección titulada «Los dioses también desean, y también engañan»

La queja de Calipso acerca de la doble moral divina no carece de fundamento. Ella misma recuerda los amores de Deméter con Iasión y de Eos con Orión: dos diosas que amaron a hombres mortales, cuyos amantes acabaron muriendo a manos de otros dioses. Ártemis mató a Orión y Zeus fulminó a Iasión con su rayo (5.118–128). El poema relata también un encuentro de naturaleza mucho más inquietante. Poseidón adopta la apariencia de Enípeo, el dios fluvial del que Tiro estaba enamorada, y se acuesta con ella. De aquella unión nacen Pelias y Neleo (11.235–259). Aquí, el deseo divino se sirve directamente del engaño.

Estatuilla de terracota de Tiro, sentada sobre una roca y con una mano ante el rostro; delante de ella, sus hijos recién nacidos aparecen expuestos en una cuna sobre las aguas.
Tiro (Τυρώ) contempla a sus hijos abandonados. Estatuilla de terracota procedente de Tanagra, fechada hacia 300–250 a. C. La joven, sentada sobre una roca, se lleva una mano al rostro en un gesto de angustia mientras contempla a sus hijos recién nacidos, Pelias y Neleo, expuestos en una cuna sobre las aguas del río. Según la tradición mitológica, ambos eran fruto de su unión con Poseidón, quien había adoptado la apariencia del dios fluvial Enípeo, del que Tiro estaba enamorada. Homero relata el engaño y el nacimiento de los gemelos (Odisea 11.235–259), pero no el episodio de su abandono, que conocemos por otras tradiciones. Museo Arqueológico Nacional de Atenas, Colección de Figurillas de Terracota, inv. A 4721. Altura: 18 cm. Fotografía: Hellenic National Archaeological Museum, Athens, Archive. Photograph: Irini Miari. Derechos: © Hellenic Ministry of Culture – Hellenic Organization of Cultural Resources Development (H.O.C.RE.D.). Imagen reproducida con autorización del Museo Arqueológico Nacional de Atenas, n.º 6775/02.11.2026, al que agradecemos sinceramente su atención y colaboración para hacer posible su publicación en El mundo de la Odisea. Ficha de la pieza en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas.

Los dioses poseen poderes de los que carecen los mortales. Pueden cambiar de apariencia, desaparecer o imponer su voluntad por la fuerza. No todas las historias divinas son iguales, pero cuando uno de los protagonistas posee semejante poder, las condiciones del encuentro cambian. Ni la belleza de un dios ni la gloria de engendrar héroes borran esa desigualdad.

Y, sin embargo, Homero también sabe reírse de los inmortales. En el canto que Demódoco interpreta ante los feacios, Ares y Afrodita se encuentran a escondidas en la cama de Hefesto. El esposo engañado fabrica una red invisible que los atrapa cuando se acuestan juntos y convoca a los demás dioses para que contemplen a los amantes inmovilizados. Los dioses acuden y estallan en carcajadas, mientras las diosas permanecen en sus casas por pudor. Apolo pregunta entonces a Hermes si aceptaría verse atrapado de aquella manera a cambio de acostarse con Afrodita. Hermes responde que sí, aunque lo sujetaran tres veces más cadenas y todos los dioses y diosas estuvieran contemplándolo. Finalmente, Poseidón interviene para conseguir la liberación de Ares (8.266–366).

Pintura mural romana de Ares y Afrodita, con Eros y otra figura femenina.
Ares y Afrodita. Pintura mural romana del siglo I d. C., procedente de la Casa del Amor Castigado (VII.2.23), en Pompeya. Afrodita aparece sentada mientras Ares, reconocible por su casco, se inclina hacia ella y la acaricia. Eros y otra figura femenina completan la escena. Aunque representa a los dos amantes, la pintura no ilustra directamente el episodio de la red de Hefesto narrado en la Odisea (8.266–366). Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, inv. 9249. Fotografía de ArchaiOptix, vía Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

El adulterio divino se convierte así en una comedia de engaños, celos y humillación pública, en la que incluso la situación comprometida de los amantes provoca la risa. Entre los mortales, en cambio, la infidelidad puede tener consecuencias mucho más sombrías. Ese contraste entre el mundo de los dioses y el de los mortales forma parte también de la ironía homérica.

