Un canto a Penélope: el tejido de la Odisea.
Ni la Ilíada ni la Odisea cuentan cómo Odiseo eligió a Penélope ni cómo se concertó o celebró su matrimonio.
Según Pseudo-Apolodoro, Biblioteca 3.10.9 (ficha bibliográfica), Odiseo era uno de los pretendientes de Helena y figuraba entre los reyes que acudieron a Esparta para aspirar a su mano. Al ver la multitud de pretendientes y considerar la dificultad de conseguirla, ofreció a Tindáreo, padre de Helena, una solución para evitar los enfrentamientos que podrían producirse cuando se decidiera quién sería su esposo. A cambio de su consejo, pidió que Tindáreo lo ayudara a conseguir a Penélope, hija de Icario. Siguiendo la idea de Odiseo, los pretendientes juraron defender al esposo elegido para Helena frente a cualquier agravio relacionado con el matrimonio. Finalmente, Tindáreo eligió a Menelao y, cumpliendo su compromiso, intervino ante Icario para favorecer el matrimonio de Odiseo con Penélope.
Apenas sabemos cómo comenzó la relación entre Odiseo y Penélope, pero esta historia nos dice al menos que ella ya estaba en la cabeza de Odiseo mientras los demás competían por Helena.
Pausanias, Descripción de Grecia 3.12.2 recoge otra tradición: Icario organiza una carrera entre los pretendientes de Penélope y Odiseo resulta vencedor. No se casa con ella por casualidad: compite por ella y obtiene su mano.
Pausanias cuenta también que, una vez casados, Icario intenta que Odiseo permanezca en Lacedemonia. Al negarse este, pide entonces a su hija que se quede. Finalmente, Odiseo plantea a Penélope la elección: acompañarlo a Ítaca o permanecer con su padre. Penélope no responde con palabras, sino que se cubre el rostro con el velo. Icario comprende el gesto y deja marchar a su hija. Su padre hizo erigir en aquel lugar una estatua dedicada al Pudor (Aidṓs), personificación de la modestia y el recato, para recordar el momento en que Penélope se cubrió el rostro con el velo para expresar su deseo de irse con Odiseo.
Ítaca acaba siendo su tierra: allí vivió como esposa de Odiseo, allí sostuvo su casa durante los largos años de ausencia y allí 108 pretendientes aspiraron a ocupar el lugar del rey ausente.
El poema insiste una y otra vez en las cualidades personales de Penélope. Los epítetos y fórmulas que la acompañan destacan su prudencia, su capacidad de reflexión y su buen juicio. Homero la llama períphrōn, «prudente»; ekhéphrōn, «juiciosa»; y también amýmōn, «irreprochable». Son términos próximos, pero no idénticos, que contribuyen a construir la imagen de una mujer inteligente, sensata y capaz de concebir sus propios designios.
En varios momentos, el poema destaca también su belleza.
En el libro 17, cuando Penélope sale de su estancia para recibir a Telémaco, que acaba de regresar, Homero la compara con Artemisa y con la áurea Afrodita (Odisea 17.36–39). La asociación con ambas diosas evoca una belleza que reúne majestad, reserva y atractivo. La misma comparación aparece en el libro 19, cuando Penélope baja para hablar con Odiseo, que permanece disfrazado (Odisea 19.53–55).
En el libro 18, Atenea decide realzar todavía más el atractivo de Penélope antes de que se presente ante los pretendientes. Penélope acaba de decir a Eurínome, la anciana encargada de la casa, que cree haber perdido su belleza desde la partida de Odiseo. Entonces, mientras duerme, la diosa embellece su rostro con un ungüento divino, la hace más alta y de porte más majestuoso, y vuelve su piel más blanca que el marfil recién cortado. El poema explica que Atenea quiere despertar aún más el deseo de los pretendientes y aumentar la consideración que Odiseo y Telémaco sienten por ella (Odisea 18.158–196).
Cuando Penélope aparece ante los pretendientes, todos quedan deslumbrados. Eurímaco le asegura que, si los aqueos pudieran contemplarla, al día siguiente tendría todavía más pretendientes, pues sobresale entre las mujeres por su belleza, su estatura y su buen juicio (Odisea 18.243–249).
