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Ogigia y Calipso: la estancia y la partida

Después de Trinacia, Odiseo ya no navega con una tripulación ni conserva una nave. Zeus ha destruido la última; todos sus compañeros han muerto. Sujetándose al mástil y a la quilla, vuelve a pasar por Caribdis, se aferra a una higuera y, cuando los restos de la embarcación reaparecen, se deja llevar de nuevo. Deriva nueve días y llega a Ogigia en la décima noche.

Es un cambio decisivo en el viaje: desde aquí el héroe está solo. Pero el poema no cuenta esta llegada donde cronológicamente esperaríamos encontrarla. La estancia con Calipso aparece al comienzo de la Odisea, en el libro 5; la catástrofe de Trinacia y el arribo a Ogigia los narra el propio Odiseo mucho después, ante los feacios, en los libros 9–12. Para entender ese desplazamiento conviene recordar cómo cuenta la Odisea y distinguir el orden del relato del orden de los hechos.

Calipso es una ninfa divina, una diosa e hija de Atlas en Homero. Su nombre griego, Καλυψώ (Kalypsṓ, «Calipso»), se ha relacionado probablemente con καλύπτω (kalýptō, «cubrir» o «ocultar»); la asociación resulta sugerente para una figura que mantiene oculto a Odiseo, pero no autoriza a convertir esa etimología en una definición cerrada del personaje.

Ogigia no se presenta como una isla tropical ni como un Edén. Es una morada remota, sin la red humana de puertos, ciudades, huéspedes y parentescos que hace posible el regreso. Cuando Hermes llega, encuentra ante la cueva un fuego de cedro y sándalo olorosos; dentro, Calipso canta mientras teje. Alrededor crecen alisos, álamos y cipreses, anidan aves marinas, una vid carga uvas y cuatro fuentes riegan un prado de violetas y apio. Es una descripción de abundancia y belleza, pero también de aislamiento.

El contraste organiza toda la escena. Hermes contempla un lugar admirable; Odiseo, en cambio, pasa los días sentado en la orilla, llorando y mirando el mar. No desea instalarse allí: desea el nóstos. Ogigia funciona por eso como un encierro narrativo. No hace falta llamarlo sin más «prisionero»: Calipso lo cuida, comparte su lecho y finalmente le presta ayuda. Pero él no puede partir por sus propios medios, y la belleza de la isla no sustituye a Ítaca. La distancia no se mide aquí en millas, sino en la ausencia de todo aquello que permite a un viajero convertirse de nuevo en huésped, marido, padre y rey. La belleza como camino hacia la perdición sitúa esta belleza y esta retención dentro de una reflexión más amplia sobre deseo, poder y decisión.

La relación entre ambos tampoco debe suavizarse. El poema dice que por la noche Odiseo yace con Calipso «sin querer él, queriendo ella»; durante el día lo vemos llorar por el retorno. Esa asimetría textual importa más que cualquier etiqueta moderna aplicada sin matices. La escena forma parte de la reflexión más amplia sobre el sexo en la Odisea: el deseo, la hospitalidad, el poder y la vulnerabilidad no se distribuyen de manera igual entre los personajes.

Odiseo ha permanecido siete años completos en Ogigia. Al comenzar el libro 5, está empezando el octavo: el año en que se prepara su salida. La cifra no convierte la estancia en una cronología continua y detallada: el poema condensa ese tiempo para mostrar una situación inmóvil, el héroe separado de su casa mientras los demás conflictos avanzan en Ítaca.

La iniciativa no nace de una decisión súbita de Calipso. Atenea recuerda a Zeus que Odiseo sigue retenido; Zeus decide que debe volver y encarga a Hermes que comunique la orden. Hermes es el mensajero, no quien resuelve el caso. La jerarquía importa: la partida depende de una decisión divina tomada fuera de Ogigia, no de que Odiseo consiga imponerse ni de que Calipso cambie espontáneamente de parecer.