Fidelidad y libertad: no se espera lo mismo de todos

Sección titulada «Fidelidad y libertad: no se espera lo mismo de todos»

Penélope aguarda en Ítaca, resiste las presiones de los pretendientes y lucha por conservar su casa y su lugar en ella. Odiseo, mientras tanto, comparte el lecho con Circe y Calipso. Sin embargo, sus experiencias con ambas diosas no son equivalentes: con Circe acepta acostarse después de exigir un juramento; con Calipso, cuando lo encontramos por primera vez, permanece contra su voluntad. Y, pese a ello, el poema no presenta ninguna de esas relaciones como un impedimento para que regrese junto a Penélope como su esposo. La fidelidad matrimonial no se exige de la misma manera a ambos.

El ejemplo de Clitemnestra es revelador. Su relación con Egisto y el asesinato de Agamenón aparecen repetidamente como una imagen terrible de los peligros que puede entrañar el regreso. Su historia sirve de contrapunto a la larga espera de Penélope, aunque el relato homérico no debe confundirse con las tragedias que se escribirán siglos después.

Pero hablar de fidelidad, adulterio o elección presupone cierta libertad para decidir. Las diferencias en el deseo no implican necesariamente imposición: dos personas pueden querer cosas distintas sin que ninguna someta a la otra. Sin embargo, la Odisea también presenta relaciones en las que la libertad para negarse, o sencillamente para marcharse, es mucho menos evidente.

Estatua romana tradicionalmente identificada como Penélope, sentada y velada, con una mano sobre el rostro.
Estatua tradicionalmente identificada como Penélope. Escultura romana de mármol del siglo I d. C., copia de un original griego de mediados del siglo V a. C. La figura aparece sentada, con la cabeza velada y una mano apoyada en el rostro. Esta postura se repite en otras representaciones antiguas de Penélope, como el anillo de oro reproducido en El secreto de Penélope y el vaso del Pintor de Penélope que puede verse en El paso del tiempo en la Odisea. Estas semejanzas apoyan su identificación, aunque no la hacen completamente segura. Museo Pío-Clementino, Museos Vaticanos, Ciudad del Vaticano, inv. 754. Fotografía procedente de Project Gutenberg, vía Wikimedia Commons. Dominio público.

Las sirvientas: el lado más duro de la casa

Sección titulada «Las sirvientas: el lado más duro de la casa»

Entre las mujeres de la casa de Odiseo hay esclavas que mantienen relaciones con los pretendientes. Melanto es la más visible: Penélope la había criado y querido como a una hija, pero ella estaba enamorada de Eurímaco y se acostaba con él. También se burla del mendigo sin saber que es su señor (18.321–339; 19.65–95).

Tras la muerte de los pretendientes, Odiseo pregunta a Euriclea cuáles de las cincuenta esclavas de la casa le han sido desleales. Ella señala a doce. Las mujeres son obligadas a retirar los cadáveres y limpiar el salón. Odiseo ordena después que las maten con espadas, pero Telémaco decide ahorcarlas, porque considera que no merecen una muerte limpia (22.417–473). Es una escena brutal que no debería quedar reducida a un apéndice sobre los castigos por adulterio.

Euriclea, Odiseo y Telémaco consideran culpables a esas mujeres de haber deshonrado la casa. Pero eran esclavas. Desconocemos qué margen de decisión tuvo cada una en sus relaciones con los pretendientes y qué presiones pudieron sufrir. Homero nos dice que Melanto amaba a Eurímaco, pero no ofrece una explicación semejante para las otras mujeres. Tampoco podemos suponer que todas gozaran de libertad para negarse. La condena que pesa sobre ellas y nuestra incertidumbre acerca de su situación deben leerse juntas.

