Ir al contenido

La venganza de Odiseo y Telémaco

El regreso de Odiseo a Ítaca no concluye al pisar la isla. Puede ocultar sus bienes y recuperar aliados, pero su casa sigue ocupada y su nombre no puede pronunciarse sin peligro. Los libros finales convierten el regreso en otra cuestión: quién puede volver a mandar en una casa que otros hombres han consumido, administrado y puesto en suspenso durante años.

La respuesta del poema es violenta, pero no simple. Los pretendientes no forman un grupo homogéneo, la responsabilidad individual no es idéntica en todos y la matanza no resuelve por sí sola la crisis de Ítaca. Incluso después de muertos, algunos intentarán explicar lo sucedido; sus padres y hermanos reclamarán a su vez venganza. La recuperación de una casa amenaza así con destruir otras.

El poema cuenta ciento ocho pretendientes: cincuenta y dos de Duliquio, veinticuatro de Same, veinte de Zacinto y doce de Ítaca (Odisea 16.245–253). La cifra presenta un grupo muy grande; la narración, en cambio, individualiza sobre todo a unos pocos.

Antínoo concentra la iniciativa más frontal. Impulsa la emboscada contra Telémaco, sostiene una línea hostil en las deliberaciones y agrede al mendigo que es Odiseo. Eurímaco es más persuasivo y adaptable: corteja a Penélope, participa en los planes contra Telémaco y, una vez muerto Antínoo, intenta atribuirle la responsabilidad para negociar con Odiseo. Cuando la negociación fracasa, combate. Ambos son principales, pero no idénticos.

Anfínomo ocupa una posición más incómoda. Homero lo presenta como uno de los pretendientes más sensatos y Penélope aprecia sus palabras. Cuando se plantea asesinar a Telémaco, no rechaza el crimen de manera absoluta: propone consultar primero a los dioses y acepta que, si Zeus lo aprueba, él mismo participará. Más tarde trata con cortesía al mendigo, le ofrece comida y recibe de Odiseo una advertencia casi directa para que abandone la casa antes del regreso de su dueño. Comprende que algo terrible se acerca, pero permanece con los demás y acaba muriendo a manos de Telémaco (Odisea 16.394–406; 18.119–157; 22.89–94).

Leodes, adivino de los pretendientes, constituye otro caso distinto. Durante la matanza suplica a Odiseo y afirma que desaprobaba a los demás, pero no obtiene perdón (Odisea 22.310–329). Su caso confirma que la especialización ritual no protege frente a la violencia final. Estas diferencias no absuelven al grupo ni convierten a todos sus miembros en inocentes; sí impiden afirmar que los ciento ocho tengan una responsabilidad individual idéntica.

Lo que buscaban requiere el mismo cuidado. Pretenden casarse con Penélope y con ello alcanzar una relación decisiva con el oîkos de Odiseo: sus bienes, su prestigio y una posible preeminencia política. Pero la Odisea no explica un mecanismo sucesorio que permita afirmar que el matrimonio con Penélope convirtiera automáticamente a uno de ellos en rey de Ítaca. La autoridad, el matrimonio y la continuidad de la casa quedan deliberadamente entrelazados, no reducidos a una regla constitucional.

Los pretendientes consumen los bienes de la casa, presionan a Penélope, humillan a Telémaco y ocupan durante años un espacio que no les pertenece. Algunos son individualizados en agresiones concretas; el grupo acuerda además emboscar y matar a Telémaco antes de que pueda consolidar su posición. Conviene no convertir cada una de esas acciones en una acusación idéntica contra los ciento ocho.

La ocupación de la casa es también una inversión de la xenía, relación de acogida, reciprocidad y protección fundamental en el mundo homérico, no un código legal moderno. Durante el viaje, Odiseo depende una y otra vez de que el extranjero sea recibido, alimentado y protegido. Polifemo destruye la hospitalidad porque rechaza al huésped y lo devora; los pretendientes la destruyen porque abusan de ella: entran como huéspedes y la convierten, colectivamente, en apropiación hasta comportarse como dueños. Para el extremo opuesto del contraste, véase Polifemo y los cíclopes.

Eso explica la lógica de los preparativos. Odiseo oculta su identidad, prueba fidelidades, retira las armas del salón y reúne aliados. Telémaco, Eumeo y Filetio saben cuándo deben actuar. La violencia final no es una explosión improvisada: ha sido preparada durante días como recuperación de la casa y de la autoridad que la sostiene.

Cuando Penélope propone la prueba del arco, Odiseo logra tensarlo. Su primera flecha alcanza a Antínoo cuando levanta una copa; solo entonces revela quién es. Los demás comprenden que el hombre al que habían insultado y tolerado como mendigo es el dueño de la casa.

