En busca de Homero
El nombre de Homero está unido desde la Antigüedad a la Ilíada y la Odisea. Sin embargo, detrás de ese nombre apenas distinguimos a una persona: la figura del poeta se fue formando a lo largo de los siglos, entre testimonios, leyendas y biografías imposibles de verificar. Su fama es antigua; su vida, desconocida.
Buscar a Homero no consiste, por tanto, en reconstruir con anécdotas una biografía perdida. Consiste en examinar qué dicen de él los testimonios más antiguos, cómo imaginaron los griegos a su poeta y hasta dónde podemos llegar al estudiar la larga tradición oral de la que surgieron los poemas.
La palabra «autor» nos resulta cómoda, pero puede inducir a engaño. Componer un poema, recitarlo y fijarlo por escrito son actividades distintas, y no sabemos si las realizó una sola persona o varias. Podemos llamar autor a quien dio una forma decisiva a una tradición heredada, sin imaginar por ello a un escritor solitario que redacta y da por terminada su obra.
Es esa distancia entre el nombre célebre y la persona desconocida la que hace difícil la búsqueda. No se trata de negar a Homero, sino de averiguar qué podemos afirmar de él y qué pertenece a la imagen que los antiguos construyeron.
Cuando Homero aparece, ya es famoso
Sección titulada «Cuando Homero aparece, ya es famoso»Los testimonios más antiguos que conservamos no nos permiten seguir el nacimiento y desarrollo de Homero como figura cultural. Cuando aparece en ellos, su nombre ya es conocido y su autoridad está consolidada. Jenófanes, a finales del siglo VI a. C., critica a Homero y Hesíodo por atribuir a los dioses comportamientos que considera censurables entre los hombres: el robo, el adulterio y el engaño.
Heráclito, por su parte, fue todavía más severo: llegó a afirmar que Homero merecía ser expulsado de los certámenes poéticos y azotado (Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, 9.1; Heráclito, fr. B42 DK).
Le reprochaba, entre otras cosas, no comprender la importancia de la discordia. En la Ilíada, tras la muerte de Patroclo, Aquiles desea que desaparezca la discordia entre dioses y hombres (Ilíada, 18.107). Heráclito consideraba que, sin la oposición de los contrarios, el mundo no podría existir tal como lo conocemos: del mismo modo que no puede haber armonía musical sin sonidos graves y agudos, tampoco puede haber orden natural sin tensiones opuestas (Aristóteles, Ética eudemia, 1235a25–29).
También recordaba, para poner en duda la sabiduría de Homero, la historia de unos muchachos que lo habían engañado con un acertijo sobre los piojos, una anécdota que encontraremos después en las biografías del poeta (Heráclito, fr. B56 DK, conservado por Hipólito, Refutación de todas las herejías, 9.9.6).
A comienzos del siglo V a. C., Píndaro menciona a los Homéridas, a quienes llama «cantores de versos ensamblados» (Nemea 2.1). Su testimonio revela la existencia de una tradición de recitadores vinculada al nombre de Homero, aunque no nos permite conocer su origen.
Décadas después, Heródoto trata la Ilíada y la Odisea como obras de Homero. En Historias 2.116 cita versos de ambos poemas al discutir las distintas versiones del viaje de Helena. Esto demuestra que en el siglo V a. C. las dos obras ya se atribuían a Homero, pero no nos dice cómo fueron compuestas, quiénes pudieron intervenir en su elaboración ni cuándo adquirieron la forma que conocemos.
Heródoto también intenta situar al poeta en el tiempo. En Historias 2.53 calcula que Homero y Hesíodo habían vivido unos cuatrocientos años antes que él, y no más. Eso los situaría aproximadamente en el siglo IX a. C. La investigación moderna suele situar la formación de los poemas homéricos entre finales del siglo VIII y el siglo VII a. C., aunque existe discusión sobre las fechas y sobre las distintas etapas de composición y fijación. Las estimaciones no están tan alejadas, pero hablan de cosas distintas: Heródoto intentaba fechar la vida de un poeta y nosotros tratamos de fechar unos poemas.