Penélope responde que los inmortales destruyeron su belleza y su figura cuando Odiseo partió hacia Troya (Odisea 18.250–255). Lo curioso es que sigue considerándose deslucida justo cuando el poema acaba de mostrarnos a los pretendientes fascinados ante su presencia.
Mujeres que tejen historias
Sección titulada «Mujeres que tejen historias»La elaboración de tejidos era una actividad cotidiana, lenta y técnicamente compleja en el mundo griego, estrechamente vinculada al trabajo de las mujeres dentro de la casa. Preparar la lana, hilarla, disponer la urdimbre y trabajar ante un gran telar exigía tiempo, habilidad y, en ocasiones, la colaboración de varias personas.
El lécito de la izquierda muestra a varias mujeres ocupadas en distintas fases de la elaboración de tejidos. Unas preparan e hilan la lana; otras trabajan ante un telar vertical, mientras otras doblan las piezas terminadas. Los hilos de la urdimbre descienden desde la parte superior del telar, mantenidos en tensión mediante pesas.
En el hombro del lécito, por encima de la escena del telar, aparece una mujer sentada que también sostiene su velo.
En ambos lécitos aparecen mujeres que adelantan el velo con un gesto semejante. Esa repetición recuerda el episodio de Penélope narrado por Pausanias, cuando se cubrió el rostro con el velo para expresar su decisión de acompañar a Odiseo a Ítaca.
Las vasijas nos acaban de mostrar cómo trabajaban las mujeres ante el telar y algunos de los gestos asociados al matrimonio. Los relatos antiguos nos permiten descubrir que las mujeres tejían cosas muy distintas: algunas telas contaban historias reconocibles; otras mostraban motivos ornamentales; y otras adquirían un significado que la propia tejedora desconocía.
En la Ilíada, la tela que teje Helena se convierte en una crónica de la guerra. Ella está trabajando en un gran tejido púrpura de doble paño, donde representa los numerosos combates que troyanos y aqueos han librado por causa de ella. Iris, la mensajera de los dioses, viene entonces a buscarla para que contemple desde las murallas el duelo que van a disputar Paris y Menelao (Ilíada 3.121–145).
También en la Ilíada, Andrómaca, la esposa de Héctor, trabaja en un tejido púrpura de doble paño, entretejiendo flores de distintos colores, sin saber que su marido acaba de morir a manos de Aquiles. Está en su habitación y ha ordenado a sus sirvientas que preparen un baño caliente para cuando Héctor regrese, mientras su cadáver es arrastrado por el carro de Aquiles ante las murallas de Troya. A diferencia de Helena, Andrómaca no teje una historia reconocible, sino motivos ornamentales. Ignora lo que está sucediendo fuera y sigue esperando el regreso de un hombre que ya ha muerto (Ilíada 22.437–446).
Cuando Andrómaca escucha los lamentos y corre hacia las murallas, descubre el cuerpo de Héctor y pierde el conocimiento. De su cabeza se desprenden los adornos y el velo que Afrodita le había regalado el día de su boda (Ilíada 22.460–472).
Filomela teje lo que ya no puede decir, y la tela se convierte en su testimonio. Tereo, esposo de su hermana Procne, la viola y le corta la lengua para impedir que revele lo ocurrido. Filomela encuentra otra forma de comunicarlo: teje signos que cuentan lo sucedido y consigue hacer llegar la tela a su hermana. Pseudo-Apolodoro, Biblioteca 3.14.8 habla de caracteres tejidos en una prenda; Ovidio, en Metamorfosis 6.576–583, describe en un relato más extenso signos de color púrpura entretejidos en hilos blancos. Procne despliega la tela y comprende lo que su hermana no puede contarle con palabras.