Eurímaco intenta abrir una negociación. Presenta a Antínoo como principal responsable y sostiene que este no buscaba únicamente a Penélope, sino también hacerse con el poder y eliminar a Telémaco. Propone devolver lo consumido y que cada pretendiente entregue además el valor de veinte bueyes en oro y bronce (Odisea 22.42–59).

La propuesta resulta especialmente reveladora porque intenta convertir el conflicto en una deuda cuantificable. Odiseo la rechaza: ni todos los bienes heredados de sus padres, multiplicados todavía por nuevas riquezas, bastarían ya para detenerlo. Para él, lo sucedido ha sobrepasado el punto en que puede repararse mediante una compensación material (Odisea 22.60–67).

Cuando comprende que no habrá acuerdo, Eurímaco llama a los demás a combatir, utiliza las mesas como protección y se lanza contra Odiseo. Una flecha lo alcanza en el pecho y le atraviesa el hígado. A partir de ahí, Telémaco, Eumeo y Filetio luchan junto a Odiseo, las salidas quedan controladas y los pretendientes van muriendo (Odisea 21.404–22.389).

Melantio auxilia activamente a los pretendientes e intenta proporcionarles armas. Eumeo y Filetio lo reducen; después recibe un castigo individual (Odisea 22.135–199; 22.474–477).

Odiseo, Telémaco y Eumeo combaten contra los pretendientes en el palacio de Ítaca, en una crátera de campana de figuras rojas.
La matanza de los pretendientes. Odiseo, Telémaco y Eumeo combaten contra los pretendientes en el palacio de Ítaca. Crátera de campana de figuras rojas, atribuida al Pintor de Ixión, Capua, hacia 330 a. C.; Musée du Louvre, inv. CA 7124. Fotografía: © 2004 GrandPalaisRmn (musée du Louvre) / Hervé Lewandowski. Fuente: Musée du Louvre.
La crátera documenta una recepción visual tardía de la escena; no reemplaza el desarrollo narrativo ni las cautelas de la Odisea.

La narración no organiza un proceso para cada uno. No obstante, Femio y Medonte sobreviven. El aedo alega que no ha elegido libremente el lugar desde el que cantaba y Medonte puede ser identificado como alguien que protegió a Telémaco. Esa distinción importa: demuestra que el episodio no funciona como una violencia completamente indiscriminada. No equivale, sin embargo, a un juicio individualizado de todos los pretendientes.

La diferencia entre Odiseo y Telémaco debe formularse como una lectura, no como un diagnóstico de sus emociones. Odiseo ha preparado el desenlace durante días: se disfraza, observa, prueba lealtades, reúne armas y aliados. La acción puede leerse como una recuperación calculada y restauradora de la casa y de su autoridad.

Telémaco participa en ese plan, pero ha vivido dentro de la ocupación de la casa, la humillación pública y la amenaza contra su propia vida. En él puede percibirse una dimensión más inmediata de la venganza. Eso no convierte a Odiseo en un hombre sin emoción ni a Telémaco en alguien irracional: marca, más bien, una diferencia de énfasis que el poema deja ver sin explicarla por completo.

Penélope ha mantenido la casa durante veinte años mediante espera, palabra, el engaño del telar y aplazamientos sucesivos. Pero queda al otro lado de la puerta cuando Odiseo y Telémaco la recuperan mediante la violencia. Las puertas se cierran; no presencia la revelación, la matanza ni la ejecución posterior. Euriclea le contará después lo ocurrido. El poema la mantiene fuera de esta fase de la acción; no dice por ello que la desapruebe. Para su lugar en el poema y para otras figuras femeninas, véanse El sexo en la Odisea y Las mujeres en la Odisea.

Euriclea habla de cincuenta sirvientas y señala a doce como desleales. Después de la matanza, esas doce retiran los cadáveres y limpian el salón antes de ser ejecutadas; Melanto es la única de ellas que la narración había individualizado de manera relevante (Odisea 22.421–473).

El texto las presenta como desleales. No nos permite saber, sin embargo, hasta qué punto sus relaciones con los pretendientes fueron voluntarias, interesadas, temidas, impuestas o una adaptación a los hombres que dominaban materialmente la casa. Eran esclavas, y no disponían de la autonomía de una mujer libre. No hace falta absolverlas de antemano, pero tampoco tratarlas simplemente como mujeres que pudieron elegir traicionar a Odiseo en condiciones equivalentes a las de los hombres libres.

Un lector moderno puede percibir aquí castigo colectivo, grados desiguales de responsabilidad, ausencia de un procedimiento individual y la ejecución de mujeres cuya libertad de elección no podemos medir. También puede sentir una violencia desproporcionada. Estas preguntas no se resuelven diciendo que «en aquella época era normal».