Tucídides, por su parte, cita unos versos del Himno a Apolo que atribuye a Homero. En ellos, el cantor pide a las jóvenes de Delos, una pequeña isla de las Cícladas donde se encontraba uno de los principales santuarios de Apolo, que, si alguien les pregunta quién es el poeta que más las ha deleitado con su canto, respondan que es «un hombre ciego que habita en la escarpada Quíos».
El himno, que ha llegado hasta nosotros, no menciona el nombre de Homero, pero la atribución de Tucídides constituye uno de los testimonios antiguos que vinculan al poeta con la ceguera y con la isla de Quíos (Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, 3.104.4–5, texto griego).
Todos estos testimonios confirman la extraordinaria autoridad que Homero había adquirido entre los griegos. Pero seguimos sin saber quién pudo existir detrás de ese nombre.
Cómo los antiguos imaginaron a su poeta
Sección titulada «Cómo los antiguos imaginaron a su poeta»Las llamadas Vidas de Homero no constituyen una obra única. Son distintos relatos biográficos, escritos en épocas diferentes y reunidos posteriormente bajo esa denominación. Entre los más conocidos se encuentra una extensa biografía atribuida a Heródoto, aunque no fue escrita por él. También conservamos textos transmitidos bajo el nombre de Plutarco y varias biografías anónimas. Ninguno es contemporáneo del poeta.
Estas narraciones proporcionan a Homero todo aquello que los testimonios históricos no nos permiten conocer: padres, maestros, viajes, amistades, dificultades económicas y hasta las circunstancias de su muerte.
La Vida atribuida a Heródoto cuenta, por ejemplo, que su madre se llamaba Creteida y había quedado embarazada de un hombre cuya identidad no se revela. El niño nació junto al río Meles, cerca de Esmirna, y recibió por ello, según la explicación que ofrece el relato, el nombre de Melesígenes, «nacido junto al Meles». Su madre se ganó la vida trabajando hasta que conoció a Femio, un maestro que acabó ocupándose de la educación del muchacho. Con el tiempo, el joven emprendió numerosos viajes, enfermó de los ojos y terminó perdiendo la vista.
Uno de esos viajes lo llevó hasta Ítaca, donde, según el relato, fue acogido por un hombre llamado Mentor, que cuidó de él durante su enfermedad. Allí habría conocido las historias de Odiseo que después incorporaría a sus poemas. La coincidencia de los nombres resulta especialmente llamativa: Femio es también el cantor que aparece en el palacio de Odiseo, mientras que Mentor es el amigo al que el héroe confía su casa antes de partir hacia Troya. Incluso el navegante Mentes, que en la biografía lleva al joven Homero a conocer otras tierras, tiene su correspondiente personaje en la Odisea.
Respecto a su célebre ceguera, resulta inevitable recordar a Demódoco, el aedo ciego de la Odisea, que goza de un extraordinario prestigio en la corte de Alcínoo. El poeta cuenta que la Musa le había privado de la vista, pero le había concedido el don del canto (Odisea, 8.62–64).
Esta coincidencia plantea una pregunta: ¿era ciego Demódoco porque Homero lo era, o fue la tradición la que hizo ciego a Homero porque Demódoco lo era? No podemos saberlo. Pero quizá la ceguera fuese también una manera de expresar que ambos eran capaces de percibir y contar aquello que los demás no alcanzamos a ver.
Para las coincidencias de nombres, al menos, el propio relato ofrece una explicación: Homero habría incluido a aquellas personas en sus poemas como muestra de agradecimiento por la ayuda recibida. Es un buen ejemplo de cómo podía construirse una biografía a partir de los personajes de una obra literaria. Lo que para el lector moderno resulta una coincidencia muy curiosa, para el biógrafo antiguo servía para confirmar la historia que estaba contando (Pseudo-Heródoto, Vida de Homero, §§ 3–8 y 26).