Eurípides cuenta que Ifigenia había tejido la memoria de su linaje. En Ifigenia entre los tauros, Orestes, para demostrar que es su hermano, le recuerda una tela que ella misma había tejido cuando todavía vivía en Argos: la disputa entre Atreo y Tiestes por un carnero de oro y la imagen del Sol invirtiendo su curso. Ifigenia recuerda ambas escenas. No son acontecimientos que ella haya vivido, sino antiguas historias de su familia que había convertido en imágenes. Muchos años después, aquella labor se convierte en uno de los recuerdos que permiten confirmar la identidad de Orestes y conducen al reconocimiento de los hermanos (Ifigenia entre los tauros 811–826).
También en Eurípides, el tejido conserva una identidad. En Ion, Creúsa recuerda una tela que había confeccionado cuando todavía era muchacha, una labor de aprendiz en cuyo centro figuraba una Gorgona y cuyos bordes estaban adornados con serpientes, a semejanza de la égida de Atenea. Años atrás había dejado aquella tela entre los objetos que acompañaban a su hijo recién nacido, al que había abandonado. Cuando vuelve a encontrarse con él, muchos años después, describe el tejido antes de verlo. Ion comprueba que la descripción es exacta, y aquella tela, junto con otros objetos conservados desde su infancia, permite que madre e hijo se reconozcan (Ion 1412–1438).
Como en el caso de Ifigenia, una labor realizada muchos años atrás conserva una memoria del pasado y permite restablecer en el presente un vínculo que parecía perdido.
Aracne teje una acusación contra los dioses. En la competición narrada por Ovidio, Minerva representa en el centro de su tela su victoria sobre Neptuno en la disputa por el dominio del Ática, ante la solemne asamblea de los dioses. En las cuatro esquinas añade ejemplos de mortales castigados por haberse atrevido a desafiar a las divinidades. Su tejido presenta el poder de los dioses como legítimo y advierte que enfrentarse a él conduce a la perdición (Metamorfosis 6.70–102).
Aracne responde mostrando el reverso de ese poder. En su tela representa una sucesión de engaños, metamorfosis, raptos y violencias sexuales protagonizados por Júpiter, Neptuno, Apolo, Baco y Saturno. Allí donde Minerva muestra a unos dioses justos que castigan la insolencia de los mortales, Aracne los representa utilizando su poder para engañarlos, someterlos y satisfacer sus propios deseos. Su trabajo es tan perfecto que ni siquiera Minerva encuentra en él ningún defecto artístico. Pero el éxito de Aracne resulta intolerable para la diosa, que desgarra la tela donde aparecen representados los crímenes de los inmortales y golpea a su rival con la lanzadera. Humillada, Aracne intenta ahorcarse. Minerva impide que muera, pero la transforma en araña, condenada a permanecer suspendida de un hilo y a seguir tejiendo (Metamorfosis 6.103–145).
Proserpina teje el orden del universo. Claudiano, poeta latino de la Antigüedad tardía, la presenta trabajando en una tela que prepara como regalo para su madre, Ceres. En ella representa la Naturaleza separando los elementos del caos primordial, el cielo, la tierra, el mar, las estrellas, las costas y las cinco zonas climáticas: una tórrida en el centro, dos templadas a ambos lados y dos heladas en los extremos. Los materiales imitan aquello que representan: las estrellas son de oro; el mar, de púrpura; las riberas, de piedras preciosas, y los hilos adquieren relieve para reproducir el movimiento de las olas. La tela no solo representa el universo, sino que intenta reproducir la materia de aquello que representa (El rapto de Proserpina 1.246–265).
Proserpina representa después la morada de su tío Plutón y los espíritus del mundo subterráneo, sin saber que pronto se convertirá en su reina. La imagen parece anticipar su destino y, presa de un oscuro presentimiento, rompe de pronto a llorar. Comienza entonces a trazar el Océano en los límites de la tela, pero la llegada de Venus, Minerva y Diana interrumpe el trabajo (El rapto de Proserpina 1.266–272).
Cuando Ceres encuentra más tarde el telar abandonado, descubre la urdimbre desordenada, la labor interrumpida y hasta una araña que está completando con su propia tela el espacio que Proserpina dejó vacío. La madre besa el telar y abraza los instrumentos que habían tocado las manos de su hija. El tejido queda incompleto al mismo tiempo que se quiebra el mundo de quien lo estaba componiendo (El rapto de Proserpina 3.146–163).