Calipso protesta. Recuerda las relaciones de Eos con Orión y de Deméter con Yasión para denunciar que los dioses toleran peor que una diosa ame a un mortal. El reproche pone sobre la mesa un doble rasero real en el mundo divino. Pero el episodio no queda agotado por esa protesta: la misma diosa que denuncia esa desigualdad está reteniendo a un mortal que quiere irse. El poema deja ambas tensiones a la vista, sin ofrecer una reconciliación cómoda.

La duración de la estancia se entiende mejor si se compara con el paso del tiempo en la Odisea. Siete años pueden ocupar pocas escenas, mientras una sola noche de peligro recibe una narración minuciosa. El tiempo del poema no es un calendario neutral: se expande donde una decisión, un riesgo o un reconocimiento necesitan ser vistos.

Penélope, inmortalidad y una promesa que no basta

Sección titulada «Penélope, inmortalidad y una promesa que no basta»

El problema de la inmortalidad se introduce en el episodio. Calipso dice a Hermes que habría querido hacer a Odiseo inmortal y sin vejez. Más tarde, al hablar directamente con él, le plantea que podría quedarse libre de muerte y de edad. Y Odiseo cuenta a Arete, en el libro 7, que Calipso deseaba concederle esa condición, aunque no consiguió persuadirlo.

No se trata, por tanto, de una fantasía moderna añadida al relato: el poema formula la alternativa. Odiseo reconoce incluso que Penélope no puede igualar a una diosa en hermosura o estatura y que es mortal. Aun así, desea regresar a su casa y ver el día de su vuelta. La oposición no es simplemente entre dos mujeres; es entre una existencia fuera del desgaste humano y una vida finita, situada en una esposa, una casa, una isla y una historia propias.

Odiseo desconfía cuando Calipso anuncia que le ayudará: teme un nuevo engaño en el mar. Ella jura por la tierra, el cielo y las aguas de la Estigia —el juramento más solemne entre los dioses— que no prepara para él ningún daño y que le dará el mejor consejo. La promesa no borra lo anterior, pero permite que la partida se vuelva posible.

La embarcación de Odiseo recibe el nombre de σχεδίη (skhedíē, «balsa» o «embarcación improvisada»). Traducirla simplemente como «balsa» es tradicional y útil, pero la descripción homérica es más compleja que la imagen de unos troncos atados a la deriva. El poema se detiene en una construcción deliberada, con piezas ajustadas, mástil, vela y gobierno.

Calipso entrega a Odiseo un hacha de bronce con mango de olivo y una azuela; le muestra los árboles apropiados —aliso, álamo y abeto— y después lleva las barrenas y la tela para la vela. Odiseo tala veinte troncos, los desbasta y alinea, perfora las piezas y las une con clavijas y ensambladuras. La comparación con un carpintero que construye el casco de una nave sugiere escala y oficio, no una improvisación sin técnica.

Luego hace la cubierta, coloca costillas y bordas, prepara mástil, verga y un remo de gobierno. Añade ramas de sauce y maleza como protección frente al agua, y monta la vela con sus cabos. Calipso completa la ayuda práctica: provisiones, agua, vino, ropa limpia y, finalmente, un viento favorable. El trabajo dura cuatro días; en el quinto, Odiseo parte.

Esa atención material evita dos errores opuestos. No conocemos una reconstrucción arqueológica exacta de la skhedíē, pero tampoco es exacto imaginar una plataforma rudimentaria sin maniobra. El episodio sabe que salir al mar exige madera, herramientas, cálculo, alimentos, una vela y alguna forma de dirigir la nave. Para el vocabulario y las prácticas marítimas del poema, conviene leer también cómo era el mar y la navegación de Odiseo.