La sexualidad no ocupa aquí el espacio de una aventura sentimental. Forma parte de una relación de dependencia y de la violencia con que los vencedores restablecen el orden de la casa.

Véase también: Cuando nadie firmaba nada.

No todas las formas de parentesco y deseo reciben la misma atención. En la isla de Eolo, el poeta menciona sin comentario que el señor de los vientos ha dado a sus seis hijas en matrimonio a sus seis hijos (10.5–11). En el mundo de los muertos, Odiseo encuentra a Epicaste, que se había casado sin saberlo con su hijo Edipo y, cuando se descubrió la verdad, se quitó la vida. Edipo, sin embargo, continuó reinando en Tebas (11.271–280). Son dos historias de uniones entre parientes, pero de naturaleza muy distinta. La segunda no debe reconstruirse automáticamente a partir de las tragedias posteriores, en las que la madre de Edipo recibe habitualmente el nombre de Yocasta.

Hay también ausencias que conviene señalar. La Odisea no narra de manera inequívoca ninguna relación sexual o erótica entre personas del mismo sexo. Esto marca un límite de lo que cuenta el poema, pero no permite extraer conclusiones sobre todas las prácticas o experiencias posibles en el mundo griego. Tampoco sería riguroso trasladar sin más a esta obra el debate sobre Aquiles y Patroclo, que pertenece a otro poema y a una tradición interpretativa diferente.

Después de Circe y Calipso, de los dioses que cambian de aspecto, de posibles matrimonios y de las fidelidades desiguales, la Odisea vuelve a una cama. Tiene adornos de oro, plata y marfil, pero no es su lujo lo que la hace especial. Es el lecho que Odiseo construyó alrededor del tronco de un olivo arraigado en la tierra.

Cuando Penélope, todavía cautelosa, ordena que preparen fuera del dormitorio el lecho matrimonial, Odiseo se indigna. Sabe que trasladarlo sería imposible sin destruirlo: él mismo había convertido el tronco del árbol en uno de los postes del lecho y edificado la habitación a su alrededor. Al escucharlo, Penélope reconoce finalmente a su esposo (23.174–230).

No se reconocen mediante una declaración de amor. Se reconocen gracias a un trabajo realizado muchos años atrás, a un secreto de su vida en común. El lecho habla de intimidad, pero también de memoria, de una casa y de todo lo que ambos han intentado conservar. Su fuerza está en que no puede separarse del lugar donde creció el olivo.

En ese momento Homero compara la alegría de Penélope con la de unos náufragos que, tras perder su nave, alcanzan la costa y escapan del peligro (23.233–240). La imagen sorprende porque el viajero y náufrago de la historia es Odiseo. Sin embargo, quien ahora llega a tierra firme es su esposa. Ella también ha atravesado una larga espera, aunque no haya salido de Ítaca. Atenea llega incluso a prolongar la noche, retrasando la aparición de Aurora para que los esposos puedan disfrutar de su reencuentro.

Y todavía falta un último gesto. Una vez reconocidos, los esposos vuelven a su habitación. Homero cuenta que disfrutan del amor y, después, de contarse cuanto les ha sucedido durante la separación (23.296–343). El encuentro no termina, por tanto, con la prueba del olivo. También hay una unión física, pero el poeta la acompaña de una conversación: ambos necesitan recuperar, mediante las palabras, los años que no compartieron.

Empezamos con Odiseo mirando el mar que lo separa de Ítaca, retenido por una diosa. Terminamos con Penélope y Odiseo en un lecho arraigado en la tierra. Entre esas dos imágenes cabe buena parte de lo que el poema tiene que decir sobre el sexo y el amor: no siempre coinciden el deseo, la convivencia, la confianza y la libertad. Al final, sin embargo, la intimidad recuperada les permite compartir tanto el cuerpo como la palabra.

La belleza como camino hacia la perdición

El secreto de Penélope

Las mujeres en la Odisea

Salvo indicación expresa, las traducciones de textos antiguos son del autor.

Versión editorial 2.9 · 3 de noviembre de 2026