Su vida tampoco habría sido fácil. Según la misma biografía, llegó a solicitar a las autoridades de Cime que lo mantuvieran a expensas de la ciudad, a cambio de la gloria que sus versos podían proporcionarle. La petición fue rechazada. Homero tuvo que continuar viajando y ganándose la vida con sus recitaciones.
Otra tradición imaginó que Homero había competido con Hesíodo en un certamen poético celebrado en Calcis, en la isla de Eubea. Aunque el público admiró los versos de Homero, Panedes, el juez de la competición, concedió la victoria a Hesíodo, porque consideró preferible una poesía que alabara la paz y el trabajo de los campos a otra dedicada a las guerras y las matanzas. El episodio se conserva en el Certamen de Homero y Hesíodo (Certamen de Homero y Hesíodo, texto griego), un relato cuya versión conservada es muy posterior a la época de ambos poetas, aunque incorpora tradiciones más antiguas.
Hasta la muerte de Homero dio lugar a historias singulares. Una tradición cuenta que, encontrándose en la isla de Íos, unos jóvenes pescadores le propusieron un acertijo: «Lo que hemos cogido lo dejamos; lo que no hemos cogido nos lo llevamos». Los jóvenes no habían conseguido pescar nada y, mientras descansaban en la orilla, se habían dedicado a quitarse los piojos. Los que lograron atrapar los mataron y dejaron allí; los que se les escaparon seguían llevándolos encima. Ese era el acertijo que Homero no había sabido resolver. Según algunas versiones, Homero murió afligido por no haber sabido resolver el enigma. La biografía atribuida a Heródoto, en cambio, sostiene que murió a consecuencia de una enfermedad y rechaza expresamente aquella explicación (Pseudo-Heródoto, Vida de Homero, §§ 34–36).
Ninguno de estos episodios puede aceptarse sin más como un hecho histórico, por muy entretenidos que resulten. Pero sus contradicciones no los vuelven inútiles: nos muestran cómo los griegos fueron construyendo la biografía de su poeta más célebre a partir de tradiciones locales, personajes de sus poemas y relatos destinados a explicar lo que nadie sabía de él. No conocemos la infancia, los viajes ni la muerte del Homero histórico; conocemos, en cambio, las historias que los antiguos contaron para llenar esos vacíos, sin que podamos saber cuánta verdad había en ellas, si es que había alguna.
La cara y la cruz de Homero
Sección titulada «La cara y la cruz de Homero»Un didracma de plata acuñado en Íos, en las Cícladas, durante el siglo IV a. C., muestra en el anverso una cabeza barbada de Homero, vuelta a la derecha y ceñida con una ταινία (tainía, «cinta» o «banda»), junto a la inscripción ΟΜΗΡΟΥ («de Homero»). En el reverso, una corona rodea la leyenda ΙΗΤΩΝ («de los habitantes de Íos»). No sabemos qué aspecto tenía Homero ni si llegó a visitar la isla. Sí sabemos que Íos asoció su identidad al poeta hasta el punto de representar su rostro y su nombre en una moneda.
Varias ciudades griegas se disputaban el honor de haber sido la patria de Homero. Quíos tenía una vinculación antigua con el poeta: el cantor ciego del Himno a Apolo habitaba allí y los Homéridas, recitadores vinculados a la poesía homérica, estaban asociados a Quíos en la tradición antigua (Himno a Apolo, 165–173; Píndaro, Nemea, 2.1).
Esmirna también reclamaba su nacimiento, que las biografías situaban junto al río Meles. La ciudad llegó a dedicarle un santuario y una estatua, según cuenta Estrabón (Geografía, 14.1.37). Colofón, por su parte, estaba vinculada al poema Margites, atribuido antiguamente a Homero, y también lo reivindicaba como ciudadano.