Lo que las telas no nos cuentan
Sección titulada «Lo que las telas no nos cuentan»En muchos otros relatos, las mujeres tejen sin que se describa qué representan sus telas. En la Odisea, Calipso canta mientras trabaja ante el telar con una lanzadera de oro; Circe también canta mientras teje una gran tela, fina, hermosa y espléndida como las labores de las diosas. En el palacio de Alcínoo trabajan cincuenta esclavas: unas muelen el grano y otras hilan o tejen. Homero destaca la extraordinaria habilidad de las mujeres feacias ante el telar. Sin embargo, en ninguno de estos casos nos dice qué imágenes, si las había, contenían sus tejidos (Odisea 5.61–62; 10.220–223; 7.103–111).
Hesíodo cuenta que Zeus encarga a Atenea enseñar a Pandora el arte de tejer; Eurípides presenta a Electra confeccionando su propia ropa por necesidad, a causa de su pobreza; y Ovidio muestra a las Miníades trabajando con la lana y el telar mientras se cuentan historias para hacer más llevaderas las horas. Sabemos que tejen, pero no qué imágenes, si las había, contenían sus labores (Trabajos y días 63–64; Electra 305–309; Metamorfosis 4.31–54).
Heródoto menciona el espléndido manto de muchos colores que Amestris teje para Jerjes, y Pausanias cuenta que dieciséis mujeres de Élide confeccionaban cada cuatro años un peplo para Hera en Olimpia. Tampoco en estos casos se describe qué figuras, si las había, adornaban los tejidos (Historias 9.109; Descripción de Grecia 5.16.2).
El tejido de la Odisea
Sección titulada «El tejido de la Odisea»En la Odisea se cuenta tres veces la historia del sudario de Laertes. Primero la relata Antínoo, cuando acusa a Penélope ante Telémaco durante la asamblea de Ítaca; después la cuenta la propia Penélope a Odiseo, sin saber todavía que habla con su marido; y finalmente la recuerda el pretendiente Anfimedonte, ya muerto, cuando explica a Agamenón en el Hades lo sucedido en la casa de Odiseo. Una misma historia reaparece así en distintos momentos del poema, contada por tres personajes y desde perspectivas diferentes (Odisea 2.85–110; 19.137–156; 24.125–148).
Penélope teje el sudario durante el día y por la noche deshace secretamente lo trabajado. Su telar controla el ritmo de los acontecimientos en Ítaca: durante tres años logra aplazar la elección de un nuevo marido y mantiene abierta la posibilidad del regreso de Odiseo. En el cuarto año, una de sus sirvientas revela el engaño y los pretendientes la descubren deshaciendo la tela. Penélope se ve entonces obligada a terminarla contra su voluntad (Odisea 2.104–110; 19.148–156).
El sudario de Laertes era un tejido grande y fino. Sin embargo, Homero no menciona su color ni el material con que estaba confeccionado, ni describe ninguna figura sobre su superficie. A diferencia de las telas de Helena, Ifigenia o Creúsa, ignoramos qué imágenes, si las había, contenía. Solo en el último relato, el de Anfimedonte, se nos dice que Penélope lo mostró una vez terminado y lavado, resplandeciente como el sol o la luna (Odisea 24.147–148).
Sabemos para quién teje Penélope. Sabemos por qué teje. Sabemos por qué desteje. Sabemos cuánto tiempo consigue ganar con ello. Pero hay algo que Homero no nos dice: qué había tejido sobre aquella tela. Y quizá no haga falta saberlo: basta con apartar la mirada del telar y contemplar todo cuanto sucede alrededor de ella.
Un canto a Penélope
Sección titulada «Un canto a Penélope»En el último libro de la Odisea, Anfimedonte cuenta en el Hades la historia del sudario. Agamenón escucha su relato y, cuando toma la palabra, ya no habla del tejido, sino de la mujer que lo hizo:
La gloria de su virtud no perecerá jamás; los inmortales compondrán para los hombres de la tierra un hermoso canto sobre la juiciosa Penélope.