Sección titulada «Navegar solo: estrellas, tormenta y Esqueria»

Ya en el mar, Odiseo navega siguiendo las Pléyades, el Boyero de ocaso tardío y la Osa —también llamada el Carro—, que Calipso le ha ordenado mantener a la izquierda. El pasaje muestra una navegación orientada por astros reconocibles, no ofrece una latitud ni permite convertir el trayecto en una derrota cartográfica exacta. Zeus había anunciado a Hermes que, tras padecimientos, el héroe alcanzaría Esqueria en el vigésimo día; el relato cuenta diecisiete jornadas y la visión de la isla al decimoctavo. Las dos referencias ordenan dramáticamente la travesía, pero no permiten calcular una distancia ni reconstruir una aparente discrepancia con seguridad.

Entonces regresa Poseidón de entre los etíopes y, desde los montes Solimos, ve al héroe cerca de la tierra feacia. El dios reúne los vientos de oriente, sur, poniente y norte y desata una tormenta que despedaza la embarcación. Su hostilidad procede del episodio de Polifemo: Odiseo ha cegado a su hijo, y el regreso queda sometido a esa enemistad divina.

La ayuda llega de Leucótea, antes la mortal Ino y ahora una diosa marina. Le ofrece un velo para atarlo bajo el pecho, le ordena abandonar la skhedíē cuando alcance tierra y devolver el velo al mar sin mirar atrás. Odiseo duda antes de confiar en ella: una nueva ayuda divina puede ocultar un riesgo. Cuando la nave se rompe, sigue el consejo. Atenea contiene los otros vientos y deja que el del norte calme el oleaje lo suficiente para que el héroe sobreviva.

Odiseo no llega a Esqueria como quien entra en un puerto conocido. Tras luchar contra la costa rocosa, encuentra la desembocadura de un río, se arrastra a tierra y duerme bajo hojas amontonadas. La solitaria isla de Calipso ha quedado atrás y comienza otra etapa, la de los feacios, donde el náufrago volverá a ser recibido por una comunidad humana.

Homero no proporciona coordenadas que permitan situar Ogigia con seguridad. La isla sirve en el poema como un confín apartado y como una interrupción del regreso, no como un punto verificable de una carta náutica. En ese sentido pertenece al problema más amplio de los confines del mundo homérico: el poema organiza direcciones, travesías, vientos y umbrales, pero no entrega un mapa que podamos trasladar sin pérdida al Mediterráneo moderno. Por eso las identificaciones modernas o antiguas deben leerse como recepciones y propuestas, no como la solución de un acertijo geográfico.

Gozo ha sido relacionada con Ogigia a partir de una tradición antigua vinculada a Calímaco y transmitida por Estrabón, en la que aparecen los topónimos Gaudos/Gaulos; la relación exacta entre esas formas antiguas y la Gozo moderna es discutida. Es una asociación de larga vida y ayuda a explicar por qué la isla ocupa ese lugar en la imaginación mediterránea; no transforma a Gozo en la coordenada demostrable de Homero. Plutarco, por su parte, sitúa una Ogigia muy al oeste de Britania, a cinco días de navegación: es una cosmografía posterior, no una indicación del poema homérico.

Hay además otra genealogía antigua. La Teogonía atribuida a Hesíodo hace de Calipso una oceánide, hija de Océano y Tetis, y le asigna hijos distintos; no coincide con la hija de Atlas de la Odisea. La divergencia recuerda que no existe una mitología única, fija y sin estratos. Para ese horizonte, véase la ficha de Hesíodo, Teogonía.

Ogigia queda así mejor entendida por sus contrastes que por una etiqueta en el mapa: una isla hermosa sin libertad de partida donde anida la infelicidad; una oferta de inmortalidad frente a un regreso mortal; una etapa cronológicamente posterior a Trinacia, pero narrada antes de que Odiseo cuente sus errancias. En el mapa crítico del periplo, su lugar es indispensable para ordenar la historia, aunque su ubicación siga abierta.

Salvo indicación expresa, las traducciones de textos antiguos son del autor.

Versión editorial 2.9 · 3 de noviembre de 2026