Cicerón resume muy bien estas rivalidades cuando explica que los habitantes de Colofón, Quíos, Salamina y Esmirna se disputaban la pertenencia de Homero, y que estos últimos incluso le habían dedicado un santuario (En defensa de Arquías, 8.19).
Íos ocupaba un lugar algo diferente en estas tradiciones: era sobre todo la isla donde se decía que Homero había muerto y recibido sepultura, aunque algunas versiones también la relacionaban con sus orígenes (Pseudo-Heródoto, Vida de Homero, 36).
Ninguna de estas reclamaciones permite establecer dónde nació realmente Homero. Pero sí muestran hasta qué punto las ciudades griegas deseaban vincular su nombre al poeta más célebre de su tradición.
Lengua, Jonia y un autor difícil de localizar
Sección titulada «Lengua, Jonia y un autor difícil de localizar»La lengua de la Ilíada y la Odisea tampoco nos permite averiguar dónde vivió Homero. Es una lengua poética tradicional, predominantemente jónica, pero que incorpora elementos dialectales de distintas procedencias y épocas. Nos remite a una tradición relacionada con Jonia y el Egeo oriental, pero no contiene ningún rasgo que permita identificar el lugar de origen de un autor concreto.
Tampoco sabemos hasta qué punto intervino Homero en la composición de la Ilíada y la Odisea, a partir de las tradiciones orales que narraban aquellas historias, ni cuánto de su posible aportación personal se conserva en el texto que conocemos.
Oralidad, composición y fijación
Sección titulada «Oralidad, composición y fijación»A estas incertidumbres se añade la propia historia de la transmisión de los poemas. Según una tradición recogida por Cicerón, Pisístrato, el tirano que gobernó Atenas durante buena parte del siglo VI a. C., habría sido el primero en reunir y ordenar los libros de Homero, que anteriormente se encontraban dispersos (De oratore, 3.137). Pausanias transmite una noticia semejante y cuenta incluso que, durante aquella recopilación, se habría alterado por error el nombre de una localidad (Descripción de Grecia, 7.26.13).
Esta supuesta recopilación se conoce como la «recensión pisistrátida», aunque no sabemos si realmente existió ni qué alcance tuvo. Otra tradición, conservada en el diálogo Hiparco, atribuido a Platón, cuenta que Hiparco, hijo de Pisístrato, organizó las recitaciones homéricas durante las Panateneas, las grandes fiestas de Atenas en honor de su diosa. Los rapsodas debían recitar los poemas por turnos y siguiendo su orden narrativo, continuando cada uno donde había terminado el anterior (Hiparco, 228b–c).
Esta regulación pudo favorecer la conservación y estabilidad de los poemas. No demuestra que Pisístrato ordenara escribirlos por primera vez ni que fijara definitivamente el texto que ha llegado hasta nosotros. Pero nos recuerda que entre la composición de los poemas y las versiones que hoy leemos hubo una historia de recitaciones, transmisión y posibles modificaciones que no podemos reconstruir por completo.
Quizá, por tanto, no sea posible distinguir con seguridad cuánto de lo que leemos procede de un hombre llamado Homero y cuánto pertenece a la tradición que lo precedió y que continuó después de él. Esta cuestión se examina con más detalle en «¿Cómo llegó Homero hasta nosotros?».
Conclusión
Sección titulada «Conclusión»La búsqueda de Homero nos ha llevado, sobre todo, a quienes hablaron de él: filósofos que discutieron sus versos, ciudades que reclamaron su nombre y biógrafos que imaginaron su vida. También nos ha llevado a una tradición de cantores y recitadores en la que los poemas pudieron transformarse antes de adquirir la forma que conocemos.
Quizá existió un poeta excepcional que dio forma decisiva a esa herencia; quizá el nombre de Homero terminó reuniendo aportaciones de distintas generaciones. Los testimonios conservados no permiten decidirlo con seguridad. Podemos seguir la historia de su fama mucho mejor que la de su vida.