Dentro de la lógica del poema, los pretendientes han atacado durante años el oîkos, que no es solo una vivienda: comprende riqueza, dependientes, continuidad familiar, autoridad y prestigio. La matanza aparece por eso como restauración de un orden roto. Comprender por qué el poema la presenta de ese modo no obliga a considerarla justa según nuestros propios criterios.

La muerte de los pretendientes no es la última noticia que recibimos de ellos. El Libro 24 comienza con Hermes reuniendo sus almas y conduciéndolas al Hades. Las sombras avanzan chillando como murciélagos en una cueva, atraviesan las corrientes del Océano y llegan a la pradera de asfódelos.

Allí Agamenón reconoce a Anfimedonte, hijo de Melaneo. Lo recuerda porque él y Menelao se habían alojado en su casa de Ítaca cuando fueron a convencer a Odiseo para que participara en la expedición contra Troya. Le pregunta qué desastre ha podido acabar al mismo tiempo con tantos hombres jóvenes (Odisea 24.102–119).

Anfimedonte cuenta entonces la espera de Penélope, el engaño del sudario, el regreso de Odiseo, la prueba del arco y la matanza. Su relato conserva los hechos principales, pero los organiza desde el punto de vista de uno de los vencidos. No recuerda los planes para matar a Telémaco ni insiste en los años de consumo de los bienes de Odiseo; subraya, en cambio, la astucia de Penélope, la retirada de las armas y la situación desesperada de los hombres encerrados en el salón. Termina recordando que sus cadáveres continúan sin lavar, sin llorar y sin recibir todavía las honras funerarias (Odisea 24.120–190).

Agamenón extrae de aquella historia una conclusión distinta. No compadece a los pretendientes: proclama la gloria de Penélope y la contrapone a Clitemnestra. El relato del vencido acaba aumentando la fama de la mujer a la que los pretendientes habían acosado (Odisea 24.191–202). Para el reparto de voces y perspectivas en el poema, véase ¿Quién cuenta la Odisea?.

La matanza resuelve el problema dentro de la casa, pero crea inmediatamente otro fuera de ella. Cada pretendiente pertenece a una familia y cada cadáver puede producir un nuevo vengador.

Cuando los muertos son entregados a sus parientes, los habitantes de Ítaca se reúnen en asamblea. Eupites, padre de Antínoo, toma la palabra llorando a su hijo. Acusa a Odiseo de haber perdido primero a los hombres que partieron con él hacia Troya y de haber matado después, a su regreso, a los mejores jóvenes de Cefalonia. Para Eupites, no vengarlos dejaría una vergüenza que llegaría incluso a las generaciones futuras (Odisea 24.420–437).

Medonte interviene para recordar que Odiseo actuó con ayuda divina. Haliterses va más lejos: responsabiliza a los propios padres por no haber detenido a sus hijos cuando fueron advertidos. Más de la mitad de la asamblea acepta sus palabras y se retira; los demás siguen a Eupites y toman las armas (Odisea 24.438–471).

La violencia no se repite exactamente por los mismos motivos. Antínoo había contribuido a ocupar la casa de Odiseo y a poner en peligro a Telémaco; Eupites actúa movido por el dolor y por la obligación de vengar a su hijo. Pero el resultado es el mismo: una muerte genera una nueva reclamación de sangre.

En el combate final, Atenea devuelve a Laertes una fuerza casi juvenil. El anciano lanza su arma y mata a Eupites. El padre de Odiseo mata así al padre de Antínoo. Si la lógica continuara, esa muerte podría abrir otra deuda y después otra.

La Odisea no termina porque todos hayan llegado espontáneamente a un acuerdo sobre la justicia de la matanza. Termina porque los dioses deciden que la cadena debe detenerse.

Zeus establece las condiciones: Odiseo conservará el reino, los familiares deberán abandonar la venganza y la comunidad volverá a la amistad y la prosperidad. Atenea desciende entonces a Ítaca y ordena detener el combate. Incluso cuando Odiseo intenta todavía lanzarse contra sus adversarios, la intervención divina le impide continuar (Odisea 24.472–548).

El final conserva, por tanto, el resultado de la venganza pero cancela su continuación. Los pretendientes siguen muertos; Odiseo conserva la casa y el poder; sus familias no reciben una segunda reparación mediante la sangre. La paz no borra lo ocurrido, pero impide que cada muerte genere otra.

Ahí está el límite de la restauración violenta del oîkos. Odiseo puede recuperar su casa matando a quienes la ocupan; no puede, mediante otra muerte, garantizar que esa victoria sea aceptada por toda Ítaca. Para cerrar la historia hace falta algo que la venganza por sí sola no puede producir: que alguien declare que ya no habrá una siguiente.

Salvo indicación expresa, las traducciones de textos antiguos son del autor.

Versión editorial 2.9 · 3 de noviembre de 2026